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Durante seis meses viví dos vidas sin cambiar de nombre.
La primera empezaba a las siete y cuarto.
Preparaba café, despertaba a Nora dos veces, discutía por la fruta del desayuno y revisaba que llevara la medicación para la alergia.
A las ocho y diez salíamos de casa. Yo trabajaba, hacía compras, respondía correos y recogía a Nora o coordinaba con Daniel.
Esa vida dejaba calendarios, recibos, fotografías y mensajes.
La investigación posterior permitió reconstruir los huecos con una precisión que mi memoria no tenía.
Pagos de aparcamiento, accesos a edificios, registros de una tarjeta de transporte y copias de seguridad automáticas mostraban desplazamientos que yo negaba recordar.
No eran seis meses vacíos. Eran jornadas fragmentadas en las que una parte de mí utilizaba los mismos recursos, contraseñas y hábitos que la otra.
Las fotografías de seguimiento contenían errores humanos.
En dos aparecía reflejada en escaparates; en otra había dejado el coche en una zona de residentes.
Los metadatos no coincidían siempre con la hora visible porque la cámara llevaba el reloj mal configurado.
Esa imperfección debilitaba la teoría de un montaje.
Una falsificación diseñada para convencer habría sido más limpia.
También había pruebas de la vida cotidiana.
Correos enviados desde el portátil doméstico mientras mi teléfono se desplazaba por otro barrio.
Una receta consultada desde la cuenta del supermercado.
Una videollamada en la que la cámara permaneció apagada.
Había construido coartadas sin formularlas como tales, automatizando presencia y actividad.
La capacidad profesional que utilicé para proteger identidades se había vuelto contra mi propia continuidad.
La segunda aparecía en los huecos.
No era una personalidad distinta. No despertaba en lugares desconocidos.
Yo misma la había construido mediante rutinas que impedían que una parte de mi día se conectara con el resto.
Utilizaba un segundo teléfono sin agenda, coches alquilados con la documentación de Elena Vidal y pagos en efectivo.
Antes de cada operación escribía una carta a mi yo habitual.
Después la destruía sin leerla de nuevo.
El objetivo no era olvidar. Era no conservar pruebas que Julia pudiera extraer de mí mediante preguntas, vigilancia o miedo.
Elisa Montiel lo descubrió en la tercera sesión .
Su consulta estaba en una calle tranquila de Salamanca, con cuadros abstractos y una máquina de ruido blanco junto a la puerta.
Julia había elegido a Elisa después de la muerte de Marta.
Durante años creí que la doctora era parte del mecanismo de ocultación.
Más tarde comprendí que también había intentado detenerlo.
—No estás teniendo amnesias espontáneas —me dijo aquella tarde—. Estás produciendo compartimentos conductuales.
—No sé de qué hablas.
—Has llegado cuarenta minutos tarde y llevas polvo de obra en los zapatos. Me has contado una mañana en casa. Al preguntarte por el trayecto, has descrito tres calles que no conectan entre sí.
—Puedo haberme equivocado.
—También tienes una quemadura reciente en el índice y una marca de adhesivo en la muñeca.
Me miré la mano. La quemadura procedía de una cerradura electrónica manipulada el día anterior. La marca de la muñeca, de una baliza adhesiva que había retirado antes de entrar.
—¿Qué quieres que diga?
—La verdad que te cuentas cuando nadie escucha.
—No existe.
—Clara, eso no es una respuesta clínica. Es una consigna.
Elisa no tomaba notas durante las sesiones. Grababa audio cifrado y me entregaba al final un resumen impreso. Aquella vez apagó la grabadora.
—Julia me ha pedido un informe sobre tu capacidad para ejercer la guarda de Nora.
Sentí el cambio antes de comprenderlo.
—¿Por qué?
—Dice que has vuelto a acercarte a Andrés.
—¿Le has contestado?
—He dicho que no puedo evaluar tu conducta si oculta información relevante.
