Capítulo 25 — Clara y la verdad imposible
El correo quedó enviado a las diecinueve cuarenta y dos.
Clara miró la hora.
Luego la pantalla.
Luego a Irene.
Como si el orden de esas tres cosas pudiera explicarle qué acababan de hacer.
No había pasado nada.
Esa fue la primera decepción.
Durante seis años, la verdad había sido una criatura enorme encerrada detrás de una puerta.
Clara había imaginado muchas veces que, si alguna vez encontraba una grieta, el mundo se partiría con ruido.
Pero no. Un correo enviado no hacía temblar las paredes.
No apagaba las luces. No llamaba a la policía.
No traía a Daniel de vuelta esposado, llorando o muerto de vergüenza.
Solo dejaba una palabra pequeña en pantalla.
Enviado.
Qué poco espectáculo para tanta destrucción.
Irene seguía sentada a su lado, con los brazos cruzados y la mirada fija en el portátil.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Clara respiró despacio.
—Esperar.
Irene soltó una risa seca.
—Qué original. Nuestra especialidad familiar.
Clara no la corrigió.
Tenía razón.
Habían esperado llamadas. Cuerpos. Informes. Fechas. Cumpleaños menos dolorosos. Sueños sin mar. Una aceptación que nunca llegaba del todo. Ahora esperaban una respuesta de una institución.
Un progreso impresionante. Como pasar de ahogarse en el mar a ahogarse en una piscina municipal.
—También podemos llamar mañana —dijo Clara—. Hoy ya es tarde.
Irene se levantó.
—Para ellos no.
—Para nosotros sí.
—¿Desde cuándo descansamos por horario administrativo?
Clara cerró el portátil con cuidado.
—Desde que estoy intentando no hacer esto mal.
Irene la miró.
Esa frase sí la detuvo.
—Perdón.
—No tienes que pedir perdón por estar enfadada.
—Ya, pero igual debería variar un poco el repertorio.
Clara casi sonrió.
No llegó.
—Vamos a cenar algo.
—Iba a vomitar, pero cenar también suena muy europeo.
—Pan tostado y tortilla francesa.
—Alta cocina del trauma.
—No me queda energía para estrellas Michelin.
—Papá habría hecho un comentario.
La palabra salió sola.
Papá.
Irene se dio cuenta al mismo tiempo que Clara.
La habitación quedó quieta.
Durante años había usado “Daniel” cuando quería distancia, “mi padre” cuando quería ser correcta, “él” cuando no quería gastar nada. Papá aparecía cada vez menos, y cuando aparecía, dolía más porque ya no venía de la infancia: venía de algún sitio más profundo y más terco.
Irene bajó la mirada.
—No quería decirlo así.
Clara se levantó.
—Lo sé.
—Me da rabia.
—También lo sé.
—No sabes todo lo que sabes.
Clara recogió las tazas de la mesa.
—Es una de mis pocas habilidades. Junto con quemar tostadas y guardar papeles que nadie quiere leer.
Fueron a la cocina.
Clara sacó huevos de la nevera. Irene se sentó en la encimera baja, como cuando era pequeña, aunque ya tenía edad suficiente para que el gesto pareciera incómodo. No se bajó.
El silencio de la cocina era distinto al de la habitación. Allí había cosas concretas: plato, sartén, aceite, sal, pan, cuchillo. Los objetos domésticos tenían una nobleza extraña. No entendían la mentira, pero ayudaban a no caerse del todo.
Clara batió los huevos.
—Si responden —dijo Irene—, ¿qué crees que harán?
—No lo sé.
—Pero imagina.
Clara encendió el fuego.
—Supongo que intentarán comprobar la información. Contactar con autoridades locales. Quizá con la guesthouse. Quizá pedir más datos.
—¿Y si avisan a alguien y él se escapa?
La frase “él se escapa” salió natural.
No “si no es él”.
No “si ese hombre”.
Él.
Clara no lo señaló.
—Puede pasar.
—Qué tranquilizador.
—Prefiero decirte eso a prometerte que lo van a encontrar.
Irene miró la sartén.
—Ya.
El aceite empezó a calentarse.
—Mamá.
—Dime.
—Si es él, ¿qué hacemos?
Clara vertió el huevo en la sartén.
El sonido llenó unos segundos.
—No lo sé.
—Necesito una respuesta menos honesta y más útil.
—Pues no la tengo.
Irene apoyó la cabeza contra el armario.
—Genial.
Clara miró la tortilla como si allí hubiera instrucciones.
No había.
—Si es él —dijo al fin—, primero habrá que confirmar que está vivo. Luego... vendrán consecuencias.
—Consecuencias.
—Sí.
—Eso suena a adultos intentando no decir cárcel.
Clara apagó el fuego.
—No sé qué consecuencias legales habría exactamente. Fingir una muerte, abandonar obligaciones, posibles fraudes, deudas, documentación falsa... No lo sé.
—Pero algo.
—Sí. Algo.
Irene tragó saliva.
—¿Y nosotras?
Clara se giró.
—Nosotras qué.
—¿Qué consecuencias tenemos nosotras? Porque siempre parece que las consecuencias son para él. Pero si está vivo, yo llevo seis años siendo hija de un muerto que se fue a vivir a una isla con otro nombre. No sé, igual también nos corresponde una cesta de bienvenida al infierno.
Clara dejó la espátula sobre la encimera.
—Irene.
—No quiero que vuelva.
La frase salió de golpe.
Después de decirla, Irene pareció más pequeña y más adulta a la vez.
—O sí —añadió enseguida—. No sé. No quiero verlo entrando por esa puerta.
No quiero que huela esta casa. No quiero que diga mi nombre.
