38
Daniel vio desplazarse la señal de la baliza en la pantalla.
El punto rojo no representaba una posición exacta.
La señal rebotaba entre antenas y edificios, creando un área de incertidumbre que cambiaba con cada minuto.
Luján superpuso mapas de cobertura, cámaras urbanas y tiempos de trayecto.
El resultado no era una línea limpia, sino una sucesión de zonas probables.
La persecución dependía de interpretar errores, no de seguir un icono perfecto.
Daniel había adherido la baliza bajo la correa de mi reloj durante el forcejeo de la biblioteca.
Conservaba el identificador, pero no podía obtener una posición exacta: el dispositivo emitía pulsos breves que los receptores cercanos convertían en áreas probables.
La misma señal podía ayudar a localizarme y delatar la búsqueda a quien conociera su protocolo.
Luján pidió registros de cámaras sin utilizar los canales habituales.
Contactó con operadores concretos y solicitó fragmentos breves para no dejar una búsqueda centralizada.
Cada petición generaba una huella administrativa.
La prudencia consistía en repartirla, no en imaginar que podía actuar sin rastro.
Cuando la señal dejó de cambiar bajo San Dimas, Daniel no interpretó la inmovilidad como seguridad. Podían haber arrancado la baliza, abandonado el reloj o mantenido a Clara en el mismo lugar. La pantalla ofrecía datos; la experiencia aportaba miedo.
—Demasiado fácil —dijo.
—Julia sabe que la seguimos —respondió Luján.
—Entonces no quiere mantener a Clara. Quiere reunirnos.
—O separarnos de Nora.
Estaban aparcados a cuatro calles del sótano. Iago había sido trasladado a una clínica clandestina. Adela se negó a quedarse allí y ocupaba el asiento trasero, con el brazo en cabestrillo y una manta sobre las piernas.
—La casa de la fotografía —dijo—. ¿Sabéis dónde está?
Luján amplió la imagen que Nora había entregado a Iago. El azulejo de la cigüeña era el único elemento distintivo.
—Hemos cruzado catálogos de cerámica, alojamientos rurales y archivos de propiedades de Umbral. Hay diecisiete casas posibles.
—No buscáis la casa —dijo Adela—. Buscáis la cigüeña.
Daniel se volvió.
—¿Qué significa?
—Era la marca de Elena Vidal.
El pasaporte encontrado en la consigna llevaba ese nombre.
—¿Quién era? —preguntó Luján.
—Una comadrona. Ayudó a nacer a Nora. Tenía azulejos de cigüeñas en todas las casas donde atendía partos clandestinos.
—¿Dónde vivía?
—En un pueblo de Segovia. Murió hace años.
—¿Cuál?
Adela cerró los ojos, buscando.
—No recuerdo el nombre. Cerca de un embalse. Había una fábrica de vidrio abandonada y una iglesia sin torre.
Luján escribió datos. Daniel no podía apartar la mirada del punto rojo.
—¿Cuánto tardarás en localizarlo?
—Si la propiedad sigue vinculada a Elena, minutos. Si está bajo una identidad puente, horas.
—No tenemos horas.
—Entrar ahora en San Dimas es exactamente lo que espera Julia.
—Clara está sola.
—Clara nunca está tan sola como cree —dijo Adela.
Daniel golpeó el volante.
—Basta de frases. Todos sabíais cosas. Todos decidisteis que ocultarlas era una forma de protegerla. Mirad dónde estamos.
Adela lo observó sin ofenderse.
—Tú estabas con nosotros.
—Yo intentaba mantener una familia.
—No. Intentabas mantener una estructura. Una madre, un padre y una hija. Aunque para hacerlo tuvieras que vigilar a Clara, negociar con Julia y llamar protección a cada renuncia.
Daniel abrió la puerta.
—Voy a entrar.
Luján lo sujetó del brazo.
—Si Julia quiere reunirnos, no le regalamos el orden.
—¿Qué propones?
—Que yo entre por el acceso de servicio. Tú sigues la ruta de la casa. Adela se queda con el coche.
—No —dijeron Daniel y Adela al mismo tiempo.
El portátil emitió un sonido.
Había encontrado una coincidencia: una vivienda en San Miguel del Embalse, Segovia, adquirida quince años atrás por una sociedad vinculada a Elena Vidal. La fotografía catastral mostraba contraventanas azules y un azulejo de cigüeña.
Casa Cero.
A una hora y veinte minutos.
Daniel arrancó.
—¿Y Clara? —preguntó Adela.
Luján sacó su arma y comprobó el cargador.
—Yo voy a recordarle que el código no era una pregunta.