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Llegamos a San Miguel del Embalse a las diez y cuarenta y ocho.
El coche de Daniel estaba detrás de un almacén. La puerta del conductor permanecía abierta. Había sangre en el asiento, no suficiente para saber si alguien había muerto, demasiada para fingir que no importaba.
—Daniel —llamé.
Luján me hizo callar.
Revisó el suelo con la linterna. Huellas de dos personas subían hacia la casa. Otras descendían hacia la fábrica.
—Una de ellas cojea —dijo.
—Baeza.
—O Daniel herido.
El pueblo estaba oscuro. Las farolas de la calle principal se habían apagado, aunque las casas tenían electricidad. Alguien controlaba el circuito municipal o había cortado solo la zona.
Subimos por el sendero. La puerta de Casa Cero estaba abierta. Dentro, el reloj se había detenido a las 3:29. Las fotografías de Nora cubrían la pared.
Sentí náuseas.
Había años enteros observados desde fuera. En una imagen yo recogía a Nora del colegio. En otra, Daniel le enseñaba a montar en bicicleta. En otra, mi madre dormía en una silla del hospital mientras Nora tenía varicela.
Alguien había vivido nuestra vida como un expediente.
—No toques nada —dijo Luján.
En el piso superior encontramos sangre y un casquillo. La nota de la almohada seguía allí.
PAPÁ, LLEGAS TARDE OTRA VEZ.
—Es para Daniel —dije.
—O para Andrés.
Una puerta golpeó abajo.
Bajamos. La despensa estaba abierta. Detrás había una escalera al sótano. En la pared de azulejos verdes faltaba una pieza.
—Nora ha pasado por aquí.
—¿Cómo lo sabes ?
En el suelo había una cuenta blanca con una letra N. La pulsera de Alba.
La recogí.
No era una prueba de laboratorio ni un registro oficial. Era una pieza de plástico barata. Nunca había tenido algo tan verdadero entre los dedos.
La compuerta estaba abierta. Entramos en el pasillo. Encontramos una zapatilla infantil y la tarjeta de memoria junto a ella.
—La perdió —dijo Luján.
—No. La entregó para ganar tiempo.
La tarjeta tenía una esquina marcada con rotulador rojo. La que había usado en la biblioteca no tenía marca. Aquella podía ser la verdadera.
Un altavoz oculto se encendió.
La voz de Andrés llenó el corredor.
—Clara, bienvenida a la única casa donde tu hija tuvo un nombre antes de que tú se lo quitaras.
—¿Dónde está?
—Con su abuela. Caminando hacia la fábrica, si Baeza no las encuentra antes.
Luján localizó una cámara y apuntó, pero yo bajé su arma.
—Quiere que sepamos que nos ve.
—También puede estar mintiendo.
—No sobre esto.
Andrés continuó:
—Daniel está vivo. Por ahora. Julia viene de camino. A las once y cuarenta todos estaremos donde Marta quiso reunirnos hace once años.
La hora de la fotografía.
—¿Qué quieres? —pregunté.
—Mi hija.
—No tienes una hija.
Una risa suave salió del altavoz.
—Por fin entiendes el poder de la frase.
Las luces del corredor se encendieron una tras otra, marcando el camino hacia la fábrica.
En la pared final apareció una proyección con letras blancas:
TENEMOS A TU FAMILIA.
Debajo, un contador comenzó a descender.
00:51:32.
Luján comprobó su cargador.
—Es una emboscada.
Guardé la cuenta con la N en el bolsillo y recogí la zapatilla de Nora.
—No. Es una reunión familiar.