Nadie recuerda a Nora 16
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El periódico se llamaba La Verdad.

La redacción había ocupado dos plantas de un edificio estrecho cerca de la plaza de Castilla.

Iago conservaba planos, fotografías y una caja con credenciales caducadas.

Marta trabajaba junto a la salida de emergencia porque prefería ver quién entraba antes de que la vieran a ella.

Sus compañeros recordaban su capacidad para relacionar datos dispersos y su costumbre de imprimir cualquier documento importante.

El cierre dejó discos duros sin inventariar, libretas de fuentes y fotografías cuyo reverso contenía más información que la imagen.

Marta distribuía el significado entre números de página, errores tipográficos y posiciones dentro de las cajas: un recorte aislado no revelaba nada; junto a otros permitía seguir empresas, policías y resoluciones.

Umbral adoptaría después aquella lógica y la convertiría en una arquitectura mucho más peligrosa.

—El archivo cerró con el periódico —dijo—, pero guardé una parte.

—¿La copia de qué?

—De los expedientes de Umbral. Nombres reales, nombres nuevos, funcionarios, pagos, rutas, casas seguras. Marta descubrió que alguien estaba usando el sistema para desaparecer no solo víctimas, sino también testigos, dinero y criminales.

—Julia.

—Marta pensaba que sí. Yo pensaba que era Andrés. Los dos teníamos razón y ninguno entendía el tamaño.

—¿Por qué no publicasteis?

Iago se inclinó hacia mí.

—Porque cada prueba incluía la dirección de una mujer escondida. Si publicábamos, destruíamos a los culpables y entregábamos a las víctimas. Marta buscó una forma de separar ambos conjuntos. Murió antes de conseguirlo.

—¿Y yo?

—Tú eras la arquitecta de datos. La única capaz de hacerlo.

—No recuerdo haber visto la copia.

—La viste. Después del incendio te encerraste durante tres días en el sótano de San Dimas. Al salir, dijiste que habías destruido todo.

—¿Me creíste?

—Nunca te he creído del todo.

La nota de Daniel advertía contra él. Iago no intentaba parecer digno de confianza; quizá por eso resultaba más difícil detectar la trampa.

—Marta dijo que no dejara que Nora supiera que la elegí por culpa.

—¿Crees que eso es verdad?

—No lo sé.

—La culpa no cría a una niña once años.

—Puede empezar algo que luego llamamos amor para no admitir cómo empezó.

Iago me observó con una dureza casi profesional.

—Esa pregunta no importa ahora. Nora encontró algo. Hace seis semanas me escribió desde una cuenta desechable. Sabía quién era Marta y sabía que tú no eras su madre biológica.

Se me helaron las manos.

—¿Qué le dijiste?

—Que hablara contigo.

—No lo hizo.

—Dijo que no podía. Que cada vez que preguntaba, tú cambiabas fotografías, fechas o versiones. Pensaba que habías borrado a Marta para quedarte con ella.

—Es una niña.

—Es una niña a la que construiste una vida falsa con documentos perfectos.

—¿Quedaste con ella?

Iago dudó.

—Sí.

Me levanté. La silla chirrió sobre el suelo.

—¿Te reuniste a escondidas con mi hija?

—Con la hija de Marta.

Le lancé la taza.

No acerté. El café se derramó sobre la mesa y dos turistas se volvieron.

Iago ni siquiera parpadeó.

—La viste el miércoles —dije—. Por eso su último mensaje decía que tenía que contarme algo.

—No la vi el miércoles. La vi hace dos semanas. Me entregó una llave negra y una fotografía de una casa .

Me llevé la mano al bolsillo. La llave seguía allí.

—¿Esta?

Iago palideció.

—¿Dónde la has encontrado?

—En el peluche de Nora.

—Entonces ella quería que la encontraras tú.

—¿Qué abre?

—El archivo privado de Marta.

—¿Dónde?

Iago miró alrededor antes de responder.

—Debajo del lugar donde la enterramos.