Nadie recuerda a Nora 19
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Iago me tapó la boca antes de que pronunciara su nombre.

A través de una rendija vi a Daniel entrar en el pasillo acompañado por Baeza. No llevaba sangre ni parecía herido. Mi madre no estaba con ellos.

La rendija entre las placas permitía ver el pasillo en fragmentos.

Daniel apareció primero por los zapatos.

Llevaba barro seco en la suela derecha y una mancha de sangre ajena en el puño.

Baeza caminaba medio paso detrás, lo bastante cerca para controlarlo y lo bastante lejos para evitar un ataque.

La posición revelaba que Daniel no era un colaborador libre, aunque tampoco parecía un prisionero convencional.

Baeza examinó las placas sin tocar la de Marta.

Conocía el mecanismo y sabía qué señales dejaría una apertura reciente.

Daniel mantuvo las manos visibles. Su respiración era irregular, pero no por miedo; el patrón correspondía a alguien que calculaba cuánto esfuerzo podía realizar antes de perder precisión.

Iago observaba esos detalles con la concentración de un reportero acostumbrado a reconstruir relaciones de poder a partir de gestos mínimos.

La conversación que no podíamos oír por completo dejó palabras sueltas: consigna, carta, menor, cierre.

Cada término coincidía con una pieza distinta.

Baeza no buscaba un único objeto. Intentaba saber cuánto del sistema había llegado hasta nosotros.

Su problema no era la filtración de una prueba, sino la posible unión de elementos que por separado parecían incompletos.

El mensaje de Nora llegó en el instante en que Daniel giró la cabeza hacia nuestra placa. No podía vernos. Sin embargo, su mirada se detuvo un segundo más de lo necesario. Aquella pausa no bastaba para saber si nos protegía o nos señalaba. La incertidumbre se convirtió en otra forma de encierro.

—La llave estaba en la consigna —dijo Baeza.

—No. Clara la sacó del conejo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque fui yo quien la escondió.

La confesión me dejó inmóvil.

—¿Y la carta? —preguntó Baeza.

—Si ha venido aquí, la tiene.

—Julia quiere que la recupere .

—Julia quiere demasiadas cosas.

Baeza soltó una risa breve.

—No estás en posición de negociar.

—Mientras Nora esté viva, sí.

—No sabes si lo está.

Daniel se abalanzó sobre él. Fue tan rápido que apenas vi el movimiento. Lo golpeó contra el muro y le arrebató el arma. Baeza respondió con un codazo. Forcejearon entre las placas de mármol.

Iago me soltó.

—Ahora.

Salimos de nuestro escondite. Daniel nos vio y gritó que corriéramos. Iago se lanzó sobre Baeza. Yo no corrí; apunté con el arma que había caído al suelo sin saber si el seguro estaba puesto.

—¿Dónde está mi madre?

Daniel tenía sangre en el labio.

—Segura.

—¿Con quién?

—Con Luján.

—¿El guardia civil?

—Es de Umbral.

Todo el día se reorganizó. La tarjeta personal. La frase sobre el esfuerzo dedicado a que nadie me creyera. Su ayuda.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿De qué lado estás?

Daniel miró el arma en mis manos.

—Del de Nora.

Baeza derribó a Iago y corrió hacia la salida. Daniel intentó seguirlo, pero Iago lo sujetó.

—Déjalo. Habrá avisado.

—¿A quién? —pregunté.

—A todos —dijo Daniel.

Recogimos los cuadernos y el disco. Iago volvió a colocar la placa, aunque la cerradura había quedado rota. Mientras caminábamos hacia una salida lateral, Daniel explicó que había fingido colaborar con Baeza desde la consigna.

—Le dije que podía llevarlo hasta la copia. Necesitaba salir y averiguar si Adela estaba viva.

—¿Lo está?

—Sí. Luján la sacó por otro acceso.

—¿Por qué no me llamaste?

—Porque Baeza tenía mi teléfono.

—En la fotografía entregas un sobre a Julia .

Daniel se detuvo.

—¿Qué fotografía?

Se la enseñé.

Su cara cambió.

—Eso fue el acuerdo de divorcio.

—No se lo entregaste a un abogado.

—Julia redactó las condiciones reales.

—¿Qué condiciones?

—Que tú no volverías a buscar a Andrés y yo mantendría a Nora fuera de Umbral.

—¿A cambio de qué?

—De que Julia no activara CERO contra ti.

El nombre en el cuaderno. Clara Rivas.

—¿Llevaban once años pensando en borrarme?

—No. —Daniel bajó la voz—. Llevaban once años esperando a que recordaras dónde escondiste el Libro de Ausencias.

—¿Qué es?

Iago respondió:

—La prueba de todas las personas que Umbral convirtió en nadie.

Daniel señaló el disco duro.

—Y creo que Nora lo encontró antes que nosotros.

A lo lejos sonó una campana. El cementerio iba a cerrar.

En mi bolsillo, el teléfono de teclas vibró.

Un mensaje de un número desconocido:

MAMÁ, SI ESTÁS CON PAPÁ, NO LE ENSEÑES LA CARTA.