21
Nora contó las ventanas desde que salió del campamento.
Era una forma de no llorar.
Ciento diecisiete hasta la carretera. Treinta y dos en la primera gasolinera.
Seiscientas o más cuando entraron en la ciudad y dejó de poder seguirlas.
Algunas eran ventanas verdaderas. Otras eran reflejos en autobuses, escaparates, parabrisas.
Había decidido que todas contaban porque una ventana era cualquier lugar desde el que alguien podía verte sin que tú supieras quién era.
El vehículo tenía los cristales oscurecidos, pero no completamente opacos.
A través de ellos, Nora construyó un mapa con fragmentos: una gasolinera con un caballo rojo, una rotonda presidida por una escultura oxidada, tres naves con tejados verdes y un puente donde el río aparecía durante pocos segundos.
No sabía la dirección, así que registró secuencias.
Contar era una forma de conservar coordenadas cuando los nombres habían dejado de ser fiables.
También observó a los adultos. Inés se tocaba el anillo cada vez que recibía una orden que no compartía.
Alicia revisaba el retrovisor sin mover la cabeza.
El conductor mantenía las dos manos en el volante y evitaba mirar hacia atrás.
Nora clasificó esos gestos como hacía con los personajes de los libros: miedo, obediencia, duda, peligro.
No necesitaba comprender toda la organización para detectar que no actuaban con la misma convicción.
El interior olía a plástico calentado por el sol y a un ambientador de pino.
Bajo el asiento encontró una brida cortada y un envoltorio de galletas de una marca que no vendían en el campamento.
Los objetos eran insignificantes, pero le permitieron imaginar otros trayectos y otras personas.
La posibilidad de no ser la primera no la consoló. Le dio una tarea.
Inés conducía. No llevaba el polo verde del campamento, sino una camisa gris y el pelo suelto. En el asiento trasero, junto a Nora, viajaba una mujer llamada Alicia que olía a tabaco aunque no había fumado.
—Tu madre vendrá cuando sea seguro —dijo Alicia.
—¿Cuál de ellas?
La mujer se quedó callada.
Nora miró por la ventanilla.
Había ensayado esa pregunta durante dos semanas. Pensaba decírsela a Clara en el coche, después de salir de La Encina. Había imaginado distintas respuestas: una frenada brusca, una mentira, un abrazo, quizá todas a la vez .
En lugar de Clara había aparecido Inés en la cabaña antes del amanecer.
Tienes que venir conmigo. Tu madre ha activado el protocolo.
Nora había sabido que mentía porque Inés dijo tu madre, no Clara. La gente que conocía la verdad escogía las palabras con demasiado cuidado.
—¿Dónde está mi teléfono? —preguntó.
—A salvo.
—Eso significa que no me lo vais a devolver.
Alicia sonrió.
—Eres observadora.
—Mi madre dice que es una palabra que usan los adultos cuando los niños descubren algo que querían ocultar.
Inés miró por el retrovisor.
—Clara te quiere.
—No he preguntado eso.
El coche se detuvo ante un edificio de ladrillo sin rótulo. Entraron por un garaje y descendieron dos plantas. No había cobertura. No había cámaras visibles. Nora contó siete puertas hasta la habitación donde la encerraron.
La llamaban habitación, pero tenía una cama, una mesa y una puerta sin picaporte interior.
Le dieron comida. Le permitieron ducharse. Alicia le entregó un cuaderno nuevo, como si una niña secuestrada pudiera agradecer la calidad del papel.
Durante la primera noche, Nora no durmió. Sacó de la costura de su pantalón una tarjeta de memoria del tamaño de una uña.
Iago le había dicho que nunca guardara todas las copias en el mismo lugar.
La llave negra que le entregó era una distracción. El disco que había encontrado dentro de la caja de música de Marta era otra. La tarjeta contenía el archivo que nadie sabía que había copiado.
LIbrO_AUSENCIAS_3_FINAL.
No podía abrirlo. Pedía una contraseña de treinta y dos caracteres.
Pero sí había logrado ver la lista de carpetas.
Una llevaba su nombre antiguo: SARA_GALVÁN.
Otra llevaba el de Clara.
Y una tercera se llamaba NORA_RIVAS_FECHA_CIERRE.
Dentro figuraba una fecha.
El domingo siguiente.
Faltaban dos días .
Nora abrió el cuaderno que Alicia le había dado y escribió la primera frase:
Si desaparezco de verdad, que al menos quede claro que yo me di cuenta antes que ellos.