51
El conducto descendía durante los primeros veinte metros y después se dividía.
Nora iluminó las paredes con la pequeña pantalla de la pulsera. A la izquierda había marcas recientes de botas. A la derecha, polvo intacto y telarañas.
Las paredes estaban revestidas de azulejo industrial en los primeros metros y después se convertían en roca excavada.
El aire era más frío y transportaba olor a óxido, agua estancada y aceite.
Cada cierto tramo aparecían placas con números casi borrados que correspondían al antiguo sistema hidráulico de la fábrica.
Adela recordaba algunos por haber acompañado a Elena durante la noche del parto.
Nora avanzaba contando pasos y bifurcaciones.
No dibujaba un mapa perfecto; registraba decisiones reversibles.
Derecha junto a la tubería roja. Descenso después de la compuerta.
Tres peldaños rotos antes del túnel ancho.
La pulsera iluminaba apenas un círculo frente a ellas, de modo que cada sonido parecía proceder de un espacio mucho mayor.
Encontraron pruebas de uso reciente: una botella sin polvo, marcas de arrastre y cinta aislante nueva en un cable antiguo.
El conducto no era una ruta olvidada que ellas hubieran descubierto por casualidad.
Alguien lo mantenía como vía de extracción.
La diferencia importaba. Significaba que al final podía haber una salida o una persona esperando.
—¿Cuál? —preguntó.
Adela respiraba con dificultad. Se había golpeado la cadera al entrar y apoyaba una mano contra el muro.
—La derecha salía junto a los depósitos de agua. La izquierda iba a la fábrica.
—¿Cuál conoce Baeza?
—La izquierda.
—Entonces derecha.
—Puede estar bloqueada.
—También puede no estarlo.
Adela sonrió pese al dolor.
—Hablas como Clara.
Nora siguió avanzando.
—Todo el mundo me dice eso cuando hago algo que no le gusta .
El pasadizo derecho era más estrecho. Tuvieron que arrastrarse. Nora llevaba la cinta de Marta y el sobre pegados al cuerpo. El arma que había recogido pesaba dentro de la mochila. No quería tocarla, pero dejarla significaba que Baeza la encontraría.
—¿Marta sabía disparar? —preguntó.
—No le gustaban las armas.
—No he preguntado si le gustaban.
—Sí. Aprendió cuando empezó a investigar a Andrés.
—¿Clara?
—También.
—Daniel seguro que sí.
—Daniel decía que un arma en una casa con una niña era un riesgo inútil.
—Pero escondía teléfonos, llaves y planes.
—Las personas son más coherentes en las frases que en la vida.
Llegaron a una cámara baja donde el conducto permitía sentarse. Adela tenía sangre en la comisura de los labios. Nora le tocó el cuello como había visto hacer a Alicia: pulso rápido, regular. No sabía si aquello servía de algo.
—Tenemos que parar.
—No.
—Si te desmayas, pesas demasiado.
Adela soltó una risa y después tosió.
—Tu madre era igual de considerada.
—¿Marta o Clara?
—Marta era más directa. Clara se preocupaba intentando resolverte.
Nora sacó la botella pequeña que había robado del coche. Quedaba poca agua. Se la ofreció. Adela bebió un sorbo.
—Cuéntame algo de Marta que no tenga que ver con Umbral —dijo Nora.
Adela tardó.
—Cantaba fatal.
—Eso no es suficiente.
—Creía que cualquier comida mejoraba con limón. Llegaba tarde a todo excepto a los trenes. Cuando tenía doce años se cortó el pelo sola y culpó a Clara. Guardaba entradas de cine dentro de diccionarios porque decía que las palabras necesitaban recuerdos.
—¿Se parecía a mí?
—En algunas cosas.
—¿Cuáles?
—No aceptaba una respuesta que cambiara de tema.
Nora se sostuvo contra la pared.
—¿Por qué Clara no me habló de ella?
Adela cerró la botella.
—Porque al principio creía que el silencio era temporal. Después cada año sin decirlo hacía más difícil empezar. Y porque hablar de Marta obligaba a explicar qué hizo Clara la noche de su muerte.
—Se llevó a la niña.
—Sí.
—A mí.
—Sí.
—¿Marta estaba viva?
Adela no respondió inmediatamente. Nora sintió que iba a recibir otra frase preparada.
—Sí —dijo su abuela—. Estaba viva cuando Clara llegó.
El conducto pareció encogerse.
—¿Podía salvarla?
—No lo sé. Estaba muy herida. Daniel dijo que necesitaba una ambulancia. Marta le dijo a Clara que sacara a la niña antes de que Andrés regresara. Clara obedeció esa parte y tardó demasiado en pedir ayuda.
—¿Cuánto?
—Diecisiete minutos.
Nora conocía el número. Aparecía en cartas, cajas y grabaciones.
—¿Murió por esos minutos?
—Nadie puede afirmarlo con certeza.
—Entonces ¿por qué todos actúan como si sí?
—Porque la culpa prefiere una cifra. Parece más reparable que una cadena de decisiones.
Nora miró el arma dentro de la mochila.
—Clara me eligió a mí.
—Eligió sacarte. Después convirtió esa elección en una maternidad sin preguntarte cuando pudiste empezar a preguntar.
—¿Tú la ayudaste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Andrés era peligroso, Marta estaba muerta y Clara parecía la persona capaz de mantenerte viva. También porque eras mi nieta y tuve miedo de perderte. Cada razón fue verdadera. Ninguna convierte la mentira en buena .
Nora pensó en la lista que había escrito en la habitación. Cosas que sé. Cosas que puedo decidir.
—Cuando salgamos, no quiero que nadie diga que todo se hizo por mí.
—Tienes derecho.
—No. Quiero que lo digas tú cuando Clara intente hacerlo.
Adela asintió.
Un golpe resonó en el conducto izquierdo. Baeza había encontrado la entrada.
Nora se puso de pie.
—Tenemos que movernos.
—La salida derecha termina en una compuerta manual. Necesita dos personas.
—Somos dos.
—Una tiene setenta y cuatro años y una costilla rota.
—Sigue siendo una persona.
Avanzaron hasta la compuerta. Había dos ruedas oxidadas, separadas por un metro. Debían girar al mismo tiempo. Adela se colocó junto a una. Nora, junto a la otra.
—A la de tres —dijo.
—No digas tres si vas a tirar en dos.
—Eso hacía Marta.
—Entonces no.
Contaron. Uno. Dos. Tres.
Las ruedas cedieron con un chirrido. Agua estancada cayó al otro lado. La compuerta se abrió lo suficiente para que Nora pasara, pero Adela quedó atrapada por el hombro.
—Sigue —ordenó.
—No.
—Nora.
La niña regresó, apoyó los pies contra el marco y tiró de su abuela. Detrás, una luz apareció en el túnel.
Baeza.
Adela atravesó la abertura cuando el primer disparo golpeó el metal. Nora cerró la compuerta y encajó el arma en el mecanismo. El segundo disparo quedó al otro lado.
—Acabas de perderla —dijo Adela.
—Era de él. Nunca fue mía.
Se encontraron en una galería más amplia que descendía hacia la fábrica. Había cableado reciente y una señal luminosa en el suelo.
Nora conectó la pulsera. Por un instante apareció una red local.
Podía enviar un archivo pequeño.
Eligió la voz de Marta.