Nadie reclama a los ahogados Capítulo 26 — El último patrón #2
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Capítulo 26 — El último patrón #2

—Hay una partida —dijo.

Lian lo miró.

No con sorpresa.

Con cansancio.

—You came for me to say no.

Daniel cerró los ojos.

—Yes.

La verdad salió pequeña.

Fea.

Pero salió.

Lian no respondió enseguida.

Amara seguía dentro, sin mirar.

O fingiendo.

—No —dijo Lian.

Daniel abrió los ojos.

—Thank you.

—No.

La palabra cambió de sentido.

Lian se acercó a la verja.

—No, I will not be your wall.

Daniel tragó saliva.

—Lian.

—You already know no. You do not need me. You want witness. You want if you go, I failed. If you stop, I saved. No.

La vergüenza le subió a la cara.

Ella tenía razón.

Otra vez.

Qué agotador debía ser estar tan a menudo en lo cierto cerca de Daniel Salcedo.

—Then what? —preguntó él.

—You choose.

—If I don’t pay, he can hurt you.

—If you gamble, you hurt us.

—No es lo mismo.

—Yes. Same road.

Daniel apretó los dientes.

—No sabes cómo es.

Lian abrió la verja.

Salió.

La cerró detrás de sí.

Ahora estaban los dos en la carretera.

—Then tell me —dijo.

Daniel no entendió.

—What?

—Tell me how is. No poetry. No smart mouth. Tell.

Daniel miró al suelo.

Durante unos segundos no pudo hablar.

Luego lo hizo.

—Es como si todo se redujera a un punto.

Todo lo demás se calla. La culpa, el miedo, las deudas, Irene, Clara, tú, Rafael, el consulado.

Todo se vuelve ruido de fondo. Y delante hay una posibilidad.

Una sola. Si acierto, respiro. Si gano, compro tiempo.

Si compro tiempo, quizá arreglo algo. Y sé que es mentira.

Lo sé. No soy idiota. Pero durante ese minuto la mentira parece más real que todo lo demás.

Lian escuchó.

No lo interrumpió.

Daniel siguió:

—Y cuando pierdo, no siento que haya terminado.

Siento que ahora sí tengo que seguir porque parar sería aceptar que lo he perdido por nada.

Entonces juego para recuperar la pérdida.

Después para recuperar lo que perdí intentando recuperar.

Y al final ya no juego por ganar. Juego para que el último movimiento no sea el último.

Lian lo miraba con una dureza triste.

—That is sickness.

—Yes.

—And excuse.

Daniel cerró la boca.

Lian dio un paso más cerca.

—Both.

Eso era lo insoportable.

Las dos cosas.

Enfermedad y excusa.

Daño y síntoma.

Herida y arma.

Daniel había intentado durante años elegir una versión, porque elegir una versión permitía defenderse. Si era enfermedad, era víctima. Si era culpa, era monstruo. Pero las dos juntas exigían algo más difícil: responsabilidad sin negar el abismo.

—Call consulate —dijo Lian.

Daniel sintió el golpe.

—No puedo.

—Yes.

—No sabes lo que pasará.

—No. But this I know: if you gamble, you stay same. If you run, same. If you lie, same. If you confess, maybe not same.

Maybe not same.

Quizá no igual.

No redención.

No perdón.

No final feliz.

Solo una grieta en el patrón.

Daniel se pasó una mano por la cara.

—Rafael—

—Rafael is not god.

—No. Es peor. Es práctico.

Lian no sonrió.

—Then be more practical.

—¿Cómo?

—Police. Consulate. Truth. Before he uses.

Daniel se quedó callado.

La respuesta era obvia.

Tan obvia que llevaba días rodeándola como un imbécil dando vueltas alrededor de una puerta abierta buscando una ventana por la que saltar.

Dentro del comedor, Amara miró hacia ellos.

Daniel la vio.

Lian también.

La niña sostuvo la mirada un segundo, luego bajó la vista a su libreta.

—She knows something wrong —dijo Lian.

Daniel bajó la cabeza.

—Sorry.

—Do not say sorry to me now. Do better somewhere else.

Hazlo.

La frase de Amara volvió.

Then do.

