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Las fotografías de mis seguimientos a Andrés eran auténticas.
Reconocía mi abrigo, mi bolso, la forma de inclinar la cabeza cuando caminaba deprisa. En una imagen ampliada, la fecha coincidía con una mañana que recordaba haber pasado trabajando desde casa. Había enviado correos, participado en una videollamada y preparado la cena de Nora.
El laboratorio temporal del sótano permitía revisar los archivos sin conexión.
Las imágenes conservaban datos de cámara, ruido de sensor y patrones de compresión coherentes.
No habían pegado mi figura sobre otros fondos.
Yo había estado allí. La autenticidad técnica eliminaba la defensa más cómoda y dejaba una pregunta más peligrosa: qué parte de mi conciencia había acompañado a mi cuerpo.
Las secuencias mostraban hábitos que no recordaba.
Caminaba por rutas que evitaban cámaras, cambiaba de abrigo en baños públicos y utilizaba reflejos para vigilar a Andrés.
En una serie, compraba un billete y abandonaba la estación por otra salida.
Aquella Clara no improvisaba. Aplicaba métodos aprendidos en Umbral y mejorados durante meses.
Su competencia convertía mis lagunas en una actividad organizada.
Los recibos y correos de mi vida cotidiana no eran falsos.
Habían sido producidos de forma automática o preparados con antelación.
Una videollamada breve podía grabarse, un mensaje programarse y una compra repetirse desde una cuenta compartida.
La coartada no necesitaba convencer a un juez; necesitaba convencerme a mí al despertar y revisar un día que ya parecía completo.
Julia había clasificado los episodios por nivel de control, no por causa clínica.
Eso indicaba que Umbral conocía el patrón y lo utilizaba.
Nadie había intentado detenerme, tratarme o advertirme.
Mi fragmentación resultaba funcional mientras condujera hacia Andrés sin comprometer el resto de la red.
—Pueden estar manipuladas —dije.
—Comprobaste tú misma que las imágenes pueden sustituirse —respondió Julia.
—Eso no las convierte en verdad.
—Tampoco en mentira.
Había una fotografía tomada dentro del portal de Andrés. Yo sostenía una caja de cartón. Otra mostraba el contenido: recortes sobre la muerte de Marta, una bala y una nota .
TE QUEDAN DIECISIETE MINUTOS.
La letra parecía mía.
—¿Qué significa?
—No lo sé —dijo Julia—. Andrés recibió cuatro cajas. La última hace nueve días. Después contactó conmigo y exigió que cerráramos el expediente de Nora.
—¿Por qué iba a amenazarlo sin recordar?
—Tu memoria no funciona como una habitación vacía. Funciona como puertas que cierras desde dentro. Durante meses puedes mantener una vida normal. Después algo activa la parte que sigue en San Dimas, intentando corregir la decisión que tomó la noche de Marta.
—¿Elisa Montiel te ha dado esa explicación?
—Elisa te trató.
—Elisa firmará que estoy loca si me detienen.
—Firmará que eres peligrosa si vuelves a acercarte a Andrés.
—¿Para quién?
Julia no respondió.
Recordé el roce de Daniel en la biblioteca. Levanté la correa del reloj y encontré debajo una lámina flexible, casi del color de la piel, adherida con film médico. No formaba parte del reloj y no estaba allí por accidente.
Una baliza de proximidad.
Julia observó mi gesto.
—Daniel sigue creyendo que puede adelantarse.
—¿Vas a quitarlo?
—No. Quiero que venga.
—Entonces todo esto es un escenario.
—Todo es un escenario. La diferencia está en saber quién ha escrito la salida.
Encendió un monitor grande. Apareció Nora sentada frente a una cámara. La grabación tenía fecha del jueves, un día antes de mi llegada al campamento.
—Di tu nombre —ordenó una voz fuera de plano.
—Nora Rivas.
—¿Sabes que no es tu nombre de nacimiento?
—Sí.
—¿Quién te lo ha explicado?
—Lo descubrí sola.
—¿Quieres regresar con Clara Rivas?
Nora miró a un punto fuera de cámara. Tardó en responder.
—No hasta que me diga la verdad.
—¿Temes que pueda hacerte daño?
—No físicamente.
—¿Qué temes?
—Que vuelva a decidir quién soy sin preguntarme.
La imagen se detuvo.
Me acerqué al monitor.
—¿Quién la interrogó?
—Inés.
—La pregunta induce la respuesta.
—La respuesta sigue siendo suya.
—Dijo que no quería regresar hasta que hablara conmigo, no que quisiera desaparecer.
—Te negaste a hablar durante once años.
—No sabía que me estaba negando.
—Los efectos sobre Nora son los mismos.
No podía defenderme con la amnesia. Tampoco permitir que Julia utilizara mi culpa como título de propiedad.
—Pon el resto.
—No hay más.
—Sí lo hay. La grabación no termina así.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Nora mira a la derecha antes de responder cuando está buscando una palabra. Cuando ha terminado, mira abajo. Aquí sigue mirando a la derecha. La cortaste.
Julia me sostuvo la mirada durante un segundo demasiado largo.
Después reanudó el vídeo.
Nora continuó:
—Pero si Clara está en peligro, quiero que la aviséis. Y no quiero otra identidad. Ya tengo dos nombres. No pienso dejar que una mujer a la que no conozco me dé un tercero.
La grabación terminó.
—No pidió CERO —dije.
—Pidió tiempo.
—Tú convertiste el tiempo en desaparición.
—Porque Andrés ya se movía.
—¿Dónde está Nora?
Julia apagó el monitor.
—Donde tú la pusiste la primera vez: entre un asesino y una mentira.