Nadie recuerda a Nora 20
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Daniel leyó el mensaje dos veces.

—No es de Nora.

—Conoces su forma de escribir —dije.

—Conozco la forma en que alguien quiere que creamos que escribe.

—Me llama mamá.

—Eso no demuestra nada.

Iago nos hizo apartarnos de la entrada principal. El cementerio cerraba y los últimos visitantes caminaban hacia la salida sin imaginar que un hombre armado acababa de escapar entre los panteones.

La carta de Marta estaba escrita en papel de periódico sin imprimir, un material poroso que absorbía la tinta y obligaba a escribir despacio.

Las cuatro hojas presentaban correcciones, flechas y márgenes ocupados por notas posteriores.

No era una despedida compuesta de una vez.

Era un documento trabajado durante meses, revisado cada vez que Marta encontraba una nueva amenaza o dudaba de una decisión.

La fotografía del embarazo tenía marcas en el reverso.

Una línea indicaba la altura de la cámara; otra, la dirección de la luz.

Daniel reconoció el apartamento de Marta por el suelo hidráulico, pero las paredes cubiertas de periódicos pertenecían a una habitación que yo no recordaba.

Entre los titulares podían distinguirse nombres tachados, fechas y mapas de conexiones.

La imagen no era familiar. Era una captura accidental de una investigación.

Cada hoja llevaba un patrón de perforaciones cerca del borde.

Iago explicó después que procedían de una antigua encuadernadora de la redacción.

Marta había distribuido copias parciales entre cuadernos y archivos utilizando la misma perforación para demostrar origen.

La carta que sosteníamos era auténtica, pero no necesariamente completa.

Faltaban al menos dos segmentos según la secuencia de agujeros.

El contenido no pedía confianza. Pedía que Nora pudiera revisar las decisiones tomadas en su nombre cuando tuviera edad suficiente.

La diferencia era esencial. Marta no había intentado construir una madre perfecta ni un relato cerrado.

Había previsto que el amor de quienes cuidaran a su hija podía convertirse en otro sistema de ocultación si nadie conservaba el derecho a contradecirlos .

—¿Este teléfono puede rastrearse? —preguntó.

Daniel lo cogió sin pedirme permiso, retiró la batería y examinó la carcasa.

—No debería. Pero tampoco debería haber recibido un mensaje desde fuera de la red.

—Entonces alguien conoce el número.

—Solo tres personas.

—Tú, mi madre y Julia.

—Y quien haya copiado la configuración.

—Nora podría haberlo hecho.

Daniel negó.

—Nora no sabe que existe este teléfono.

—Nora sabía que había una llave dentro de Norte. Sabía que yo encontraría la carta. Sabía más de todos nosotros de lo que quisisteis ver.

Iago se adelantó varios pasos. Caminaba rápido, sin mirar atrás.

—Discutid después. Baeza no ha venido solo.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—A un lugar que murió antes que Marta.

Salimos por una puerta lateral que Iago abrió con una tarjeta vieja. Había dejado la motocicleta, pero Daniel tenía otro coche aparcado en una calle próxima: un utilitario blanco, lleno de polvo, con placas distintas de las del todoterreno.

—¿Cuántos vehículos tienes? —pregunté.

—Los suficientes para que una matrícula no nos mate.

Iago quiso conducir. Daniel se negó. Durante unos segundos se enfrentaron sin hablar, dos hombres que habían compartido demasiados secretos y ningún afecto.

—Nora ha dicho que no le enseñe la carta —dije.

—A mí —aclaró Daniel.

—Quizá deberías irte.

Su expresión no cambió, pero el dolor apareció en un pequeño movimiento de la boca.

—No.

—No es una petición.

—Tampoco es una decisión que puedas tomar tú sola.

—La crié once años.

—Yo también.

—Y me mentiste todos ellos.

—Porque tú me obligaste a sostener la mentira.

—No puedes usar una orden que no recuerdo como permiso perpetuo.

Iago intervino:

—Los dos estáis hablando como si Nora fuera el premio de una discusión. No lo es. Si el mensaje es suyo, acaba de decirnos de quién no se fía. Conviene escucharla.

Daniel lo miró con desprecio.

—Tú te reuniste con ella a escondidas.

—Porque contigo no se sentía segura.

—No conoces a mi hija.

—Conocí a su madre.

Daniel lo golpeó.

No fue una pelea. Un solo puñetazo, seco, directo a la mandíbula. Iago retrocedió y se limpió la sangre con el pulgar.

—Eso —dijo— es exactamente lo que hacía Andrés cuando alguien pronunciaba el nombre de Marta.

Daniel palideció.

Pensé que volvería a golpearlo. En lugar de hacerlo, me entregó las llaves del coche.

—Conduce tú.

—¿Vas a venir?

—Voy a encontrar a Nora aunque tenga que hacerlo sentado en el maletero.

Abrí la carta dirigida a Sara.

No por confianza. Por necesidad.

Dentro había cuatro hojas y una fotografía de Marta embarazada, sentada en el suelo de una habitación con paredes cubiertas de periódicos. En la primera línea, mi hermana había escrito:

Para mi hija, cuando tenga edad para descubrir que los adultos llaman protección a las mentiras que necesitan conservar.