No quiero que me mire como si todavía tuviera doce años.
Pero también quiero preguntarle todo. Y quiero que me vea.
No como una niña. Que me vea ahora. Que vea lo que hizo.
Clara se acercó despacio.
No la abrazó.
No todavía.
—Todo eso puede ser verdad a la vez.
Irene cerró los ojos.
—Odio esa frase.
—Yo también.
—La dices mucho.
—Porque por desgracia sirve.
Irene respiró hondo.
—Si está muerto, lo perdimos.
Clara supo la frase antes de que Irene terminara.
—Si está vivo, nos eligió perder.
Irene abrió los ojos.
—Eso dijiste antes.
—Sí.
—No vuelvas a decirlo con tanta claridad. Parece una sentencia y me dan ganas de romper platos.
Clara miró el escurridor.
—Son de Ikea.
—Entonces tampoco sería una gran pérdida.
Esta vez sí sonrieron.
Un segundo.
Poco más.
Suficiente para recordar que seguían siendo madre e hija, no solo dos testigos en el juicio invisible de Daniel Salcedo.
Cenaron en silencio.
Irene comió poco. Clara también. La tortilla quedó a medias. El pan tostado se enfrió. Después recogieron sin hablar demasiado.
A las veintidós diecisiete llegó una respuesta automática.
Clara y Irene estaban en el salón. El sonido del correo entrante las hizo girarse a la vez hacia el portátil, como si allí hubiera ladrado un animal.
Clara abrió.
Era un mensaje estándar.
Acuse de recibo.
La información sería revisada.
Para emergencias, llamar al número correspondiente.
Gracias por contactar.
Gracias.
La palabra más inútil de la administración después de “lamentamos”.
Irene leyó por encima del hombro de su madre.
—O sea, nada.
—O sea, recibido.
—Maravilloso. Hemos enviado una bomba emocional y nos han devuelto un ticket.
—Por algo se empieza.
—Dijo la mujer que lleva seis años esperando formularios.
Clara cerró el correo.
—Irene.
—Ya paro.
—No quiero que pares. Quiero que no me claves todo a mí.
Irene se quedó callada.
El golpe fue justo.
Demasiado justo.
—Perdón —dijo.
Clara se frotó la cara.
—No. Perdóname tú. Estoy cansada.
—Yo también.
—Lo sé.
—No sabes cuánto.
Clara la miró.
—No. No lo sé.
Esa respuesta desarmó a Irene más que cualquier consuelo.
Se sentó en el sofá.
—Me da miedo que sea él.
Clara se sentó a su lado.
—A mí también.
—Y me da miedo que no lo sea.
—Sí.
—Porque si no es él, volvemos a lo mismo.
—Sí.
Irene agarró un cojín.
—¿Cómo puede ser que las dos opciones sean una mierda?
Clara suspiró.
—Porque tu padre siempre tuvo talento para no dejar salidas limpias.
Irene la miró.
—Eso ha sido muy cruel.
—Sí.
—También bastante preciso.
—Lo sé.
Se quedaron en silencio.
Luego Irene dijo:
—No quiero que me pida perdón.
Clara no respondió.
—No al principio. Si aparece. No quiero que lo primero sea “perdón”. Porque entonces tendría que hacer algo con eso. Y no quiero. No quiero recibir su perdón como si fuera un paquete. No quiero que llegue seis años tarde y encima me toque firmar.
Clara sintió un dolor lento.
—Puedes no aceptar nada.
—¿Eso se puede?
—Sí.
—¿Aunque todos esperen que lo haga?
—Sí.
—¿Aunque él llore?
Clara tragó saliva.
—También.
Irene miró al frente.
—¿Tú qué harías?
La pregunta llevaba años esperándola.
Clara pensó en Daniel joven, en Daniel antes de la deuda, en Daniel haciendo reír a Irene sobre sus hombros, en Daniel mintiendo en la cocina, en Daniel desaparecido, en Daniel posiblemente vivo bajo otro nombre, en Daniel quizá con otra vida, otra gente, otra mujer, otras mesas, otro país.
Pensó en la llamada desde Filipinas.
En el “no body found”.
En la caja.
En el cuaderno.
En los aniversarios.
En la sospecha.
—No lo sé —dijo.
Irene cerró los ojos.
—Mamá.
—Lo digo en serio. Una parte de mí querría verlo. Otra parte querría no darle ni cinco minutos de mi vida. Otra querría preguntarle si durmió bien mientras tú llorabas. Otra querría que alguien más se encargara de él para no tener que volver a ordenarle el desastre.
—¿Y alguna parte lo quiere?
Clara no contestó rápido.
No por no saber.
Por respeto.
—Alguna parte quiso a quien era —dijo—. O a quien pensé que era. Eso no desaparece de forma limpia. Pero querer no siempre significa abrir la puerta.
Irene asintió despacio.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Eso sí me sirve.
Aquella noche Irene durmió en el sofá.
No porque no pudiera ir a su habitación.
Porque no quería estar sola.
Clara no se lo preguntó. Le trajo una manta y se sentó en el sillón con el portátil sobre las piernas, revisando una y otra vez el correo enviado, el vídeo, las capturas, la página de la guesthouse, el canal donde había aparecido Mateo.
Irene fingía dormir.
Clara fingía no saberlo.
A las dos y media de la madrugada, Irene habló sin abrir los ojos.
—¿Crees que tiene otra familia?
Clara dejó de escribir.
La pregunta había estado allí desde el principio, por supuesto. Solo faltaba que alguien tuviera el valor de hacerla.
—No lo sé.
—Pero podría.
—Sí.
Irene abrió los ojos.
—Una hija no.
La voz salió baja.