Nadie reclama a los ahogados Capítulo 26 — El último patrón
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Capítulo 26 — El último patrón

Daniel recibió la primera llamada del consulado a las nueve y veintidós de la mañana.

No contestó.

El teléfono barato vibró sobre la mesa de la habitación, junto a la hoja donde había escrito:

Mi nombre es Daniel Salcedo.

Debajo, el número del consulado.

Debajo, otra frase que había añadido de madrugada, con letra más pequeña:

No llamar también es una respuesta.

Qué maravilla.

Hasta cuando intentaba ser honesto, Daniel conseguía escribir frases que parecían fabricadas para justificar la siguiente cobardía. Si alguna vez fundaban un museo de la evasión moral, él podría donar libretas enteras. Con audioguía, naturalmente.

El móvil vibró hasta apagarse.

Silencio.

Daniel se quedó mirando la pantalla.

Número desconocido.

No era Rafael.

No era Lian.

No era nadie de la isla.

Era el mundo exterior golpeando la puerta que él había empezado a abrir y ahora no se atrevía a cruzar.

Pasaron treinta segundos.

Luego llegó un mensaje.

En inglés.

“Mr. Daniel Salcedo, please contact us regarding urgent consular matter.”

Daniel leyó la frase varias veces.

Mr. Daniel Salcedo.

Señor Daniel Salcedo.

El nombre oficial.

El nombre de pasaporte.

El nombre de padre desaparecido.

El nombre que Clara habría pronunciado con rabia.

El nombre que Irene quizá ya estaría viendo en alguna pantalla, esperando que la burocracia hiciera lo que su padre no había sabido hacer: responder.

Daniel dejó el móvil boca abajo.

No funcionó.

La frase seguía allí aunque no la viera.

A las diez y media Rafael llamó.

Daniel contestó.

—¿Has dormido? —preguntó Rafael.

—No.

—Bien. La lucidez está sobrevalorada. La culpa, en cambio, trabaja mejor sin descanso.

—¿Qué quieres?

—Preguntarte si ya has tenido tu momento bíblico.

Daniel cerró los ojos.

—Rafael.

—No me digas que no te han llamado. Estas cosas se mueven despacio, pero cuando huelen sangre administrativa, avanzan.

Daniel no respondió.

Rafael soltó una risa baja.

—Ah. Te han llamado.

—No es asunto tuyo.

—Todo lo que afecta a mi inversión emocional en tu desastre es asunto mío.

—No soy tu inversión.

—No. Eres peor. Eres entretenimiento con consecuencias.

Daniel se levantó y caminó por la habitación.

Era pequeña, demasiado pequeña para una conversación así. Cama estrecha, ventilador, una mesa, una silla, una bolsa con ropa. Todo lo que Mateo Santos poseía cabía en un inventario triste. Todo lo que Daniel Salcedo debía, no.

—Voy a pagarte —dijo Daniel.

Rafael guardó silencio un segundo.

—Qué frase tan adorablemente vieja.

—Te pagaré y me iré.

—Ahí está. El clásico. Pagar un poco, irse mucho.

Daniel apretó el móvil.

—No voy a confesar.

La frase salió antes de que pudiera medirla.

Y en cuanto salió, entendió que era verdad.

Al menos esa mañana.

Al menos durante ese minuto.

Rafael no dijo nada.

Luego:

—Claro que no.

Daniel sintió rabia.

—No lo digas así.

—¿Cómo?

—Como si ya lo supieras.

—Daniel, te conozco lo suficiente para saber que cuando estás a un centímetro de hacer algo digno, tu instinto busca una salida lateral. Es casi elegante. Patético, pero elegante.

Daniel miró la hoja sobre la mesa.

Mi nombre es Daniel Salcedo.

La frase parecía escrita por otro hombre.

Uno mejor.

O uno más cansado.

—Me voy de la isla —dijo Daniel.

—¿A dónde?

—No lo sé.

—Precioso. La geografía como plan de rehabilitación. Nunca falla, salvo todas las veces anteriores.

—No te debo explicaciones.

—Me debes dinero.

—Te lo conseguiré.

Rafael suspiró.

—¿Cómo?

Daniel no respondió.

Porque ahí estaba el problema.

El dinero.

Siempre el dinero.

Madrid había empezado a derrumbarse con dinero.

Mateo se estaba derrumbando con dinero.

Qué falta de imaginación, de verdad. Después de fingir una muerte, cruzar países y vivir con otro nombre, acabar otra vez en una cuenta pendiente era casi ofensivo para la literatura. Un editor decente le habría exigido más variedad.

—Tengo opciones —dijo Daniel.

Rafael se rio.

—No. Tienes impulsos con vocabulario ejecutivo.

—No voy a hacer tu operación.

—Ya no importa.

Daniel se quedó quieto.

—¿Qué?

—La operación se enfría. Andrés, el prudente, hizo preguntas. Víctor empezó a dudar porque Andrés dudaba. Un desastre. La conciencia a veces tiene efectos secundarios comerciales.

—Mejor.

—Para ellos, quizá. Para ti, no.

Daniel entendió.

—Quieres cobrar.

—Qué vulgar suena cuando lo dices tú. Pero sí.

—Necesito tiempo.

—No tienes.

—Dame una semana.

—No.

—Tres días.

—No.

—Rafael.

—Daniel.

Los dos nombres chocaron por el teléfono.

—Te doy hasta esta noche —dijo Rafael—. Dinero o decisión.

—¿Qué significa decisión?

—Significa que si no pagas, yo decido qué hacer con lo que sé.

Daniel sintió el estómago caer.

—Dijiste que no ibas a escribir a Irene.

—Y no lo haré si no hace falta.

—No la toques.

