Nadie recuerda a Nora 44
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Inés no condujo hacia Segovia por la ruta más rápida.

Nora lo supo porque el sol apareció primero a la derecha, luego detrás. Atravesaron carreteras secundarias y pueblos pequeños. Alicia iba delante. Un segundo coche las seguía a distancia.

El vehículo era una furgoneta de transporte escolar sin distintivos, con las ventanas traseras cubiertas por cortinas grises.

En el suelo había anclajes para sillas y una caja de primeros auxilios completa.

También había bridas, mantas y bolsas numeradas.

La misma infraestructura servía para trasladar a una menor protegida o a una menor retenida.

La diferencia no estaba en el vehículo, sino en quién había autorizado el viaje y si la persona podía negarse.

Nora observaba las curvas mediante el movimiento de la luz bajo las cortinas.

Contaba rotondas por la inclinación del cuerpo y cambios de firme por el sonido de los neumáticos.

La carretera secundaria atravesaba pueblos con fachadas de piedra, talleres cerrados y paradas de autobús vacías.

Cada población ofrecía una oportunidad de pedir ayuda, pero la furgoneta no se detenía en lugares con peatones.

Inés llevaba un mapa impreso sobre el salpicadero.

Había marcado dos rutas y tachado una tercera.

Alicia comprobaba el teléfono sin señal y anotaba horas en una libreta.

Las discrepancias entre ambas empezaban a expresarse en decisiones pequeñas: velocidad, paradas, agua para Nora, uso de cinturones.

Ninguna declaraba abierta oposición, pero el traslado dejaba de ser una operación unificada.

El segundo coche apareció después de un puente. Mantuvo distancia hasta que la furgoneta tomó una salida no prevista. Nora vio el miedo en el espejo interior de Inés y comprendió que quienes la retenían también podían haber perdido el control de la operación.

—¿Quién viene detrás? —preguntó Nora.

—Seguridad —dijo Alicia.

—¿Para protegerme o para impedir que escape?

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

—Esa respuesta la habéis aprendido todos en el mismo curso.

Inés sonrió a pesar de sí misma. Alicia no.

Nora llevaba la tarjeta verdadera dentro de la suela. El pequeño emisor permanecía en la manga. No había podido enviar el segundo mensaje; la red del edificio se cortó cuando conectaron el dispositivo .

—Necesito ir al baño —dijo.

—Esperaremos a la casa.

—Me mareo.

—Abre la ventanilla.

—Voy a vomitar en el coche.

Alicia miró a Inés. Se detuvieron en una gasolinera sin otros vehículos. Alicia acompañó a Nora al baño y se quedó junto a la puerta.

Dentro había una ventana alta, demasiado pequeña para salir. Nora abrió el grifo, mojó papel y lo pegó al espejo. Escribió con jabón sobre el cristal:

NORA RIVAS. ME LLEVAN A SAN MIGUEL DEL EMBALSE. CASA CON CIGÜEÑA. LLAMAR A CLARA RIVAS.

No sabía quién lo leería ni si el personal limpiaría antes. Era una copia fuera del sistema. La regla tres-dos-uno convertida en auxilio.

Al salir, vio un expositor de postales. Cogió una del embalse y la dejó caer cerca de una papelera. Pisó el borde para doblarla en forma de flecha. Alicia no se dio cuenta.

De nuevo en el coche, Inés la miró por el retrovisor.

—¿Has dejado algo?

Nora sintió una descarga de miedo.

—He tirado una compresa.

Alicia apartó la mirada. Inés mantuvo los ojos sobre ella un segundo más.

Cuando regresaron a la carretera, la directora habló sin volverse.

—En Casa Cero hay una habitación con azulejos verdes. Si ocurre algo, busca el tercero de la fila inferior.

Alicia se tensó.

—¿Qué estás haciendo?

—Explicando las normas.

—Esa no es una norma.

—Lo era antes de que tú llegaras.

Nora comprendió que Inés acababa de darle una salida. No sabía si era ayuda o una prueba.

—¿Por qué trabajas para Julia? —preguntó.

—Porque hace veinte años me dio un nombre con el que mi marido no pudo encontrarme.

—¿Y ahora le das niños?

Las manos de Inés se endurecieron sobre el volante.

—Ahora intento que no terminen como yo.

—Encerrados y agradecidos .

Alicia se volvió.

—No sabes nada de lo que pasamos.

—Tenéis razón. Nadie me cuenta nada. Por eso he tenido que robarlo.

El silencio llenó el coche.

—¿Qué has robado? —preguntó Alicia.

Nora miró por la ventanilla.

—Mi nombre.

El teléfono de Inés sonó. Contestó con manos libres.

—Sí.

Una voz masculina dijo:

—Cambio de protocolo. Galván ha llegado antes. Llevad a la menor a la sala de archivo.

Inés frenó tan bruscamente que el coche de detrás estuvo a punto de chocar.

—Andrés no puede entrar en la casa.

—Orden de Julia.

—Julia prometió…

—La promesa ha cambiado.

La llamada terminó.

Inés y Alicia se miraron.

Por primera vez, Nora vio el mismo miedo en las dos.