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Inés tomó la siguiente salida sin consultarlo.
El segundo coche tocó el claxon y aceleró para ponerse a su altura. El conductor bajó la ventanilla. Nora reconoció al hombre que había estado en el garaje del edificio, aunque entonces llevaba gorra.
La carretera descendía hacia un valle cubierto por embalses y antiguas explotaciones industriales.
El asfalto estaba agrietado y las líneas laterales desaparecían en algunos tramos.
Inés aceleró en las rectas y redujo antes de las curvas sin utilizar el freno, intentando no avisar al coche perseguidor mediante las luces traseras.
El conductor del segundo vehículo conocía la zona.
Se colocaba en puntos donde podía cortar el paso y evitaba acercarse en tramos con casas.
No buscaba detenerlas de inmediato. Las empujaba hacia la ruta de la presa, donde Umbral disponía de accesos propios.
Inés comprendió que la orden recibida no pretendía llevar a Nora a Casa Cero, sino entregarla antes de llegar.
Alicia revisó la caja de emergencia y encontró un martillo, vendas y una linterna.
No había armas. El protocolo había separado el transporte de la fuerza, pero esa separación solo funcionaba mientras todos obedecieran.
La deslealtad del segundo coche convertía la falta de armas en una vulnerabilidad.
Nora no conocía los nombres de quienes las seguían, pero identificó la estructura del conflicto: dos adultas que habían aceptado una operación injusta empezaban a descubrir que también podían ser consideradas prescindibles.
No confundió ese miedo con bondad. Lo utilizó para ampliar el espacio donde sus decisiones podían influir.
—¡La ruta es por la presa! —gritó.
—Tengo un problema mecánico —respondió Inés.
—No tienes autorización para detenerte.
—Entonces avisa a Julia de que el coche arde.
No ardía. El indicador de temperatura seguía en el centro. Inés condujo hasta una zona de descanso rodeada de pinos y apagó el motor. El otro vehículo frenó detrás.
—¿Qué haces? —preguntó Alicia.
—Decidir si seguimos obedeciendo a alguien que acaba de entregar a una menor a Andrés.
—Julia no ha dicho eso.
—Ha cambiado la ruta a la sala de archivo. Andrés controla la sala central.
—Puede ser una maniobra para protegerla.
Nora soltó el cinturón.
—Cuando los adultos dicen puede ser, ya han decidido que el riesgo lo asuma otra persona.
El conductor del segundo coche se acercó. Inés bloqueó las puertas.
—Abre —ordenó él.
—Confirma la cadena de mando.
—Baeza dirige el traslado.
Alicia palideció.
—Baeza trabaja para Andrés.
—Baeza trabaja para quien mantiene operativa la red —respondió el hombre.
Golpeó la ventanilla con los nudillos.
—Abre.
Inés puso el coche en marcha. El hombre se apartó y sacó un arma. Nora se agachó antes de que Alicia la empujara. El primer disparo perforó la luna trasera. El segundo golpeó la carrocería.
Inés aceleró entre los pinos. El camino de tierra descendía hacia un área de pícnic abandonada. Las ramas arañaron los laterales. El otro coche las siguió.
—Hay una barrera al final —dijo Alicia.
—Lo sé.
—No podemos pasar.
—Él tampoco.
Inés frenó junto a una mesa de piedra.
—Salid.
—¿Adónde? —preguntó Nora.
—Hay un sendero que llega a la carretera vieja. Yo lo retraso.
—No.
—Nora, no es una negociación.
—Eso también lo decís todos en el mismo curso.
Alicia abrió su puerta.
—Vamos.
Nora no se movió.
—Si nos separamos, él seguirá a quien crea que lleva la tarjeta.
Las dos mujeres la miraron.
—¿Qué tarjeta? —preguntó Inés.
—La que Baeza cree que está en mi zapatilla.
—¿Está ahí?
—No voy a decírtelo.
