Nadie recuerda a Nora 26
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Entraron por tres puntos a la vez.

La verja lateral cayó con un estruendo. Una puerta del muelle de carga se abrió desde dentro. En la azotea sonaron botas sobre chapa.

La rotativa tenía cuatro accesos conocidos y al menos dos vías de mantenimiento.

El grupo atacante evitó la entrada principal, donde Luján había colocado una cámara portátil.

Utilizó el muelle, la cubierta y una puerta interior que solo podía abrirse con una llave conservada por la antigua empresa de seguridad.

La coordinación demostraba acceso a planos y a información reciente sobre nuestra posición.

El primer impacto no fue un disparo, sino la pérdida de iluminación.

Las lámparas del techo se apagaron por sectores y las de emergencia orientaron a los intrusos hacia pasillos concretos.

La oscuridad no era total. Estaba diseñada para dividirnos.

Iago quedó aislado cerca del archivo; Daniel y Luján, junto a la plataforma; yo, entre máquinas que convertían cualquier ruido en una dirección falsa.

El polvo de papel suspendido en el aire hacía visibles los haces de las linternas.

Cada movimiento levantaba partículas y delataba posiciones.

Los atacantes utilizaban luces bajas, cerca del suelo, para no iluminar sus rostros.

Luján respondió con destellos breves contra superficies metálicas, creando reflejos que obligaban a cerrar los ojos.

El enfrentamiento se convirtió en una disputa por la visión antes de convertirse en violencia.

La mochila estaba protegida por una cadena y un mosquetón.

No bastó. Uno de los intrusos no intentó llevársela; activó la máquina y la lanzó hacia los rodillos.

La prioridad era destruir la relación entre las pruebas, no recuperar cada soporte.

Quien dirigía el asalto entendía el valor del conjunto.

—No son policías —dijo Luján.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

—Porque los policías anunciarían su presencia antes de cortar la electricidad.

La sala quedó a oscuras.

Iago encendió una linterna roja y señaló la pasarela superior de la rotativa.

—El edificio tiene una salida al colector. Hay que cruzar la máquina.

Mi madre no podía subir la escalera con rapidez. Daniel se agachó frente a ella.

—Sube.

—No pienso montar a caballito con setenta y cuatro años.

—Entonces tendrás que rejuvenecer en los próximos treinta segundos.

Adela se subió a su espalda maldiciendo.

Luján avanzó primero, arma en mano. Yo iba detrás con el disco, la carta y los cuadernos dentro de una mochila. Iago cerraba el grupo.

La rotativa crujía bajo nuestro peso. Las pasarelas metálicas se estrechaban entre rodillos negros. Abajo se movían haces de luz.

—Clara Rivas —gritó una voz amplificada—. Somos Policía Nacional. Baje con las manos visibles.

Luján negó.

—La unidad que lleva este distrito no ha sido avisada.

—Puede que sí sean policías —susurré.

—Eso no significa que vengan a detener a quien crees.

Una bala golpeó el metal junto a mi cabeza.

La duda terminó.

Corrimos.

Daniel casi cayó cuando mi madre se movió para mirar atrás. Iago disparó una vez hacia las luces inferiores. No vi si alcanzó a alguien.

Llegamos a una plataforma central. La escalera siguiente había sido retirada.

—Antes estaba —dijo Iago.

—Gran conocimiento del lugar —espetó Daniel.

A tres metros había otra pasarela. Entre ambas, un rodillo de impresión del diámetro de un coche. Luján saltó primero. Daniel pasó a Adela por encima del hueco. Yo me preparé.

Una mano me agarró del tobillo.

Baeza había subido por el lateral de la máquina. Tiró de mí. Caí sobre la rejilla y la mochila se abrió. Los cuadernos resbalaron hacia el vacío.

Atrape uno. Los otros dos cayeron entre los rodillos.

—La copia —dijo Baeza.

Me golpeó en las costillas. Busqué algo con lo que defenderme y encontré la grabadora. Se la lancé a la cara. Él la apartó y me inmovilizó el brazo.

—Julia solo quiere hablar.

—¿Por eso disparáis?

—Los muertos escuchan mejor.

Daniel regresó por la pasarela. Baeza apuntó hacia él.

—Un paso más y Clara cae.

Estábamos junto al borde. Debajo había seis metros de maquinaria.

Daniel se detuvo.

—No la necesitas —dijo—. Yo sé dónde está el libro.

Baeza sonrió.

—Llevas once años diciendo eso.

—Porque llevo once años mintiendo.

Mientras lo miraba, aflojó apenas la presión sobre mi muñeca. Le mordí la mano. Baeza disparó. La bala alcanzó a Iago en el hombro.

Daniel se lanzó contra nosotros.

Los tres chocamos con la barandilla. El metal cedió.

Baeza cayó hacia el rodillo, pero consiguió agarrarse a una cadena. Daniel quedó colgando del borde. Yo me aferré a su brazo.

—Suelta la mochila —gritó.

—No.

—¡Clara!

La correa me cortaba el cuello. El peso del disco y los documentos nos arrastraba.

Solté la mochila.

Cayó dentro de la rotativa.

Los rodillos, inmóviles durante años, comenzaron a girar.

Alguien había activado la máquina.