Epílogo
Todo pasó muy rápido. Fermín se abalanzó sobre Barrena y le estampó la botella de whisky en la jeta, el golpe le hizo soltar la pistola, que rodó hasta los pies de Alfonso, quien la agarró con determinación y disparó.
Bueno, no, lo intentó, pero al muy anormal se le olvidó quitarle el seguro.
Ese fallo le costó la vida, porque, en menos tiempo de lo que duran cien pavos en manos de un ludópata, Barrena asestó un derechazo en el mentón de Fermín que le dejó KO antes de que llegara al suelo.
Alfonso peleaba consigo mismo para discernir cómo funcionaba el cacharro que tenía en sus manos, pero se ve que tanta hostia que se había dado de joven por el fútbol le había freído la sesera…
¿Por qué se ríe? ¿Le parece esto gracioso, señor Ortega?
Oh, no, agente, Dios me libre de reírme de algo así. Pero comprenderá que ver cómo un cliente le descerraja un tiro en la cabeza a otro en mi bar no es algo que ocurra todos los días.
¿Así es como sucedió?
¿No ha quedado claro? Es decir, ¿no ven ustedes el estropicio?
Sí, Salva se acercó a Alfonso, que aún luchaba consigo mismo para accionar el percutor y, cuando se dio cuenta de cómo funcionaba la movida, Barrena ya le había arrebatado la pistola.
Dio un paso atrás, levantó el brazo y, sin mediar palabra alguna, le disparó entre ceja y ceja.
¿Qué pasó luego?
Esa parte ya la saben.
Refrésquenos la memoria.
Después del disparo entraron ustedes y dispararon a Salva, en mi opinión, demasiadas balas.
El señor Barrena portaba un arma de fuego y tuvimos que actuar en consecuencia.
En realidad, después de matar a Alfonso, Salva tiró el arma al suelo.
Los nervios del momento deben de haberle confundido. El señor Barrena nos apuntó y mi compañero tuvo que actuar antes de que fuera demasiado tarde, ¿verdad, señor Ortega?
Sí, supongo que sí…
Gracias por su colaboración. En breve se harán los pertinentes levantamientos de cadáveres y podrá marcharse a casa, aunque le llamaremos a declarar en las próximas horas.
Qué por culo más grande. Ya sabía yo que me tenía que jubilar, joder.
Usted, señor Valdés, puede marcharse, ya le llamaremos para que declare también. Anímese, hombre, un puñetazo bien dado no es motivo para que esté usted llorando a lágrima viva.
¿Cómo que no tengo motivo? Ese hijo de puta se ha cargado a mis hijos.
¿De dónde ha sacado eso? Nada más lejos de la realidad, señor Valdés.
Encontramos a sus hijos, junto con el de Alfonso, atados a un árbol, desnudos y con la palabra VIOLADOR tatuada en la frente.
Más allá de una leve hipotermia y de largas y tediosas sesiones de borrado de tatuajes, no les ha pasado nada más.
Bueno, no descartamos tampoco que su imagen esté dando vueltas por internet: los descubrió un grupo de jóvenes que salían de fiesta y, cuando llegamos al lugar de los hechos, ya había un corro de chavales, móvil en mano, grabando la dantesca escena.
¿Mis hijos están vivos?
Vivitos y coleando.
O sea, que el muy cabronazo cumplió su promesa.
¿Disculpe, señor Ortega?
Nada, nada… Al final, incluso el hijoputa más despiadado es capaz de mostrar un poco de humanidad si tiene las razones adecuadas para ello.
Que el árbol no le impida ver el bosque, señor Ortega. Salvador Barrena era un malnacido y su muerte supone un respiro para la humanidad.
Puede ser, pero ese cabronazo amaba a su familia por encima de todo, y eso ya es mucho más de lo que la mayoría haremos nunca.
FIN