Nadie recuerda a Nora 57
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Daniel recuperó la conciencia atado a una silla.

La bala había atravesado el muslo. Andrés le había colocado un torniquete profesional y una venda limpia. No quería que muriera antes de la reunión.

La silla era hospitalaria, con ruedas bloqueadas y soportes para brazos.

Las correas pertenecían a un equipo de inmovilización antiguo.

Andrés había elegido material que no dejara marcas lineales fáciles de interpretar como tortura.

La herida del muslo estaba vendada con competencia suficiente para conservarlo vivo y dolor suficiente para limitar cualquier intento.

Daniel examinó reflejos en los cristales para contar personas.

Identificó a Andrés, dos operadores y una figura en el corredor.

También vio una cámara orientada hacia su rostro y otra hacia las manos.

No buscaban solo vigilarlo. Querían registrar una confesión, una reacción o una secuencia que pudiera utilizarse después para construir otra versión.

La barra de progreso en la pantalla se relacionaba con el cierre de Nora.

Daniel comprendió que su presencia formaba parte del procedimiento.

Andrés quería que un adulto reconocido por la menor validara el traslado, aunque fuera bajo coacción.

La red necesitaba producir una apariencia de continuidad familiar antes de borrar la anterior.

Desde la silla, Daniel evaluó las lesiones con el hábito profesional de convertir dolor en datos.

La herida del muslo sangraba menos gracias al torniquete.

Podía mover los dedos del pie. El mareo procedía de la pérdida de sangre y del golpe en la cabeza.

Esa valoración no le daba una salida; le permitía calcular cuánto tiempo conservaría fuerza suficiente para intentarla.

También observó a Andrés. La ropa limpia, el vendaje preparado y la disposición de las herramientas demostraban planificación.

No quería un cadáver inmediato, sino un testigo controlado.

Sobre una mesa había agua, medicación y carpetas con nombres.

La violencia de Andrés no era impulsiva.

Formaba parte de una administración privada donde el cuerpo de cada persona se trataba como otro recurso que debía mantenerse funcional hasta cumplir su propósito.

La habitación era la antigua sala de control de la fábrica. Grandes ventanales daban al vacío de las naves, donde hornos apagados y cintas transportadoras formaban un paisaje industrial. En el centro se alzaba una estructura nueva: servidores, pantallas y un generador .

Andrés estaba de pie frente a un monitor.

—Sigues conservando buenos signos vitales —dijo sin volverse—. Siempre fuiste difícil de matar.

—No puedes decir lo mismo de Marta.

—Marta no quería vivir en un mundo que no obedeciera su idea de justicia.

—La estrangulaste.

Andrés se volvió. No parecía ofendido. Parecía interesado.

—¿Eso te contó Clara?

—Vi las marcas.

—Viste lo que decidiste describir después. El informe original hablaba de compresión cervical compatible con una caída durante el forcejeo.

—Tú mismo admitiste que la mataste.

—Admití que murió por mí. No es lo mismo.

—Para ella sí.

Andrés se acercó.

—Marta tenía a nuestra hija escondida. Me dijo que había muerto. Descubrí la casa, fui a pedirle que me la entregara y ella intentó clavarme un cuchillo. La aparté. Cayó. Cuando me fui, respiraba.

—La dejaste sin pedir ayuda.

—Igual que Clara.

Daniel tensó las cuerdas.

—Clara llegó después.

—Llegó diecisiete minutos después de la llamada. Encontró a Marta consciente. Marta le dijo que cogiera a la niña. Clara obedeció. La diferencia entre Clara y yo es que yo nunca fingí que mi elección era moral.

—La diferencia es que tú creaste la situación.

—Y vosotros creasteis una hija sin padre, una mujer sin hermana y una muerte sin culpable.

En la pantalla apareció el contador: treinta y cuatro minutos.

—¿Qué ocurre al llegar a cero?

—El sistema distribuye el Libro completo a tres servidores públicos.

—Mientes. Si quisieras publicarlo, ya lo habrías hecho.

—Necesito la clave raíz para que los documentos sean verificables. Sin ella, Julia puede presentarlos como falsificaciones.

—Clara no te la dará.

—Clara hará cualquier cosa por Nora. Ese fue siempre su defecto más útil.

—No conoces a Nora.

—Es mi hija.

—No. Eres el hombre del que lleva huyendo desde antes de aprender a caminar.

Andrés apoyó las manos en los reposabrazos de la silla.

—¿Sabes qué me escribió hace dos semanas? Me preguntó si había matado a su madre.

Daniel dejó de respirar.

—No tiene tu contacto.

—Encontró mi página profesional. Utilizó un nombre falso. Es inteligente. Le respondí que merecía escuchar la verdad de todos.

—La manipulaste.

—Le ofrecí algo que vosotros nunca: una versión donde no era un objeto protegido.

—¿Quedaste con ella?

—No. Iago interceptó la cuenta. Pero Julia supo que Nora estaba buscando y activó su máquina. Todo esto empezó porque una niña hizo una pregunta y ninguno de vosotros soportó no controlar la respuesta.

Andrés tenía razón en una parte. Era lo que hacía más peligroso escucharlo.

—¿Qué quieres de ella? —preguntó Daniel.

—Que diga quién es.

—¿Y después?

—Que venga conmigo.

—Nunca ocurrirá.

—No necesito que me quiera. Necesito que Julia no pueda usarla como llave para obligarme a entregar mis copias.

Daniel comprendió.

—No has venido a recuperar a tu hija. Has venido a recuperar un activo.

Andrés sonrió.

—Por eso siempre fuiste el padre más sentimental.

Una alerta apareció en el monitor. Archivo entrante: MARTA_RIVAS_AUDIO_2.

Andrés pulsó reproducir. La voz de Marta llenó la sala.

Cuando llegó a la frase “Andrés ha usado Umbral para proteger a hombres violentos”, su rostro cambió.

—¿Quién ha enviado esto?

Daniel miró la barra de progreso.

—Tu hija.