18
Marta no estaba enterrada.
Sus cenizas descansaban en un columbario del cementerio de La Almudena. La placa llevaba su nombre, dos fechas y una frase elegida por mi madre: No se pierde lo que se recuerda.
La galería de piedra estaba protegida de la lluvia y olía a cera, flores secas y humedad.
Las placas formaban una cuadrícula demasiado regular.
La de Marta tenía un arañazo reciente junto a uno de los tornillos y una línea más limpia en el borde inferior, señal de que alguien la había retirado y colocado de nuevo.
El lugar de duelo había funcionado también como escondite.
No recordábamos nada.
Iago me condujo en una motocicleta antigua.
Me dio un casco y me ordenó no usar el teléfono.
Durante el trayecto pensé en Daniel y en Adela.
Cada vez que imaginaba el cuerpo de mi madre en el suelo de la consigna, mi mente lo reemplazaba por otra escena: Marta en su apartamento, once años antes, esperando una llamada que yo retrasé.
No sabía si aquel recuerdo era real o una culpa heredada de la cinta.
Entramos al cementerio poco antes del cierre. Iago saludó al vigilante por su nombre. Caminamos entre panteones blancos y árboles quemados por el verano.
—¿Vienes a menudo? —pregunté.
—Cada año.
—Yo también.
—Tú traes flores. Yo compruebo la cerradura.
La placa de Marta tenía una esquina astillada. Iago introdujo una herramienta en una junta lateral y retiró el panel completo. Detrás no había una urna, sino una caja de seguridad empotrada.
—Las cenizas están en casa de Adela —dijo—. Nunca confiasteis en un lugar público.
La llave negra encajó.
Dentro había tres cuadernos, un disco duro y un sobre dirigido a Sara.
No a Nora.
Sara Galván Rivas.
Cogí el sobre.
—No lo abras .
—Está dirigido a mi hija.
—Precisamente.
—Lleva once años aquí.
—Marta lo escribió para cuando Sara tuviera edad suficiente. No para cuando tú tuvieras miedo.
Guardé el sobre en la carpeta roja.
El primer cuaderno contenía fechas, matrículas y nombres en clave. En la cubierta interior había una lista titulada CERO. Veintisiete personas. Junto a cada una, una fecha y una palabra: extraída, reubicada, cerrada.
La última línea estaba en blanco, salvo por un nombre.
CLARA RIVAS.
—Esto no es una lista de víctimas —dije.
Iago negó.
—Son operadores de Umbral que desaparecieron después de descubrir algo.
—¿Murieron?
—Algunos. Otros ya no son quienes eran.
Pasé la página. Encontré una fotografía de Julia Montalbán entrando en un hotel con Andrés Galván. La fecha era posterior a la muerte de Marta.
—Trabajaban juntos.
—Siguen trabajando juntos.
En la imagen siguiente aparecía Baeza con uniforme policial. En otra, Daniel entregaba un sobre a Julia.
—¿Qué hace Daniel aquí?
—No lo sé.
La fecha era de hacía seis meses, una semana antes de que Daniel y yo firmáramos el divorcio.
Algo crujió detrás de nosotros.
Iago apagó la linterna.
Pasos sobre grava.
Nos agachamos junto al columbario. Una voz masculina habló al otro lado del muro.
—La caja está abierta.
Baeza.
Otra voz respondió.
—Entonces Clara ya tiene la carta.
Era Daniel.