Nadie recuerda a Nora 48
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San Miguel del Embalse no aparecía en los carteles grandes.

Daniel abandonó la carretera comarcal y siguió indicaciones hacia una zona recreativa. El coche de Baeza ya no estaba detrás, pero eso no significaba que hubiera dejado de seguirlos. Significaba que conocía otra ruta.

El agua había transformado el valle. Bajo la superficie permanecían los cimientos de un barrio obrero, una escuela y el camino antiguo hacia la fábrica.

En años de sequía, algunos muros reaparecían cubiertos de limo.

Los habitantes del pueblo hablaban de ellos como si fueran recuerdos personales, aunque muchos hubieran nacido después de la inundación.

La fábrica de vidrio ocupaba la orilla norte.

Sus naves de ladrillo, chimeneas y depósitos se extendían entre maleza.

Durante décadas produjo botellas y aislantes; cerró después de un accidente y una quiebra.

Umbral aprovechó conducciones, sótanos y una subestación eléctrica que seguía conectada por razones administrativas.

El lugar ofrecía aislamiento sin parecer secreto: figuraba en catastros, recibía inspecciones ocasionales y pertenecía a una sociedad disuelta cuya propiedad nadie terminaba de reclamar.

Casa Cero quedaba algo más arriba, protegida por árboles y un muro bajo.

Desde la carretera parecía una vivienda señorial abandonada.

Desde el agua se comprendía su función: dominaba la fábrica, la presa y los dos accesos al pueblo.

Quien la había elegido no buscaba solo ocultación.

Buscaba tiempo para ver llegar a cualquiera.

El pueblo surgió alrededor de una iglesia baja sin torre. Había una plaza, un bar cerrado y una fuente de piedra. Más allá, junto al agua, se extendían las ruinas de una fábrica de vidrio.

Adela señaló una calle en pendiente.

—La casa de Elena estaba arriba.

—¿Estuviste aquí?

—Cuando nació Nora.

—Dijiste que Marta dio a luz en una clínica.

—La clínica era esta casa. Los informes se hicieron después.

Daniel frenó.

—¿Clara estuvo en el parto?

—No. Marta no quería que supiera dónde estaba. Pensaba que Umbral tenía una filtración.

—Tenía razón.

—Cuando empezó el parto, llamó a Julia. Julia llamó a Elena. Yo vine porque Marta me pidió que no avisara a Clara.

—¿Por qué?

—Porque Clara todavía defendía la red. Marta ya no confiaba en nadie que pusiera Umbral por encima de una persona.

Daniel miró la casa al final de la calle. Contraventanas azules. Azulejo de cigüeña. Una luz encendida en la planta baja.

—Quédate aquí.

—No.

—Baeza puede aparecer.

—Y si me quedo sola, ¿qué crees que hará?

No había una respuesta buena.

Aparcaron detrás de un almacén abandonado. Daniel sacó una linterna, una pistola y un pequeño botiquín. Adela cogió una llave inglesa del maletero.

—No puedes venir armada con eso.

—Es menos ilegal que lo tuyo.

Subieron por un sendero entre huertos. La casa estaba demasiado quieta. No había coches, voces ni movimiento tras las cortinas.

La puerta principal estaba abierta.

Dentro encontraron una cocina antigua, una mesa preparada para cuatro personas y un reloj detenido a las 3:29.

Diecisiete minutos después de la llamada de Marta.

—Esto es para Clara —dijo Adela.

—Todo es para Clara.

En la pared había fotografías de niñas y mujeres. Algunas mostraban la misma persona con nombres distintos. En una esquina, una serie completa de Nora desde su nacimiento hasta el año anterior.

No eran fotografías familiares. Habían sido tomadas a distancia: saliendo del colegio, en el parque, durmiendo junto a una ventana.

Daniel arrancó una de la pared.

—Andrés la vigilaba.

—O Julia.

Un suelo de madera crujió arriba.

Daniel indicó a Adela que se ocultara en la despensa. Subió con el arma levantada .

La primera habitación estaba vacía. La segunda contenía una cama infantil y el conejo Norte, aunque Norte debía seguir en la consigna o en manos de Baeza. Era otro peluche idéntico.

Sobre la almohada había una nota:

PAPÁ, LLEGAS TARDE OTRA VEZ.

—No soy su padre —dijo una voz detrás de él—. Esa fue vuestra mentira favorita.

Andrés Galván ocupaba la puerta.

Tenía cincuenta y cinco años, el pelo gris en las sienes y una elegancia discreta que ninguna fotografía policial había conseguido volver amenazante. Sostenía el arma con una mano relajada.

—¿Dónde está Nora? —preguntó Daniel.

—Sara.

—Ella elige su nombre.

—Eso dicen quienes le robaron el primero.

Daniel apuntó.

—Mataste a Marta.

Andrés sonrió con tristeza ensayada.

—Y tú falsificaste la hora de su muerte. A veces me pregunto cuál de los dos debería temer más que la niña conozca la verdad.

Un golpe sonó en la planta baja.

Andrés no miró. Daniel sí.

Fue suficiente.

El disparo alcanzó a Daniel en el muslo.

Cayó.

Andrés le quitó el arma y se agachó a su lado.

—Julia va a traer a Clara. Cuando llegue, los tres le contaremos a Sara qué clase de familia le construisteis.

—No vas a tocarla.

—Llevo once años sin tocar a mi hija.

—No es tu hija.

La expresión de Andrés perdió la tristeza.

—Eso —dijo— es exactamente lo que pienso corregir esta noche.