Iago en la ambulancia
La bala había atravesado el hombro y salido cerca de la escápula. La sanitaria insistía en que era afortunado. Iago pensaba en los cuadernos de Marta triturados por la rotativa.
—No se duerma —ordenó ella.
—No pensaba.
—Todos dicen eso antes de desmayarse.
Adela viajaba frente a él. Sujetaba una bolsa con los restos de la cinta y repetía que Clara encontraría otra copia.
—¿Por qué confías en ella? —preguntó Iago.
—No confío en todo lo que hace. Confío en que no deja un documento único.
—Dejó una hija dentro de un documento falso.
Adela lo miró con cansancio.
—Y tú dejaste a esa hija investigando sola porque preferías una fuente a una conversación familiar.
Iago quiso defenderse. Nora había acudido a él. No podía ignorar pruebas. Clara podía destruirlas. Todas las razones eran ciertas y, juntas, no mejoraban el hecho de que había trabajado con una niña de once años como si fuera una colaboradora.
—Debí avisar —dijo.
—Sí.
—A Clara no.
—A alguien que protegiera a Nora sin utilizarla.
—¿Quién?
Adela no respondió.
El problema de Umbral había contaminado incluso las alternativas. Cada persona fiable conocía una parte, debía lealtad a alguien o tenía un interés en el Libro.
Iago pidió su teléfono. La sanitaria se negó. Le dictó a Adela una clave para acceder al servidor del periódico.
—Si muero…
—No vas a morir.
—Si me duermo, envía el borrador a Teresa. No publiques las identidades.
—¿Y si el borrador contiene errores?
—Los contiene.
—Entonces no lo envíes como artículo.
Iago cerró los ojos.
—Marta te habría contratado.
—Marta discutía conmigo cada vez que le corregía una fecha.
—Por eso.
La ambulancia tomó una curva. El dolor lo arrastró hacia una zona blanca.
Antes de perder el conocimiento, Iago pensó que había pasado su carrera creyendo que la obligación de un periodista era publicar. Marta le había enseñado una obligación más difícil: saber cuándo una prueba debe preservarse antes de convertirse en noticia.