Nadie recuerda a Nora 56
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La red local duró nueve segundos.

Nora consiguió enviar el audio, pero no sabía a qué dispositivo había llegado. El indicador mostró tres receptores y después desapareció. La transmisión podía haber alcanzado a Clara, a Andrés o a ambos.

—¿Qué has hecho? —preguntó Adela.

—Una copia fuera de casa.

El corredor desembocó en una sala de mantenimiento con tuberías, armarios eléctricos y un panel de la fábrica. La puerta principal estaba bloqueada. Sobre ella había un lector con luz roja.

Nora acercó la pulsera. No ocurrió nada.

—Necesita una credencial —dijo.

—Elena tenía una placa.

—¿Dónde?

—La escondió en la casa después del nacimiento.

—Baeza la buscaba.

—Entonces puede abrir todos los niveles.

Nora examinó el panel. No intentó adivinar códigos.

Clara le había enseñado que la ficción del “hacker” consistía en escribir deprisa hasta que un sistema obedecía.

Los sistemas reales dependían de personas, permisos y errores de diseño.

Si no tenía credencial, podía buscar qué necesitaba la puerta para creer que estaba abierta.

Había un cable que conectaba el lector con el controlador. El cristal roto que Alicia le dejó servía para retirar la cubierta. Dentro, dos hilos finos y un relé.

—¿Sabes hacerlo? —preguntó Adela.

—Sé qué no debo tocar.

—No es lo mismo.

—Es más útil.

La niña cortó la alimentación del lector con el interruptor de mantenimiento. La luz se apagó. La puerta no se abrió; quedó asegurada por defecto .

—Mal —dijo.

—¿Qué significa?

—Que quien la diseñó pensó en un corte.

—Clara.

—Entonces habrá otra salida.

Buscaron. Detrás de un armario encontraron una palanca mecánica sellada con un precinto. Nora fotografió el número antes de romperlo.

—¿Por qué haces una foto?

—Para que se sepa que lo rompimos nosotras y cuándo.

Adela la miró.

—Te pareces a Teresa.

—No sé quién es.

—Una fiscal que tu madre quería encontrar.

—Marta.

—Marta quería encontrarla. Clara también, aunque quizá por razones distintas.

Accionaron la palanca. La puerta se abrió unos centímetros y activó una alarma silenciosa: una luz azul en el panel.

—Nos han detectado —dijo Nora.

—Entonces deprisa.

Al otro lado había una pasarela sobre la nave. Abajo, pantallas y servidores iluminaban la sala central. Nora vio a Andrés junto a Daniel. Su padre estaba atado a una silla, herido en la pierna.

El pensamiento apareció completo: papá.

No Daniel. No el hombre que había firmado papeles falsos. Papá.

Adela le sujetó el brazo antes de que avanzara.

—No podemos bajar por ahí.

—Está herido.

—Y Andrés te está esperando.

—No voy a dejarlo.

—No. Vamos a buscar una ruta que no te entregue a cambio.

Nora apretó la barandilla. Quería correr, gritar, disparar, hacer algo que no pareciera otra demora adulta.

Recordó la pregunta que había hecho en el conducto: ¿Marta murió por diecisiete minutos?

La respuesta no estaba en no esperar nunca.

Estaba en saber por qué se esperaba y quién asumía el coste.

—Dos minutos —dijo—. Buscamos otra entrada durante dos minutos. Si no la encontramos, bajo.

Adela aceptó.

Encontraron una escalera de servicio al fondo. Bajaba a la sala de archivo, no a la central. En la puerta había una ranura con el símbolo de una cigüeña.

—La placa de Elena —dijo Nora.

Metió los dedos en la suela de la zapatilla. Sacó la tarjeta que Baeza había registrado y que ella recuperó antes de entrar en el conducto. No era la copia del Libro. Era una credencial antigua encontrada en el zócalo de la habitación.

La introdujo.

La luz cambió de rojo a verde.

—¿Cómo sabías que serviría?

—No lo sabía. Sabía que Alicia la dejó donde podía encontrarla.

Adela comprendió.

—Entonces Alicia eligió.

—Una vez.

—A veces se empieza así.

Entraron en la sala de archivo. Había cientos de cajas y una pantalla con el mapa de la fábrica. Nora localizó la sala central, las rutas de emergencia y un canal de audio interno.

Podía hablar con Daniel.

También podía enviar el resto de la grabación de Marta a todos los altavoces.

Eligió la grabación.

No porque la prueba fuera más importante que su padre. Porque Andrés necesitaba escuchar que Marta lo había nombrado y perder durante unos segundos el control que creía tener.

Nora pulsó transmitir.

En la sala central, la voz de su madre biológica empezó a hablar.