—Entonces ya le has confirmado que oculto algo.
—No. Le he confirmado que no trabajo para ella.
Me levanté.
—Todos trabajáis para alguien.
—Eso es lo que Umbral te enseñó para que cualquier límite pareciera una alianza enemiga.
La frase me detuvo.
Elisa sacó una hoja de un cajón. Era una copia de mi consentimiento de tratamiento, firmado once años atrás. Debajo de mi firma había una cláusula añadida: en caso de riesgo para la menor, la profesional comunicaría cualquier episodio a Julia Montalbán como coordinadora de protección.
—Yo no firmé esa línea.
—La cláusula estaba cuando recibí el expediente. Creí que formaba parte de una tutela administrativa. Hace dos meses comprobé que no existe resolución que otorgue a Julia esa función.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque necesitaba saber si reaccionarías como paciente o como operadora.
—¿Y qué soy ahora?
—Una madre asustada que ha decidido investigarse a sí misma sin confiar en nadie.
Volví a sentarme.
No le conté todo. Le dije que Andrés poseía una parte del Libro y que Julia vigilaba mis movimientos. Le expliqué que necesitaba obligarlo a trasladar el soporte. No le dije que había enviado cajas ni que utilizaba la identidad de Elena.
—Tu plan depende de que Julia interprete tus actos como una recaída —dijo.
—Sí.
—Y de que Daniel también lo crea.
—Daniel no sabe mentir cuando tiene miedo.
—¿Nora?
—No puede saberlo.
—Esa frase debería alarmarte.
—La protege.
—También te permite continuar sin que te pregunte si quiere asumir el riesgo.
—Tiene once años.
—Tiene derecho a no convertirse en la razón universal de todo lo que haces.
Me levanté otra vez. Elisa no intentó retenerme.
—Cuando esto termine, integrarás las dos rutinas —dijo—. No puedes vivir pensando que la versión que actúa y la versión que ama son personas distintas.
—No pienso eso.
—Entonces deja de llamar recaída a las decisiones que tomas deliberadamente .
La siguiente operación fue la caja con la bala hueca.
Entré en el portal de Andrés disfrazada con una peluca corta, dejé el paquete y coloqué una microcámara en el rellano.
Tres horas después, Baeza recogió la caja y la llevó a una oficina vinculada a Julia.
La ruta confirmó que Andrés no actuaba solo.
No conservé el vídeo. Lo envié a un nodo que solo podría abrirse si Nora activaba la copia del Libro.
En aquel momento no pretendía implicarla.
Había utilizado un sistema de claves familiares porque era el único conjunto que Julia no conocía completo: historias, dibujos y hábitos compartidos con una niña.
Esa fue la racionalización.
La verdad era peor. Había convertido la infancia de Nora en infraestructura sin pedirle permiso.
La última vez que vi a Elisa antes de La Encina, me entregó un sobre sellado.
—Contiene un informe real —dijo—. No una declaración de incapacidad ni una coartada para Julia. Si te detienen, puede impedir que una conducta planificada sea presentada como psicosis. Pero también explica que has expuesto a otros sin informarles.
—¿A quién se lo entrego?
—A una autoridad que no forme parte de Umbral.
—No sé quién queda.
—Entonces tu problema no es clínico.
Guardé el sobre en el falso fondo de la caja de costura de Adela. Después me administré una dosis mínima del fármaco que reducía la consolidación de recuerdos recientes. No borraba nada. Volvía los bordes menos accesibles y permitía que, al día siguiente, aceptara mi propia versión rutinaria.
Antes de dormir escribí en una hoja:
Si Clara encuentra esto antes de que Andrés mueva el Libro, el plan ha fallado. Si lo encuentra después, debe decidir si entrega la prueba aunque eso exponga lo que hizo.
A la mañana siguiente rompí la hoja sin leerla.
Seis días después, llevé a Nora al campamento.