Nadie reclama a los ahogados Capítulo 25 — Clara y la verdad imposible #2
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Capítulo 25 — Clara y la verdad imposible #2

Casi infantil.

—Por favor.

Clara se levantó del sillón y se sentó en el borde del sofá.

—No sabemos nada.

—Una hija no.

Clara le acarició el pelo.

Esta vez Irene no se apartó.

—No vamos a adelantar ese dolor —dijo Clara.

—¿Tenemos presupuesto limitado?

—Sí.

—Menos mal. Ya era hora de un recorte útil.

Clara le besó la frente.

Irene cerró los ojos.

—Si tiene otra hija, lo mato.

—Entiendo.

—No me digas que no diga eso.

—No lo haré.

—No lo digo de verdad.

—También lo sé.

—Pero un poco sí.

—Eso también.

Irene se quedó dormida cerca de las tres.

Clara no.

Abrió el vídeo otra vez sin sonido.

Mateo se giraba.

El rostro aparecía borroso, rápido, insoportable.

Clara pausó.

Lo miró.

Daniel.

Quizá.

No.

Sí.

Una parte de ella lo reconocía con una certeza animal.

Otra parte se negaba por supervivencia.

Si era él, Clara tendría que reescribir seis años.

No como error.

Como crimen.

Cada noche de Irene llorando.

Cada reunión con orientadoras.

Cada documento.

Cada vez que alguien dijo “lo siento”.

Cada vez que Clara defendió la posibilidad de que Daniel hubiera muerto de verdad.

Cada vez que ella misma se sintió cruel por sospechar.

Todo eso cambiaría de sitio.

La muerte de Daniel había sido una herida abierta.

La vida de Daniel sería una profanación.

Clara cerró el vídeo.

Abrió un documento y escribió una lista.

Esperar respuesta oficial. Llamar mañana al consulado. No contactar con la guesthouse directamente. Guardar todo. Hablar con Irene sin mentir. No romperme delante de ella todo el tiempo.

Miró el punto seis.

Lo borró.

Lo volvió a escribir.

Luego añadió:

Si es él, no protegerlo.

Se quedó mirando esa frase.

No protegerlo.

Clara había protegido a Daniel muchas veces.

No porque él lo mereciera. Porque Irene era pequeña.

Porque la vergüenza manchaba. Porque las deudas eran complejas.

Porque la ludopatía era una enfermedad, sí, pero también una fábrica de daños, y explicar ambas cosas a una niña era como darle un cuchillo por el mango equivocado.

Pero ya no.

Si era él, la verdad no podía volver a convertirse en algo que Clara administrara para que Daniel pareciera menos monstruoso.

No esta vez.

Por la mañana, llamaron.

Número desconocido.

Clara respondió tan rápido que casi se le cayó el móvil.

—¿Sí?

Una voz masculina se identificó desde una oficina española.

Habían recibido el correo.

Necesitaban ampliar datos.

Confirmar relación con Daniel Salcedo.

Confirmar fecha de desaparición.

Confirmar si tenían más imágenes.

Clara contestó.

Irene se despertó en el sofá y se incorporó al instante.

Clara puso el altavoz.

El hombre hablaba con tono correcto, prudente, administrativo. Eso, por una vez, ayudó. La prudencia impedía que el pánico se desbordara.

—No podemos confirmar nada todavía —dijo—. Pero la información se trasladará para comprobación.

—¿Cuánto tardará? —preguntó Irene.

El hombre hizo una pausa.

—No puedo darle un plazo exacto.

Irene cerró los ojos.

—Claro.

Clara le tocó la rodilla.

—¿Van a contactar con la guesthouse? —preguntó Clara.

—Se valorarán las vías adecuadas. Es importante no alertar directamente a personas implicadas hasta poder verificar.

Personas implicadas.

Mateo.

Daniel.

Lian.

Quién sabe quién más.

—Irene —dijo el hombre con cuidado—, entiendo que esto puede ser muy difícil.

Irene miró el teléfono.

—No. No lo entiende.

Clara cerró los ojos.

El hombre no se ofendió.

Bien por él. Medalla administrativa.

—Tiene razón —dijo—. No puedo entenderlo. Lo que sí puedo decirle es que vamos a tramitar la información.

Irene no respondió.

Clara agradeció la llamada. Preguntó qué debían hacer. El hombre indicó que permanecieran localizables y que enviaran cualquier información adicional.

Cuando colgó, Irene se levantó.

—Me voy a duchar.

—¿Estás bien?

Irene miró a su madre.

—Mamá.

—Ya. Pregunta idiota.

—Nivel principiante, sí.

Se fue al baño.

Clara se quedó sola en el salón.

El piso parecía igual.

Pero ya no lo era.

La verdad había empezado a moverse fuera de ellas.

Eso no significaba que fuera a llegar rápido.

Ni limpia.

Ni completa.

Pero ya no estaba solo dentro de sus cuerpos.

Durante los días siguientes, Irene no fue al instituto.

Clara llamó y dijo que estaba enferma.

No era mentira.

No del todo.

Irene estaba enferma de posibilidad.

Comía poco, dormía a ratos, revisaba el correo de Clara cada hora, buscaba más vídeos del canal, rastreaba la guesthouse, intentaba encontrar a Lian, a Mateo, cualquier cosa. Clara la dejaba investigar, pero con límites.

—No escribas a nadie.

—Ya lo sé.