El motor del coche perseguidor se acercaba.
Nora cogió la postal del embalse que había escondido bajo la sudadera. Escribió en el reverso con un bolígrafo de Alicia: TARJETA EN EL COCHE. Después la dobló y la introdujo entre el asiento y el respaldo.
—Que encuentre esto —dijo—. Pensará que seguimos a pie con la tarjeta o que la hemos dejado. Tendrá que decidir.
—Puede registrar el coche en segundos —dijo Alicia.
—No si cree que hay una trampa electrónica.
—¿La hay?
—No.
Inés sonrió, esta vez sin querer ocultarlo.
—Clara hacía lo mismo —dijo.
—No me compares con ella ahora.
Salieron por la puerta del copiloto y corrieron hacia el sendero. Nora iba en medio. Alicia llevaba el arma de Inés y miraba atrás cada pocos pasos.
El hombre llegó al coche, abrió la puerta y vio la postal. No las siguió de inmediato. Sacó el teléfono y llamó a alguien.
La demora fue de treinta y ocho segundos.
Nora los contó.
El sendero terminaba en una carretera estrecha. No había casas ni tráfico. A lo lejos, el embalse reflejaba una franja de luz. Inés señaló una nave agrícola.
—Podemos escondernos allí.
—No —dijo Alicia—. Si Baeza controla la zona, la habrá revisado.
—Entonces ¿qué propones?
—Seguir hasta la casa.
Inés se detuvo.
—Acabas de decir que Andrés la controla.
—También es donde están Clara y Daniel intentando llegar. Fuera de la red no tenemos aliados, cobertura ni vehículo.
—Tenemos a Nora.
—Precisamente .
La niña escuchó cómo discutían sobre ella a un metro de distancia. Las palabras eran distintas de las de Clara y Daniel, pero la estructura era la misma: riesgo, protección, opciones limitadas, alguien más autorizado para decidir.
—Voy a la casa —dijo.
—No puedes decidir eso sola —respondió Inés.
—Ya lo habéis decidido por mí dos veces. Una tercera no mejora el resultado.
—Andrés puede estar allí.
—Es mi padre biológico. Quiere que abra el Libro. Si huimos, seguirá buscando. Si voy, puedo averiguar qué necesita.
Alicia negó.
—No vas a utilizarte como cebo.
—Vosotras me habéis utilizado como paquete.
El sonido de un coche apareció detrás de los árboles.
Inés miró el mapa del teléfono. Sin red, solo mostraba la ruta descargada.
—Hay una vieja conducción de agua que entra en la propiedad por el oeste. Elena la usaba para evacuar a las mujeres si la carretera se bloqueaba.
—¿Conduce a la fábrica? —preguntó Nora.
—A la casa.
—Entonces vamos por ahí.
No era una buena opción. Era la menos controlada por los hombres que venían detrás. A veces, comprendió Nora, los adultos llamaban elegir a quedarse con la única puerta que los demás no habían cerrado todavía.
Caminaron durante veinte minutos por el monte. Inés perdió un zapato en el barro y siguió descalza. Alicia respiraba demasiado deprisa. Nora sintió el roce de la tarjeta bajo la plantilla y pensó en Clara enseñándole a distribuir las copias.
Tres copias. Dos soportes. Una fuera de casa.
Había entendido la regla como seguridad técnica. Ahora comprendía su parte política: ninguna persona debía poseer la única versión de otra vida.
Cuando vieron el azulejo de la cigüeña entre los árboles, Inés se detuvo.
—A partir de aquí no sigo órdenes de Julia —dijo.
Alicia la miró.
—¿Desde cuándo?
—Desde que la orden exige que deje de fingir que Nora consintió.
Nora no le dio las gracias. Inés no lo merecía todavía y ella no quería convertir cada corrección tardía en una absolución.
—Entonces empieza por llamarme Nora —dijo.
—Nora —respondió Inés.
Y entraron en Casa Cero.