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La explosión no derribó el edificio. Lo cerró.
Una columna de humo subió por la escalera y el sistema de incendios bloqueó las puertas cortafuegos. Luján encendió una linterna y me agarró del brazo.
La carga había sido colocada junto al cuadro secundario y orientada hacia el sistema de ventilación.
Produjo humo, fragmentos y una caída controlada de tensión.
Las puertas cortafuegos descendieron por sectores, separando el sótano de la salida principal.
El objetivo no era destruir San Dimas, sino convertir sus medidas de seguridad en barreras.
Los rociadores no se activaron con el humo. Sus ampollas respondían al calor y el incendio todavía no había elevado suficiente la temperatura del techo. El corredor se llenó de partículas antes de que llegara el agua. Luján nos cubrió la boca, nos obligó a agacharnos y utilizó la pared como guía.
La salida de servicio tenía una barra antipánico anulada con una pieza metálica.
No era una modificación reciente. El mecanismo llevaba años preparado para impedir evacuaciones no autorizadas.
La instalación revelaba la filosofía original de Umbral: proteger el secreto incluso cuando entraba en conflicto con la seguridad de quienes se encontraban dentro.
Al alcanzar la calle, la humareda salía por una rejilla baja y no por las ventanas.
Los transeúntes apenas se detenían. El edificio parecía sufrir una avería menor.
Esa apariencia era parte del diseño. San Dimas podía arder por dentro sin producir una imagen suficientemente clara para que alguien llamara a emergencias antes de que los responsables hubieran desaparecido.
—La salida de servicio.
—Julia está aquí.
—Eso quiere que pensemos.
La busqué en la oscuridad. No oí pasos, solo el agua de los rociadores y el chasquido de algo eléctrico quemándose. El ordenador había quedado apagado. La tarjeta de Nora seguía conectada.
La arranqué.
—Clara.
—Es suya.
—Puede llevar un rastreador.
—Precisamente .
Avanzamos hacia la puerta por la que había entrado Luján. El corredor estaba lleno de humo. La explosión había afectado a un cuadro eléctrico cerca del portal. No parecía un atentado para matarnos, sino una forma de obligarnos a salir por rutas previstas.
—¿Quién la provocó? —pregunté.
—Daniel llevaba un transmisor secundario en el coche de apoyo. Lo hemos perdido al mismo tiempo. Puede ser Baeza.
—O Julia.
—Julia no destruye una instalación que lleva diecisiete años conservando.
—La conserva mientras le sirve.
Llegamos a una bifurcación. Mi cuerpo recordó el camino antes que la cabeza. A la izquierda estaba la salida al callejón. A la derecha, una escalera que descendía a un corredor bajo las viviendas.
—Por aquí —dije.
—Esa dirección baja.
—San Dimas tenía dos salidas. Una para quienes llegaban y otra para quienes dejaban de existir.
La puerta inferior estaba oculta tras un panel de yeso. Lo empujé y cedió. Bajamos a un pasadizo estrecho donde el aire era respirable.
En el suelo había huellas recientes de zapatos de tacón.
—Julia —dijo Luján.
Las seguimos. El corredor desembocaba en un pequeño cuarto con una trampilla abierta. Sobre una mesa habían dejado una fotografía.
Nora, a los cuatro años, dormida en Casa Cero con el conejo Norte entre los brazos.
En el reverso había una frase:
UNA MADRE SABE CUÁNDO DEJAR DE PERSEGUIR A SU HIJA.
Debajo, una hora: 23:40.
—Son las nueve y doce —dijo Luján.
—¿Qué ocurre a las once y cuarenta?
—Puede ser la hora prevista de llegada de Andrés.
—O la hora a la que quiere que lleguemos nosotros.
La trampilla conducía a un garaje contiguo. Julia se había marchado en un vehículo. Una cámara de seguridad giraba hacia nosotros, demasiado moderna para el edificio.
Luján disparó al objetivo.
—Acaba de confirmar que estamos vivos —dije.
—Ya lo sabía.
—Entonces ¿por qué destruirla?
—Porque estoy cansado de actuar para su público.
Su teléfono protegido emitió una alerta. La señal de Daniel avanzaba por la A-6 hacia Segovia. Otra señal, correspondiente a un vehículo asociado a Andrés, circulaba quince kilómetros por delante.
—No va detrás de Daniel —dijo Luján—. Va delante.
—Sabe dónde está la casa.
—Siempre lo ha sabido.
—Entonces Casa Cero nunca fue segura.
Luján guardó el teléfono.
—Los lugares no son seguros. Solo lo son los secretos mientras alguien no los vende.
Salimos al callejón. Sirenas y humo llenaban la calle principal. Entre los curiosos vi a una mujer con una chaqueta gris caminando en dirección contraria a los bomberos.
Julia.
Corrí tras ella.
Doblé la esquina y encontré la calle vacía.
En la acera había un sobre blanco.
Dentro solo había una llave de coche y una nota:
LLEGA ANTES QUE ÉL.