50
Nora había abierto la puerta del coche antes de que se detuviera por completo.
Inés la siguió. Alicia discutía con el conductor del segundo vehículo, que había recibido órdenes distintas. En el momento de confusión, Nora corrió hacia la casa.
El patio de Casa Cero estaba cubierto de grava y rodeado por muros altos.
Nora cayó sobre una rodilla, se levantó y corrió hacia la entrada lateral.
El impermeable amarillo resultaba visible desde cualquier ventana, pero también permitía a Clara reconocerla si estaba dentro.
Durante el trayecto había decidido que ser encontrada por su madre compensaba el riesgo de ser vista por otros.
La puerta no tenía cerradura exterior. Se abría mediante presión en un azulejo verde y un mecanismo oculto.
Inés le había explicado el gesto porque creyó que controlar la información bastaba para controlar su uso.
Nora memorizó la ubicación, la fuerza necesaria y el retraso de dos segundos antes del clic.
Dentro, el aire olía a humedad, desinfectante y madera vieja.
Había huellas recientes sobre el polvo y una línea de barro que se dirigía hacia el corredor.
Nora distinguió tres tamaños de calzado.
Uno correspondía a Adela, otro a un hombre adulto y el tercero a botas con dibujo profundo.
El edificio le ofrecía pruebas antes de ofrecerle personas.
La fotografía que había estudiado no mostraba las ampliaciones.
Una pared ocupaba el lugar de una puerta y el pasillo terminaba en un armario falso.
Nora avanzó utilizando sonidos: una respiración, metal arrastrado, agua en una tubería.
Llegó a la escena no porque conociera la casa, sino porque la casa seguía revelando dónde se movían los cuerpos.
Conocía la entrada por la fotografía. También conocía el azulejo verde por la indicación de Inés. No sabía que encontraría a Adela en el suelo y a Baeza apuntándole.
—No la mates —repitió.
Baeza se volvió despacio.
—Sara.
—Nora.
—Tu padre quiere verte.
—Mi padre está abajo o arriba, según qué mentira estéis usando.
Adela intentó levantarse. Baeza la empujó con el pie.
—Quieta.
Nora vio el sobre asomando del bolsillo de su abuela. Vio también la radio en la mano de Baeza y el azulejo retirado.
—Tengo el Libro —dijo.
Era una mentira, pero Baeza dejó de mirar a Adela.
—¿Dónde?
—En mi zapatilla.
—Quítatela.
Nora se sentó en el suelo. Desató el cordón con movimientos lentos. La tarjeta verdadera estaba allí. No podía entregarla. Tampoco podía permitir que disparara a Adela.
Sacó la plantilla y mostró el pequeño hueco.
Baeza se agachó.
Nora lanzó la zapatilla hacia la puerta y empujó la palanca detrás del azulejo. El mecanismo cerró una compuerta metálica entre el pasillo y la habitación. Baeza quedó fuera. Nora y Adela, dentro.
El disparo atravesó la madera, no el metal interior.
—Bien hecho —dijo Adela.
—No mucho. La tarjeta estaba en la zapatilla.
—¿La verdadera?
Nora asintió, con los ojos llenos de lágrimas que se negó a soltar.
Baeza golpeó la puerta.
—La recuperará —dijo.
—Primero tiene que abrir.
—¿Hay otra salida?
Adela señaló el armario. Detrás, un panel conducía a un espacio aún más estrecho.
—Marta lo usó para esconderte mientras atendíamos el parto.
Nora entró. Cabía agachada. En la pared había marcas de lápiz y nombres escritos por distintas manos. Algunos estaban tachados. Otros tenían flechas hacia nombres nuevos.
Sara → Nora.
Reconoció la letra de Clara.
Debajo había otra anotación:
No volverá a pertenecer a nadie que confunda sangre con derecho.
Nora tocó las palabras.
—Clara escribió esto.
—La noche que te trajo aquí después del incendio.
—¿Marta estaba muerta?
Adela no respondió de inmediato.
—Murió mientras Clara te sacaba de la casa.
—¿Podía salvarla?
—No lo sé.
—Todos decís eso cuando sí lo sabéis.
Los golpes de Baeza se detuvieron. Un mecanismo sonó al otro lado. Estaba intentando abrir desde el azulejo.
Adela le entregó la cinta y el sobre.
—Guárdalos.
—¿Qué son?
—La parte de la historia que tu madre quiso que Clara escuchara sin Julia delante.
—Marta es mi madre.
—Sí.
—Entonces di Marta.
Adela asintió.
—La parte que Marta quiso que Clara escuchara.
Nora metió la cinta y el sobre bajo su sudadera.
—¿Hay salida desde aquí?
—Un conducto hacia la fábrica.
—Vamos.
—Yo te retrasaré.
—No.
—Nora…
—No voy a aprender de vosotras que salvar a alguien significa dejar a otra persona atrás.
La compuerta comenzó a abrirse.
Nora agarró la mano de Adela.
Las dos se arrastraron hacia la oscuridad.