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Robledo guardó el papel en una bolsa transparente.
No me dejó tocarlo de nuevo.
Durante veinte minutos, el mensaje cambió la naturaleza de lo ocurrido. Ya no era solo mi recuerdo contra las listas, mi teléfono contra una fotografía vacía. Había una nota. Una caligrafía. Una advertencia.
Luján fotografió la litera, la cinta adhesiva y la parte inferior del somier. Inés exigió que constara que cualquiera podía haber entrado en la cabaña. Susana Montes se llevó a Alba sin permitirme otra palabra.
—Hay que activar una búsqueda —dije.
Robledo no respondió de inmediato.
—La búsqueda empieza ahora. La letra y la identidad se verificarán en paralelo.
La búsqueda se desplegó desde la cabaña hacia el perímetro.
Dos agentes recorrieron la senda del lago; otros revisaron almacenes, cobertizos y vehículos.
Los monitores reunieron a los niños por grupos y contaron tres veces.
La Encina dejó de parecer un lugar de vacaciones: las risas se apagaron, las puertas se cerraron y los adultos empezaron a moverse con una rapidez que intentaba no parecer pánico.
Luján recogió la goma con pinzas, fotografió la mancha del colchón y tomó muestras de fibras, polvo y cabellos.
Robledo comprobó las etiquetas de los equipajes y preguntó quién había limpiado la cabaña.
La respuesta cambió dos veces: primero fue el personal de mantenimiento; después, una monitora que había abandonado el campamento aquella mañana.
La ausencia empezaba a tener manos, horarios y trayectos.
En el camino de servicio, el barro conservaba huellas superpuestas de zapatillas, botas y ruedas de carretilla.
Cerca de la valla había una marca profunda, como si alguien hubiera apoyado una maleta o una caja pesada, y una hebra amarilla atrapada en un espino.
No bastaba para identificar el impermeable de Nora, pero justificó ampliar el rastreo más allá del recinto.
—Tengo cuadernos en casa.
—También debemos preservar la nota y averiguar quién la colocó.
—Nora.
—No podemos asumirlo.
—¿Qué más necesita? ¿Que deje un diente para comparar el ADN?
El agente mayor me sostuvo la mirada .
—Necesito documentar dos hechos distintos: que falta una menor y que alguien puede haber manipulado sus registros. Ninguno puede esperar al otro.
—Entonces actúe como si Nora estuviera en peligro.
—Un mensaje que ya tratamos como indicio. No como prueba definitiva.
La palabra nadie se quedó conmigo.
Regresamos al despacho. Luján tomó declaración a Inés por separado. Robledo me pidió nombres: colegio, pediatra, actividades, familiares, amigos. Se los di todos.
Colegio Santa Beatriz. Tutora: Eva Lozano. Pediatra: doctor Ferrer, centro de salud Arganzuela. Natación: club Mar Abierto. Ortodoncista: Paula Mena. Mi madre: Adela Rivas. Mi exsuegra: Carmen Orduña.
Robledo hizo llamadas.
Yo escuché cómo el mundo se vaciaba al otro lado de cada línea.
El colegio no tenía ninguna alumna llamada Nora Rivas ni Nora Orduña.
El centro de salud no podía confirmar datos sin una solicitud formal, pero el número de tarjeta sanitaria que yo recité no correspondía a ningún menor.
El club de natación encontró mis pagos, no una inscripción infantil.
La clínica dental estaba cerrada por vacaciones.
—Llame a mi madre —dije.
No quería hacerlo yo. No después de Daniel.
Robledo marcó con el altavoz activado.
Mi madre contestó con voz dormida.
—¿Sí?
—¿Doña Adela Rivas?
—Sí.
—Le llamo de la Guardia Civil. Está aquí su hija Clara.
—¿Le ha pasado algo?
—Se encuentra bien. Necesitamos hacerle una pregunta. ¿Tiene usted nietos?
Silencio.
Mi madre tardó tanto en responder que el despacho entero pareció contener el aire.
—No —dijo al fin.
Me levanté.
—Mamá.
—¿Clara?
—¿Dónde está Nora?
La respiración de mi madre se volvió irregular.
—Cariño, vuelve a casa.
—No digas eso. Dime quién es Nora.
—No lo hagas más difícil.
—¿Más difícil para quién?
—Para todos.
La llamada se cortó.
Robledo apagó el altavoz. Su expresión ya no era incrédula. Era peor: compasiva.
—Quiero irme —dije.
—Antes tenemos que…
—Me dijo que había un sobre en mi casa.
—¿Su exmarido?
Asentí.
—Podemos acompañarla.
—No.
—Señora Rivas, no me parece buena idea que conduzca.
—Me llamo Clara.
No sé por qué aquello importaba. Quizá porque, en menos de una hora, todas las palabras que me definían —madre, familia, hija— habían empezado a desprenderse de mí. Necesitaba conservar al menos el nombre.
Robledo me dejó marchar con la condición de que me presentara en el cuartel de Madrid antes de las ocho. Luján me entregó una tarjeta y escribió su número personal detrás.
—Llámeme si encuentra algo —dijo.
—¿Me cree?
Miró hacia el pasillo, donde Inés hablaba por teléfono de espaldas a nosotros.
—Creo que alguien ha dedicado mucho esfuerzo a que no podamos creerla.
Fue la primera frase razonable que escuché aquel día.
Al salir, busqué el coche entre las filas del aparcamiento. El calor había convertido el interior en una caja cerrada. Bajé todas las ventanillas y encendí el motor.
Antes de arrancar vi a Inés junto a la puerta principal.
Ya no hablaba por teléfono.
Me observaba.
Levantó la mano izquierda y se tocó dos veces la base del cuello.
Un gesto pequeño. Casi casual.
Yo lo conocía.
Lo había inventado diecisiete años antes para indicar que una identidad estaba comprometida.