—Esa frase empieza a aburrirme. No la tocaré. Pero puedo tocar el mundo alrededor. Consulado, policía local, algún contacto español, incluso tu querida Lian, que ya sabe bastante y probablemente se arrepiente de no saber menos.

Daniel respiró mal.

—Déjala.

—Entonces deja de esconderte detrás de ella.

La llamada terminó.

Daniel se quedó con el móvil en la mano.

Dinero o decisión.

Rafael era un cabrón, sí.

Pero también había elegido las palabras correctas.

Dinero o decisión.

Daniel llevaba toda la vida evitando decisiones con dinero. Préstamos, adelantos, apuestas, favores, refinanciaciones, tarjetas, cuotas, plazos. El dinero no solucionaba. Compraba retrasos. Y Daniel había confundido durante años los retrasos con salidas.

Miró la hoja.

Mi nombre es Daniel Salcedo.

Luego el teléfono.

Luego la puerta.

Podía llamar al consulado.

Podía hacerlo ahora.

Podía decir:

Soy Daniel Salcedo. Estoy vivo.

Cinco palabras.

Cinco.

No hacía falta escribir una novela.

La novela ya la había escrito el daño.

Cogió el móvil.

Marcó el número.

El dedo quedó sobre el botón de llamada.

No pulsó.

Pensó en Irene.

No en la Irene del vídeo.

En la Irene real, ahora, al otro lado del mundo, quizá con diecisiete años, quizá sentada junto a Clara, quizá sabiendo ya demasiado, quizá esperando que alguien confirmara que su padre había estado vivo todo ese tiempo.

Pensó en Clara.

No como exmujer.

Como testigo.

Como la persona que había tenido que convertir su desaparición en trámites.

Pensó en Lian.

En su frase:

Answer someone.

Responder a alguien.

El dedo bajó un poco.

Entonces pensó en la cárcel.

En titulares.

En la policía.

En volver a España como monstruo vivo.

En ver a Irene no en vídeo, sino delante.

En que ella no lo llamara papá.

En que no lo llamara nada.

El dedo se retiró.

Daniel soltó el teléfono sobre la cama.

Otra vez.

Otra magnífica actuación de la cobardía en formato minimalista.

Se vistió rápido.

No pensó.

Pensar se había convertido en un lujo peligroso, así que eligió moverse. Viejo recurso. Si el cuerpo camina, la conciencia tarda un poco más en alcanzarlo. No mucho. Lo justo para cometer otro error.

Fue al pueblo.

Buscó al hombre que a veces cambiaba dinero a turistas con peor comisión pero menos preguntas.

Vendió el teléfono de mejor calidad que había comprado meses atrás y que casi no usaba.

Vendió una chaqueta. Vendió una herramienta que no era suya del todo, pero que había terminado en su bolsa después de una reparación en otro alojamiento.

Consiguió poco.

Ridículo.

Nada.

El dinero en su mano parecía una burla.

Rafael no aceptaría aquello.

No completo.

Necesitaba más.

Y ahí, en mitad de la carretera, Daniel sintió cómo el viejo mecanismo empezaba a montarse solo.

Primero, cálculo.

Luego, posibilidad.

Después, excusa.

Había una partida esa tarde.

No la de Rafael.

Otra.

Lo sabía por un conductor, por una conversación escuchada, por esa red pequeña de información que siempre rodea al juego como moscas alrededor de fruta demasiado madura.

Una partida privada.

Turistas.

Locales.

Dinero más alto.

Entrada posible.

Si ganaba una vez, solo una vez, podía pagar a Rafael. Irse. Evitar que Lian quedara más cerca. Evitar que el consulado avanzara. Evitar la confesión.

Evitar.

La palabra más honesta de su vida.

Daniel se detuvo junto a una tienda cerrada.

No.

No iba a hacerlo.

Era exactamente el patrón.

Exactamente.

Ni siquiera una versión sofisticada. Era casi ofensivamente obvio.

Deuda.

Miedo.

Apuesta.

Mentira.

Promesa de pagar.

Daño ajeno.

El circuito completo, con iluminación de emergencia.

Y aun así, una parte de él calculaba.

Si apostaba todo lo que tenía, si jugaba con cuidado, si no bebía, si se levantaba al primer beneficio, si no permitía que la adrenalina mandara, si…

Si.

La sílaba fundacional de toda estupidez.

Caminó hacia la guesthouse de Lian.

No sabía por qué.

Sí lo sabía.

Quería que ella lo detuviera.

Otra vez.

Quería llegar, decir una verdad incompleta, provocar una mirada, usar su decepción como muro. Lian se lo había dicho. No uses mujeres como puertas. Y ahí iba él, con su inteligencia de vendedor y su alma de perro mojado, buscando la misma puerta con distinto pomo.

Se detuvo antes de la verja.

Amara estaba en el comedor.

Daniel la vio antes de entrar.

La niña —ya no tan niña— estaba sentada con una libreta, hablando con Lian. Reía. Luego se puso seria. Luego volvió a escribir.

La escena lo frenó.

No por grandeza moral.

Por vergüenza.

Amara no tenía que verlo allí. No tenía que aprender otra vez que los adultos rotos aparecían en puertas ajenas buscando absolución con cara de urgencia.

Daniel retrocedió.

Pero Lian lo vio.

Salió hasta la entrada.

No cruzó la verja.

—Daniel.

El nombre ya no la sorprendía.

Eso dolía.

—No puedo entrar —dijo él.

—Then why here?

Buena pregunta.

Una de esas preguntas que la gente decente hace como si el mundo mereciera respuestas.

Daniel miró hacia la carretera.

—Rafael quiere dinero hoy.

Lian no cambió la expresión.

—And?

—No tengo suficiente.

—And?

La repetición lo golpeó.

Y.

Y qué.

La vida seguía después de cada excusa.