27
El sonido fue monstruoso.
Hierro contra hierro, correas despertando, polvo expulsado por engranajes que no deberían haber tenido corriente. La mochila desapareció entre los rodillos. El disco duro, la carta de Marta y los cuadernos se trituraron en segundos.
La rotativa expulsó primero una nube de polvo y después fragmentos de plástico.
Las correas, resecas por años de abandono, golpeaban las protecciones con un ritmo irregular.
El disco duro se abrió dentro del mecanismo y dejó una lluvia de placas, tornillos y material magnético.
Algunas piezas quedaron atrapadas en zonas inaccesibles; otras salieron despedidas por la cinta de residuos.
Luján ordenó no tocar los restos hasta que la máquina se detuviera.
Fotografió el recorrido, marcó con números los fragmentos visibles y anotó el momento exacto de la activación.
La destrucción no eliminaba necesariamente toda la información.
Los laboratorios podían recuperar partes, y la distribución de los daños ayudaría a demostrar que no se trató de un accidente.
Incluso la pérdida podía convertirse en evidencia si se preservaba correctamente.
El papel de la carta se mezcló con páginas de periódicos antiguos.
Las fibras eran similares, pero la tinta no.
Iago recogió con pinzas un fragmento donde solo quedaba media línea y lo guardó dentro de una funda rígida.
La frase incompleta no servía para comprender el mensaje.
Servía para acreditar que la carta estuvo allí antes de ser destruida.
La máquina había sido símbolo de un periódico que investigaba el poder.
Ahora se utilizaba para triturar una investigación.
El gesto contenía una ironía demasiado exacta para ser casual.
Andrés y quienes trabajaban para él no solo querían ocultar pruebas.
Querían demostrar que podían convertir los instrumentos de memoria en instrumentos de desaparición.
Daniel consiguió subir. Baeza saltó a una plataforma inferior antes de que la cadena se enredara en la máquina.
—¡Moveos! —gritó Luján.
Las luces del edificio se encendieron de golpe. Vimos a seis hombres distribuidos por la planta baja. Dos llevaban uniformes; los demás, ropa oscura sin distintivos.
Iago presionaba su hombro herido. La sangre le empapaba la camisa.
—El colector —dijo—. Al otro lado .
Cruzamos la última pasarela y bajamos por una escalera de servicio. La rotativa rugía detrás, devorando las pruebas que Marta había protegido once años.
La salida al colector era una compuerta circular. Luján disparó al candado. Entramos en un túnel húmedo donde el agua nos llegaba a los tobillos.
Mi madre resbaló. Daniel la sostuvo.
Iago caminaba cada vez más despacio.
—Déjame —dijo.
—No —respondí.
—Si me encuentran herido, quizá me detengan en lugar de matarme.
—No confías ni tú en eso.
Le pasé el brazo sano por mis hombros. Avanzamos en la oscuridad, guiados por la linterna de Luján.
La pérdida de la mochila no me produjo desesperación inmediata. Primero sentí alivio: el peso había desaparecido. Después llegó el vacío. La carta de Marta. La única carta a su hija. Destruida por mi mano.
—Lo siento —dijo Daniel.
—No la soltaste tú.
—Te obligué a hacerlo.
—No conviertas cada tragedia en una prueba de tu culpa. Ya tenemos suficiente.
La frase era para él, pero me atravesó a mí.
Al final del túnel encontramos una escalera que subía a un solar. Luján llamó desde un teléfono protegido. Quince minutos después llegó una ambulancia sin distintivos. Dos sanitarios atendieron a Iago.
—La bala ha atravesado —dijo una mujer—. Necesita cirugía, pero no ha tocado arteria.
—No voy a un hospital —protestó él.
—Entonces te desangrarás en un sitio mucho más original.
Luján organizó su traslado a una clínica de confianza. Mi madre fue con él. Antes de subir a la ambulancia me puso una mano en la mejilla.
—No has perdido la carta.
—La he visto desaparecer.
—La has leído. La recordarás.
—No confío en mi memoria.
—Pues empieza a hacerlo. Todo esto depende de que dejes de tratarte como la versión de ti que Julia necesitaba.
La ambulancia se marchó .
Daniel, Luján y yo quedamos en el solar. La tarde empezaba a caer. A lo lejos, la rotativa seguía funcionando.
—El disco era una copia —dijo Luján.
—Era lo único que teníamos.
—No. Nora tiene otra.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hace tres semanas accedió a un nodo de Umbral desde la tableta del colegio. Descargó doce gigas y dejó un archivo vacío con una frase.
—¿Qué frase?
Luján me mostró una captura.
YA SÉ POR QUÉ MI MADRE ME ENSEÑÓ A HACER COPIAS.
Miré a Daniel.
—¿Se lo enseñaste tú?
—No.
El recuerdo llegó sin aviso.
Nora, con siete años, sentada a mi lado frente al ordenador. Yo le explicaba la regla tres-dos-uno: tres copias, dos soportes, una fuera de casa. Ella se aburría y dibujaba una ciudad en el margen de un cuaderno azul.
La ciudad donde nadie podía mentir.
—Fui yo —dije.
La imagen se amplió. Vi mis manos sobre las suyas. Vi el cuaderno. Vi una línea escrita debajo del dibujo:
La verdad se guarda donde la mentira aprende a leer.
—Sé dónde está la tercera pieza —dije.