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Daniel conducía demasiado rápido.
Adela lo sabía por el modo en que las luces de los coches se alargaban sobre las ventanillas y por la presión constante del cinturón. No le pidió que redujera. Había momentos en que la prudencia era otra forma de llegar tarde.
—¿Cuándo empezaste a vigilar a Clara? —preguntó.
Daniel tardó en responder.
—Después de que siguiera a Andrés por primera vez.
—¿Hace cuatro meses?
—Hace ocho años.
Adela se volvió hacia él.
—No lo sabía.
—Nadie lo sabía. Se levantó de madrugada, condujo hasta Toledo y esperó frente a una conferencia donde él daba una charla sobre seguridad familiar. Volvió antes de que Nora despertara. Encontré el recibo de gasolina.
—¿Se lo preguntaste?
—Dijo que no había salido de casa.
—Podía no recordarlo.
—Durante un tiempo lo creí. Luego encontré un cuaderno. Registraba los movimientos de Andrés, sus cuentas y las personas con las que se reunía. No era una crisis. Era una investigación.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque tú habrías intentado detenerla y ella habría sabido que la vigilaba.
—Así que preferiste vigilar mejor.
Daniel apretó el volante.
—Preferí entender qué buscaba.
—¿Lo entendiste?
—El Libro. Clara estaba convencida de que Andrés guardaba una copia con la prueba de que mató a Marta. Si la conseguía, podía denunciarlo sin exponer a las víctimas.
—Eso no parece una conducta enferma .
—No. Lo enfermo era que al día siguiente no recordaba haber escrito el cuaderno.
La carretera ascendía hacia la sierra. El coche de Andrés seguía por delante en el mapa, pero la señal se había detenido cerca de un área de descanso.
Daniel redujo la velocidad.
—Puede estar esperándonos.
—Entonces no pares.
Pasaron junto al área. Había un vehículo negro junto a las bombas y un hombre apoyado en el capó. No era Andrés. Era Baeza.
Los vio.
Subió al coche.
—Nos seguirá —dijo Daniel.
—¿Y eso te sorprende?
—No. Me sorprende que quiera que lo veamos.
Adela miró la carretera por la luneta trasera. El coche negro se incorporó dos vehículos después.
—Quiere empujarnos hacia la casa.
—O comprobar que no nos desviamos.
—¿Hay otra entrada?
—La fotografía muestra una vivienda junto al embalse. Umbral siempre preparaba una salida de agua si era posible.
Adela sonrió sin humor.
—Eso lo diseñó Clara. Tenía miedo al fuego desde niña.
Daniel la miró.
—Nunca me lo contó.
—Nuestra casa se incendió cuando Marta tenía siete años. Fue pequeño. Una sartén. Pero Clara se escondió dentro de un armario y no salió hasta que los bomberos la encontraron. Después dibujaba rutas de salida en todas partes.
El incendio de Marta. El fuego en la rotativa. San Dimas. Julia utilizaba el fuego porque sabía qué abría dentro de Clara.
—No quiere solo el Libro —dijo Daniel—. Quiere que Clara vuelva a ser la persona que construyó Umbral.
—¿Para qué?
—Porque el sistema se está rompiendo. Sin Clara, Julia puede borrar expedientes, pero no crear una arquitectura nueva que sobreviva a las auditorías actuales.
—Quiere reclutarla .
—Quiere obligarla a elegir otra vez entre una persona y la red. Si Clara sacrifica a Nora para proteger identidades, Julia demuestra que nunca fueron distintas.
El coche negro se acercó.
Daniel aceleró.
—¿Y si elige a Nora? —preguntó Adela.
—Entonces Umbral cae.
—¿Cuántas personas caerán con él?
Daniel no respondió.
Adela entendió por qué Julia había conservado el poder tantos años. No necesitaba convencer a nadie de que era buena. Bastaba con conseguir que todas las alternativas parecieran peores.