Nadie recuerda a Nora 3
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Robledo me pidió el teléfono.

Se lo entregué porque todavía esperaba que otra persona viera lo que yo acababa de ver y devolviera el mundo a su posición correcta.

—¿Qué fotografía había antes? —preguntó.

—Mi hija estaba sentada junto a él.

—Ahora no.

—Ya sé lo que hay ahora.

Luján se inclinó sobre la pantalla. Ampliaron la imagen, revisaron la fecha, la ubicación y los datos del archivo. El agente joven frunció el ceño.

—La foto se creó el doce de agosto de hace tres años —dijo—. No figura modificada.

—Porque alguien la ha sustituido.

—¿En su móvil?

—En la nube. En todas partes, no lo sé. Trabajo con sistemas documentales, sé que se pueden alterar metadatos.

Decirlo en voz alta empeoró las cosas. Hasta entonces yo era una madre aterrorizada. En aquel momento me convertí en una profesional capaz de construir una explicación técnica para una imagen que nadie más recordaba.

Robledo preguntó si tomaba alguna medicación.

—No.

—¿Ha sufrido episodios de ansiedad, pérdidas de memoria, desorientación?

—Mi hija ha desaparecido y mi exmarido acaba de decirme que nunca existió. Estoy ansiosa. Eso no convierte la frase en verdad.

—No he dicho eso.

—Lo está pensando.

Inés intervino por primera vez desde la llamada.

—Quizá convendría localizar a algún familiar.

—No necesito que me localicen un familiar. Necesito que me enseñen la cabaña de Nora.

Robledo cerró la carpeta.

—Vamos a comprobarlo.

Inés abrió la boca, pero el agente levantó una mano. La directora cedió con una rigidez que no era obediencia, sino cálculo.

Cruzamos el patio. Los padres habían vuelto a hablar, aunque bajaban la voz al verme. Algunos niños corrían hacia los coches con diplomas enrollados. Busqué a Nora en cada cara. Encontré su estatura, su forma de caminar, el color de su pelo, pero nunca a ella.

La cabaña Robles estaba al final de una senda bordeada de pinos. Tenía ocho literas, dieciséis taquillas metálicas y un cartel con normas escrito a rotulador. Reconocí la ventana. Reconocí el banco exterior donde Nora se había sentado para atarse una bota.

La construcción era de madera clara y estaba elevada sobre bloques de hormigón para protegerla de la humedad.

Ocho literas ocupaban las paredes y dejaban un pasillo central demasiado estrecho para que dos niñas pasaran a la vez.

Había calcetines bajo las camas, pulseras de hilo atadas a los cabeceros y nombres escritos con rotulador sobre tiras de cinta.

Todo parecía usado. Todo parecía recordar a alguien.

Reconocí señales que ninguna lista podía explicarme.

En una esquina del colchón había una mancha amarilla de la crema para la alergia.

El travesaño inferior conservaba dos golpes paralelos, producidos por la costumbre de Nora de balancear los talones mientras leía.

Entre la pared y la cama asomaba una goma de pelo del mismo verde que había comprado en un paquete de seis.

Ninguna pieza demostraba por sí sola que hubiera dormido allí. Juntas formaban una presencia.

En la litera inferior había una niña rubia doblando una sudadera.

—Alba —dije.

Ella se volvió.

Era la niña de las trenzas de la fotografía. Más pequeña de lo que imaginaba, con pecas sobre la nariz y una pulsera de cuentas verdes.

—¿Conoces a Nora? —pregunté.

Inés dio un paso hacia mí.

—Señora Rivas…

Robledo la detuvo con el brazo.

Alba me miró. Durante un segundo, uno solo, reconocí el miedo en sus ojos.

Después negó.

—No.

—Dormía aquí. En esta cama.

—Esa es mi cama.

—Tú estabas arriba.

—No.

Me acerqué. La niña retrocedió hasta que sus rodillas chocaron con el somier.

—Me enviaste una foto con Nora. Le hiciste dos trenzas.

—No sé quién es.

—Alba, no tienes que mentir.

La pulsera de su muñeca se deslizó hacia el codo. Entre las cuentas verdes había una blanca con una letra N.

La vi. Ella vio que la había visto.

Se cubrió la muñeca.

—¿Quién te ha dado esa pulsera?

—Mi madre.

—Déjeme verla —dijo Luján con suavidad.

La niña empezó a llorar.

Su madre apareció en la puerta casi de inmediato, como si hubiera estado esperando detrás de la cabaña. Se abalanzó sobre Alba, la rodeó con los brazos y me lanzó una mirada llena de odio.

—¿Qué le está haciendo?

—Solo le he preguntado por mi hija.

—No vuelva a acercarse a ella.

—Tiene una pulsera de Nora.

—La hizo en una actividad.

—La letra N.

—De naturaleza —dijo la mujer demasiado rápido.

Alba enterró la cara en su camiseta.

Robledo pidió calma, nombres y documentos. La madre se llamaba Susana Montes. Afirmó que no me conocía. Afirmó que su hija había compartido cabaña con otras siete niñas y que ninguna se llamaba Nora. Afirmó que yo había aparecido de repente y la estaba aterrorizando.

Mientras hablaba, Alba levantó la cabeza apenas unos centímetros.

Sus labios formaron una palabra sin voz.

Debajo.

No supe si la había entendido bien hasta que señaló con los ojos la litera.

Me agaché antes de que nadie pudiera impedírmelo. Pasé la mano por la parte inferior del somier. Encontré polvo, una goma de pelo, una astilla.

Y cinta adhesiva.

Arranqué un pequeño rectángulo de papel pegado a la madera.

En él había tres palabras escritas con la letra de Nora:

MAMÁ, NO CONFÍES.