Nadie recuerda a Nora 55
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El conducto era demasiado estrecho para Adela.

Nora avanzaba delante y tiraba de sus manos en los tramos donde el suelo subía. Detrás, los golpes de Baeza se habían alejado. Podía haber elegido otra ruta. Podía estar esperándolas en la salida.

La chapa rozaba los hombros y amplificaba cada respiración.

Nora avanzaba sobre codos y rodillas, empujando una linterna delante de sí.

El conducto conservaba polvo de años, insectos secos y fibras de aislamiento que se pegaban a la ropa.

En algunos tramos, el metal estaba tibio por las máquinas que funcionaban al otro lado.

Adela no podía girar el cuerpo. Para superar las uniones debía vaciar los pulmones y deslizarse mientras Nora tiraba de sus manos.

La lesión del brazo reducía la fuerza y cada movimiento dejaba sangre en los tornillos.

Aquellas manchas serían después parte de la cadena de recorrido, pero en ese momento solo medían cuánto podían avanzar antes de que Adela dejara de hacerlo.

El audio de Marta procedía de un dispositivo envuelto en tela dentro de la zapatilla.

Nora lo había protegido del sudor y de los golpes con capas de papel.

La grabación tenía interrupciones y ruido de fondo.

Se distinguían campanas, un motor y una tos.

Esos sonidos permitirían más tarde situar la fecha y el lugar con mayor precisión que la propia voz.

La sombra al final del conducto no revelaba identidad. Nora apagó la pantalla para evitar que el brillo las delatara y apoyó la mano sobre el metal. Sintió vibraciones espaciadas, más pesadas que las de Alicia. El cuerpo que se acercaba llevaba calzado rígido y no dudaba en las bifurcaciones.

—Necesitamos escuchar la cinta —dijo Nora.

—Necesitamos salir.

—Puede decirnos cómo.

—Puede decirnos algo que no deberías oír así.

—No hay una manera correcta. Eso ya lo habéis demostrado.

Adela no discutió. Continuaron hasta una cámara de mantenimiento donde se acumulaban herramientas y equipos antiguos. Había un reproductor de vídeo con pantalla, una grabadora y varias baterías.

La cinta de Marta era de audio, pero el aparato aceptaba el formato. Adela la introdujo .

Durante unos segundos se oyó el ruido de una habitación, el llanto de un bebé y la respiración cansada de una mujer.

Marta habló.

—Clara, si Adela te entrega esto significa que no me dio tiempo a salir. O que no me atreví.

Nora agarró la mano de su abuela.

—Estoy en Casa Cero. Sara tiene dos días. Elena dice que está sana. Andrés cree que murió al nacer. Julia cree que voy a entregarla a una familia de la red. Ninguna de las dos cosas ocurrirá.

La grabación contenía pausas largas. A veces Marta atendía al bebé. A veces parecía buscar palabras.

—He dividido el Libro. Iago tiene el registro de pagos.

Julia conserva la estructura operativa porque cree que solo ella puede entenderla.

Tú tienes la clave raíz, aunque aún no lo sabes.

No es una contraseña. Es una forma de demostrar qué cambio produjo cada documento. Tu firma está en todos los huecos.

Adela cerró los ojos.

—Andrés ha usado Umbral para proteger a hombres violentos y para vender identidades a personas que necesitan escapar de delitos, no de agresores.

Julia lo descubrió hace meses y decidió contenerlo en lugar de detenerlo.

Dice que si cae, caen las mujeres. Quizá tenga razón.

También tenía razón cuando dijo que Nuria moriría si seguía siendo Nuria.

El problema de Julia no es que se equivoque siempre.

Es que acierta lo suficiente para creer que el resto del mundo debe obedecerla.

Nora se inclinó hacia el altavoz.

—Si muero, no conviertas a Sara en una reparación. No la críes para demostrar que llegaste a tiempo. No ocultes mi nombre. No le cuentes que fui perfecta. Dile que tuve miedo, que cometí errores y que elegí tenerla incluso sabiendo que podía perderla.

La voz se quebró por primera vez.

—Y no hagas lo que siempre haces cuando amas: no construyas una versión del mundo donde la otra persona solo esté segura si permanece dentro de tus decisiones.

Se oyó una puerta.

Marta bajó la voz.

—Andrés sabe que está viva. Voy a moverla esta noche. La frase para activar la clave es la primera mentira que dijimos juntas. Tú sabrás cuál.

La cinta terminó.

Nora permaneció inmóvil.

—¿Cuál fue la primera mentira?

Adela se secó la cara con la manga.

—Cuando eran niñas rompieron un jarrón. Marta dijo que había sido el gato. Clara juró que lo había visto.

—¿Cómo se llamaba el gato?

—No teníamos gato.

A Nora se le escapó una risa breve, casi un sollozo.

—Esa es la mentira.

—Puede ser la frase entera.

—“Lo hizo el gato”.

Un ruido metálico llegó desde el conducto.

Baeza.

Nora sacó el pequeño emisor. En aquella cámara había un cable de red activo. Lo conectó.

—¿Qué haces?

—Una copia fuera de casa.

Introdujo la tarjeta de memoria secundaria —no la que Baeza había recuperado, sino la placa interna del emisor— y programó el envío de la grabación a todas las direcciones que había encontrado en el índice: Iago, Luján, una fiscal llamada Teresa Vidal y siete periodistas.

—¿Puedes enviar el Libro? —preguntó Adela.

—No sin contraseña. Pero puedo enviar la voz de Marta.

Pulsó transmitir.

La luz cambió de rojo a verde.

En el conducto apareció una sombra.

Nora apagó la pantalla.

—Ahora —susurró— ya no somos las únicas que saben que existo.