Daniel sacó el dinero que había reunido. Se lo mostró a Lian.

—No es suficiente.

—No.

—Si se lo doy, ganaría tiempo.

Lian negó.

—No. He owns time then.

Daniel miró los billetes.

Tenía razón.

Pagar poco no cerraría nada.

Solo compraría otra habitación en la cárcel de Rafael.

—Take it —dijo Daniel.

Lian retrocedió.

—No.

—For Amara. For anything. I don’t want—

—No.

La voz de Lian se endureció.

—You do not clean guilt with money here.

Daniel bajó la mano.

Claro.

Otra vez dinero intentando hacerse pasar por reparación.

Qué cansancio de sí mismo.

Guardó los billetes.

—I have to go.

—Where?

Daniel miró hacia la carretera que llevaba al pueblo.

La partida estaba hacia un lado.

Su habitación hacia otro.

El consulado, en el teléfono.

Rafael, en todas partes.

—A responder —dijo en español.

Lian no entendió la palabra, pero quizá entendió el gesto.

Daniel se alejó.

No hacia la partida.

Durante los primeros diez pasos, eso no significó nada. Todavía podía cambiar de dirección. Su cuerpo lo sabía. Su enfermedad también. Cada cruce era una oportunidad de traicionarse.

En el primer cruce, se detuvo.

A la izquierda: la zona donde sería la partida.

A la derecha: su habitación.

Sacó el móvil.

Lo encendió.

El mensaje del consulado seguía allí.

Rafael había enviado otro:

“Última oportunidad. No seas poeta.”

Daniel casi rió.

Por una vez, buen consejo.

No seas poeta.

Llamó al consulado.

El tono sonó una vez.

Dos.

Tres.

Daniel estuvo a punto de colgar.

A la cuarta, una voz contestó en español.

—Consulado de España, buenos días.

Daniel cerró los ojos.

La carretera, la isla, el calor, el miedo, Rafael, Lian, Amara, Clara, Irene, Madrid, el mar: todo se juntó en la garganta.

—Buenos días —dijo.

Su voz sonó extraña.

Vieja.

Verdadera, tal vez.

—Necesito hablar con alguien sobre un ciudadano español desaparecido en Filipinas.

—¿Me puede indicar el nombre?

Daniel miró hacia el lado izquierdo del cruce.

La partida.

La última apuesta.

El último patrón.

Luego miró hacia la derecha.

Nada.

Solo carretera.

—Daniel Salcedo —dijo.

Hubo un silencio administrativo.

Tecleo.

—¿Usted tiene información sobre Daniel Salcedo?

Daniel respiró.

Podía colgar.

Aún.

Siempre podía colgar.

La cobardía era generosa con las salidas hasta el último segundo.

—Sí —dijo.

—¿Cuál es su relación con él?

Daniel cerró los ojos.

Ahí estaba.

La pregunta.

La primera puerta.

La más pequeña.

La más grande.

—Soy él.

El mundo no se detuvo.

Por supuesto que no.

Un perro ladró a lo lejos.

Una moto pasó por la carretera.

Una hoja se movió con el aire.

La voz al otro lado tardó apenas un segundo en responder, pero a Daniel le pareció suficiente para envejecer varios años.

—¿Perdón?

Daniel abrió los ojos.

—Soy Daniel Salcedo. Estoy vivo.

La frase salió entera.

Sin metáfora.

Sin broma.

Sin vender nada.

Al otro lado hubo más silencio.

Luego la voz cambió.

No mucho.

Lo suficiente.

—Señor, permanezca en línea, por favor.

Señor.

Daniel miró el cruce.

No se movió.

La partida seguía existiendo a la izquierda.

Rafael seguía existiendo.

La deuda seguía existiendo.

La vergüenza acababa de nacer de otra manera.

Pero durante ese instante, pequeño y brutal, Daniel no caminó hacia la mesa.

No buscó una apuesta.

No pidió otro plazo.

No hizo de Lian una puerta.

No hizo de Irene una excusa.

Solo permaneció en línea.

Y para un hombre que había convertido toda su vida en huida, quedarse al otro lado de una llamada fue casi una forma de violencia contra sí mismo.

La primera que no dañaba a nadie más.