Nadie recuerda a Nora 49
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Adela oyó el disparo desde la despensa.

No gritó. Había aprendido, demasiado tarde, que el miedo no siempre se expresa haciendo ruido. A veces se convierte en una precisión extraordinaria.

Casa Cero conservaba la distribución de una vivienda rural, pero las paredes habían sido reforzadas y los corredores desviados.

La despensa se encontraba entre la cocina y una cámara fría.

Los estantes ocultaban bisagras, cableado y marcas de altura de varias generaciones de personas protegidas.

Algunas habían escrito iniciales en la madera; otras, fechas que ya no coincidían con sus documentos actuales.

El disparo produjo un eco corto, amortiguado por los muros.

Adela identificó la habitación aproximada por la vibración de los frascos.

Había vivido allí durante el nacimiento de Nora y recordaba qué paredes eran macizas y cuáles ocultaban conductos.

El conocimiento doméstico se convirtió en un mapa táctico sin dejar de ser memoria familiar.

La puerta secundaria descendía hacia un depósito de agua y un antiguo túnel de carga.

El peldaño tercero estaba roto. La barandilla terminaba antes de la curva.

Adela avanzó apoyando el hombro sano y dejó una marca de sangre en la cal.

Esa marca permitiría después reconstruir su recorrido y demostrar que no había estado en la sala donde Andrés intentaría situarla.

En el nivel inferior encontró cajas de material obstétrico, mantas selladas y un calentador antiguo.

Algunos lotes coincidían con la fecha del nacimiento de Nora.

Casa Cero no era solo el escenario de una persecución actual.

Conservaba objetos que podían confirmar una noche que todos habían narrado de manera distinta.

La despensa tenía una segunda puerta oculta detrás de sacos vacíos. La abrió y encontró una escalera que descendía. Recordaba aquel paso del día del nacimiento de Nora: Elena lo utilizaba para traer agua caliente desde un depósito inferior.

Bajó.

El sótano estaba lleno de cunas desmontadas, maletas y cajas con ropa. En una pared había azulejos verdes. El tercero de la fila inferior mostraba una grieta.

Adela lo retiró.

Detrás encontró una palanca y una cavidad con una radio antigua. La palanca abrió un pasadizo hacia la fábrica de vidrio. La radio funcionaba con batería.

Pulsó el botón.

—¿Me escucha alguien?

Estática.

—Soy Adela Rivas. Andrés Galván está en Casa Cero. Daniel está herido. Nora puede estar aquí.

Una voz respondió, débil :

—No diga nombres por este canal.

Adela reconoció a Inés.

—Ya no tenemos tiempo para códigos.

—Estamos a seis minutos. No entre en la casa.

—Estoy dentro.

Silencio.

—Busque la sala de azulejos verdes —dijo Inés—. El tercer azulejo abre el túnel.

—Ya lo he abierto.

—Entonces salga.

—¿Dónde está mi nieta?

—Conmigo.

La palabra nieta quebró algo en Adela.

—¿Está bien?

—Sí. Pero Galván ha tomado el control de la operación. Julia no responde.

—Julia siempre responde. Que no lo haga es una respuesta.

Arriba sonaron pasos y un arrastre. Daniel quizá. Adela tomó la radio y entró en el pasadizo. No salió hacia la fábrica. Avanzó en dirección contraria, siguiendo un ramal que recordaba vagamente.

—¿Qué hace? —preguntó Inés por la radio.

—Buscar la sala de partos.

—No está en el plano actual.

—Porque la cerramos después de que naciera Nora.

El corredor terminaba en una puerta de madera. Adela utilizó la llave inglesa para romper el candado.

La habitación conservaba la camilla, un lavabo y un armario metálico. En la pared había una cigüeña pintada por Marta. Bajo las alas, una frase:

NINGÚN NOMbrE ES MÁS VERDADERO QUE LA VIDA QUE CONSIGUE PROTEGER.

Adela abrió el armario. Encontró ropa de bebé, una cámara de vídeo y una caja sellada con las iniciales M.R .

Dentro había una cinta y un sobre.

PARA CLARA. NO PARA UMbrAL.

Marta había dejado una segunda grabación.

Adela guardó ambos objetos. Cuando se volvió, Baeza estaba en la puerta.

Tenía la pierna vendada donde ella le había clavado el abrecartas.

—La señora de la casa —dijo.

—La rata del sótano.

Baeza le quitó la radio.

—¿Qué ha encontrado?

—El lugar donde guardábamos a los hombres que hacían preguntas estúpidas.

Él la golpeó con el arma. Adela cayó, pero mantuvo una mano dentro del bolsillo, apretando la cinta.

Baeza abrió la caja vacía.

—¿Dónde está?

—Once años tarde y seguís buscando lo mismo.

—Porque su hija era mejor escondiendo cosas que eligiendo aliados.

Adela escupió sangre sobre sus zapatos.

—Al menos tuvo una hija que la quiso.

Baeza levantó el arma.

Una voz infantil sonó en el pasillo.

—No la mates.

Nora estaba detrás de él.