15
—¿Qué le has hecho a Daniel?
—Lo mismo que tú le hiciste a Nora. Quitarle el nombre correcto.
La llamada terminó.
Marqué de nuevo. El teléfono estaba fuera de cobertura.
No podía regresar a las consignas. La policía ferroviaria ya se dirigía hacia allí; vi dos uniformes abriéndose paso entre la gente. Si Daniel tenía razón, Baeza habría desaparecido antes de que llegaran. Si mi madre tenía razón, no podía confiar en que los uniformes pertenecieran al mismo lado.
Busqué el nombre de Iago Salvat en uno de los teléfonos antiguos. No había conexión a internet, pero Daniel había cargado una lista de contactos cifrada. IAGO aparecía con una dirección y una instrucción: utilizar cabina pública.
Las cabinas habían desaparecido de la ciudad años atrás. Encontré un locutorio frente a la estación.
El hombre del mostrador me dejó usar un fijo por dos euros. Marqué.
—¿Sí?
La voz era masculina, áspera, impaciente.
—Iago Salvat.
—Depende de quién pregunte.
—Clara Rivas.
Silencio.
—No vuelvas a llamar a este número.
—Tengo una grabación de Marta.
La línea quedó muda durante varios segundos.
—¿Dónde estás?
—Atocha.
—Sal por Méndez Álvaro. Camina hasta la estatua del ángel caído del Retiro.
—Eso está a media hora.
—Si alguien te sigue, tardarás más.
Colgó .
Compré una gorra, una camiseta y una bolsa de tela con el dibujo de un toro. Me cambié en el baño de un café y guardé la ropa manchada en una papelera. La carpeta roja seguía pegada a mi piel bajo la camiseta.
Mientras caminaba, la ciudad parecía desempeñar una normalidad ofensiva. Terrazas llenas. Bicicletas. Turistas consultando mapas. Nadie sabía que una niña podía ser borrada sin que el tráfico se detuviera.
Llegué al Retiro con la sensación de que me seguían cinco personas distintas. Un hombre con mochila azul apareció en dos cruces. Una mujer de vestido blanco entró y salió de la misma tienda que yo. Un ciclista redujo el ritmo al pasar a mi lado.
La estatua del ángel caído estaba rodeada de visitantes. Iago no había dicho qué debía hacer allí.
Me senté en un banco.
Cinco minutos después, un niño dejó caer una pelota cerca de mis pies. La recogí. Había un papel pegado con cinta.
CAFETERÍA DEL PALACIO DE CRISTAL. TERRAZA. MESA 6.
El niño volvió con su padre. Ninguno me miró.
Iago Salvat ocupaba la mesa seis.
Tenía unos cincuenta años, pelo gris muy corto y una cicatriz de quemadura que trepaba desde el cuello hasta la mandíbula. En la fotografía del funeral de Marta era más joven, delgado, siempre al fondo. Editor de investigación en un periódico que ya no existía.
—Llegas tarde —dijo.
—Mi hermana lleva muerta once años. Supongo que tenemos margen.
Sus ojos se detuvieron en mi boca hinchada.
—¿Quién te ha golpeado?
—Baeza.
Iago dejó la taza.
—Entonces Julia sabe que recuerdas.
—No recuerdo. Reconozco fragmentos.
—Es suficiente para matarte.
—¿Dónde está Nora?
—No lo sé.
—Todo el mundo dice lo mismo.
—Porque la alternativa sería mentirte y ya tienes demasiada gente haciéndolo.
Saqué la grabadora, no la carpeta.
Iago escuchó la cinta una vez. En la segunda reproducción detuvo el aparato después de la frase la copia está donde aprendimos a mentir .
—No hablaba contigo —dijo.
—Dice mi nombre al principio.
—La frase no era para ti. Era para mí.
—¿Dónde aprendisteis a mentir?
Iago miró hacia el Palacio de Cristal, donde la luz se rompía en cientos de paneles.
—En un periódico.