—No comentes.

—Ya lo sé.

—No publiques nada.

—Mamá, sé usar internet mejor que tú.

—Precisamente por eso te lo digo.

Encontraron más pistas.

Una reseña antigua mencionaba a “Mateo, el español que ayuda allí”.

Otra foto borrosa en una red social mostraba a un hombre de perfil junto a una moto.

Un comentario decía: “Ask Mateo for Spanish translation, very helpful.”

Very helpful.

Irene leyó esa frase y se quedó quieta.

—Ayuda a turistas —dijo.

Clara no respondió.

—Se murió para convertirse en recepcionista freelance. Ambición tremenda.

La ironía sonó demasiado fuerte.

Luego Irene se tapó la cara.

—No puedo.

Clara se sentó a su lado.

—Para.

—No.

—Para diez minutos.

—Iba a tener dieciocho sin saber esto.

—Lo sé.

—Ya casi lo había enterrado.

Clara no dijo nada.

—Mal, pero lo había enterrado. Con sospechas, con rabia, con todo. Pero había una tumba. Horrible, sin cuerpo, sin nombre claro, pero algo. Ahora no sé qué tengo. ¿Una tumba con puerta trasera? ¿Un padre en modo incógnito?

Clara la abrazó.

Irene esta vez se dejó.

—No quiero tener esperanza —dijo contra su hombro.

—No la tengas.

—¿Se puede no tener?

—No siempre.

—Iré preparando otra queja formal a la vida.

—Pide copia sellada.

Irene soltó una risa rota.

Lloró después.

Las dos cosas cabían.

Qué remedio.

La confirmación no llegó esa semana.

Ni la siguiente.

Llegaron mensajes de que seguían comprobando.

Solicitud de más datos.

Una llamada breve.

Otra.

Silencios.

La maquinaria empezó a moverse, pero como se mueven las maquinarias públicas cuando el dolor humano espera al otro lado: despacio, con ruedas oxidadas y formularios que no tienen prisa porque no sueñan por la noche.

Irene volvió al instituto.

No contó nada.

Marta notó algo.

—Estás rara.

Irene la miró.

—Gracias. Tú siempre tan precisa. Deberías trabajar en emergencias.

—Va en serio.

Irene dudó.

Durante un segundo quiso decirlo.

Creo que mi padre está vivo.

Pero la frase era demasiado grande para el pasillo, las mochilas, el ruido, los exámenes, las taquillas. Decirla allí habría sido como soltar un animal en una tienda pequeña.

—Cosas de casa —dijo.

Marta no insistió.

Bien.

O mal.

Irene ya no sabía qué prefería.

Una tarde, al volver, Clara estaba en el salón con el móvil en la mano.

No estaba llorando.

No estaba pálida.

Solo muy quieta.

Irene dejó la mochila en el suelo.

—¿Qué?

Clara levantó la vista.

—Irene.

—Dímelo.

Clara tragó saliva.

—Han contactado con autoridades locales. Y con la guesthouse.

El cuerpo de Irene se tensó.

—¿Y?

—La mujer del alojamiento confirmó que allí trabajó un hombre español llamado Mateo.

—Vale.

—No sabe dónde está ahora.

Irene cerró los puños.

—Claro.

—Pero dijo algo más.

Irene no respiró.

Clara tenía los ojos llenos de algo que no era solo miedo.

—Dijo que se llamaba Daniel.

El piso se quedó sin sonido.

No del todo.

Nunca del todo.

Un coche pasó fuera.

Una puerta se cerró en otro piso.

La nevera hizo un ruido mínimo.

Pero para Irene todo cayó en una especie de silencio grueso.

Daniel.

Lian lo sabía.

O lo había sabido.

O lo había oído.

—¿Está confirmado?

Clara negó despacio.

—No oficialmente. Pero...

No terminó.

No hacía falta.

Irene se sentó en el suelo.

No en una silla.

En el suelo, como si el cuerpo hubiera decidido que las estructuras humanas eran demasiado ambiciosas para ese momento.

—Está vivo —dijo.

Clara se arrodilló frente a ella.

—Parece que sí.

Irene miró a su madre.

—No digas parece.

Clara respiró.

—Creemos que sí.

—No.

La voz de Irene cambió.

No era negación.

Era orden.

—Dilo.

Clara entendió.

Le costó.

Pero entendió.

—Daniel está vivo.

Irene cerró los ojos.

La frase que había esperado y temido durante seis años no trajo alegría.

Trajo una rabia tan grande que al principio pareció calma.

—Entonces no desapareció —dijo Irene.

Clara no respondió.

—Nos dejó.

Clara asintió.

Irene abrió los ojos.

No lloraba.

Todavía.

—Mamá.

—Estoy aquí.

—No quiero que me consueles.

—Vale.

—Quiero que lo encuentren.

Clara sostuvo su mirada.

—Yo también.

—I no para abrazarlo.

—Lo sé.

Irene tragó saliva.

—Quiero que sepa que ya no puede decidir cuándo aparece.

Clara asintió.

—Sí.

—Quiero que sepa que la espera se acabó.

Clara le cogió la mano.

Esta vez Irene no la soltó.

Durante años habían vivido dentro de una pregunta.

Ahora la pregunta empezaba a convertirse en una respuesta imposible.

Y la respuesta, como Clara había sospechado, no curaba nada.

Solo decidía de qué manera iba a doler todo lo demás.