Capítulo 24 — Irene encuentra una grieta
Irene encontró a su padre un domingo por la tarde, mientras buscaba otra cosa.
Eso le pareció, durante mucho tiempo, una falta de respeto.
Las verdades importantes deberían llegar con aviso.
Con música grave. Con una tormenta decente, al menos.
No en pijama, con una taza de leche fría al lado, el pelo recogido mal y una pestaña del navegador abierta a un trabajo de literatura que no pensaba terminar hasta el último minuto, porque algunas tradiciones familiares había que mantenerlas aunque dieran asco.
Tenía diecisiete años.
Casi dieciocho.
Edad suficiente para que la gente empezara a hablarle como si ya tuviera que saber qué hacer con su vida, y edad insuficiente para dejar de sentirse estúpida cuando algo la rompía por dentro.
Estaba haciendo un trabajo sobre textos autobiográficos contemporáneos.
La profesora había pedido ejemplos de “memoria, identidad y relato personal”.
Irene había escrito el título en un documento en blanco y luego había pasado cuarenta minutos buscando vídeos que no necesitaba ver.
Muy académico todo. Universidad de la procrastinación aplicada.
No sabía por qué buscó Filipinas.
Bueno.
Sí lo sabía.
Pero no lo admitió hasta después.
Primero buscó “desapariciones y memoria texto autobiográfico”. Luego “personas desaparecidas duelo sin cuerpo”. Luego “padres desaparecidos testimonios”. Después, como quien resbala con toda la intención del mundo, escribió:
Daniel Salcedo Filipinas.
No esperaba nada.
Esa era la mentira del día.
Llevaba años buscando de vez en cuando. Cada vez menos.
Los resultados eran los mismos: noticias viejas, páginas duplicadas, notas mal escritas, algún foro basura, un par de enlaces rotos.
Su padre se había convertido en archivo pobre.
Ni siquiera en misterio popular. No había documentales, ni hilos virales, ni teorías con música inquietante.
Solo cinco o seis textos repetidos con fechas antiguas y palabras como “desaparecido”, “Siquijor”, “excursión marítima”, “sin cuerpo”.
La ausencia también tenía mala presencia digital.
Irene escribió la búsqueda, pulsó Enter y esperó.
Los resultados aparecieron.
Viejos.
Casi todos.
Uno nuevo, o al menos no recordaba haberlo visto.
No hablaba de Daniel.
Era un vídeo en una página de viajes pequeña, un canal de esos donde extranjeros enseñaban islas, cafés, playas, alojamientos baratos y consejos con una sonrisa tan constante que parecía una condición médica.
El título decía algo sobre “guesthouses auténticas en Siquijor” y “vida local”.
Irene no habría hecho clic.
No normalmente.
Pero en la miniatura se veía una terraza con mesas de madera, una mujer de pie al fondo, una niña o adolescente cruzando con una mochila, y un hombre de espaldas junto a una puerta.
Nada especial.
Nada.
Un hombre cualquiera.
De espaldas.
Con el pelo corto.
Una camisa clara.
Una postura.
Irene no supo que era su padre.
Primero lo odió.
Después entendió por qué.
Hizo clic.
El vídeo empezó con música alegre, demasiado alta.
Un chico con acento extranjero hablaba a cámara en inglés sobre la isla, la comida local, el ambiente tranquilo, las playas, el precio por noche.
Irene entendía lo suficiente. Había aprendido inglés bien, en parte porque el mundo insistía en ponerle cosas importantes en idiomas que no había pedido.
Avanzó el vídeo.
Habitación.
Comedor.
Platos.
Perros.
Camino de tierra.
Mar.
Una mujer llamada Lian, según los subtítulos, sonreía apenas a cámara y explicaba algo sobre el alojamiento.
Irene no sabía quién era.
Todavía.
El chico decía que allí ayudaba también un español que llevaba años viviendo en la isla y que “conocía bien la zona”.
Irene dejó de respirar bien.
No porque pensara en Daniel.
No aún.
Porque la frase produjo un pequeño ruido en alguna parte antigua de su cuerpo.
Un español.
Años.
Siquijor.
La cámara giró hacia el comedor.
El hombre de espaldas apareció otra vez.
El YouTuber lo llamó:
—Mateo!
El hombre se giró.
El vídeo duraba menos de tres segundos en ese plano.
Tres segundos eran muchísimo.
El pelo era más corto.
La cara más delgada.
La barba distinta.
La piel más oscura por el sol.
Más viejo.
Claro que más viejo.
Todo el mundo tenía derecho a envejecer menos los muertos, y aun así allí estaba aquella cara haciendo algo que se parecía peligrosamente a seguir viva.
Irene pausó el vídeo.
La imagen quedó congelada.
El hombre miraba hacia la cámara con una expresión molesta, como quien no quiere salir en un vídeo pero llega tarde a evitarlo.
Irene acercó la cara a la pantalla.
No.
No podía ser.
No.
La palabra no tuvo fuerza.
No era una negación.
Era una súplica.
Hizo zoom con el navegador. La imagen se pixeló. La cara se volvió más borrosa. Peor. A veces la mala calidad era más cruel que la nitidez, porque obligaba a la imaginación a terminar el trabajo.
Irene retrocedió unos segundos.
Volvió a reproducir.
—Mateo! —decía el chico.
El hombre se giraba.
Levantaba una mano, incómodo.
Decía algo que el micrófono no captaba bien.
La voz apenas se oía.
Pero el gesto.
La forma de levantar la mano.
La manera de tensar la boca antes de sonreír sin querer.
Irene sintió que el estómago se le cerraba.
Volvió a reproducirlo.
Una vez.
Otra.
Otra.
El vídeo siguió después. El chico reía. La cámara cambiaba de plano. El hombre salía de fondo un par de veces más, moviendo una silla, hablando con la mujer de la guesthouse, llevando una caja.
Mateo.
Lo llamaban Mateo.
Irene se levantó de la silla.
El mundo se inclinó un poco.
Fue al baño.
No vomitó.
Le habría gustado vomitar. Habría sido una reacción clara, casi elegante. Pero su cuerpo, siempre tan colaborador en las peores escenas, decidió limitarse a dejarla de pie frente al lavabo, con las manos apoyadas en la cerámica y la boca seca.
Se miró al espejo.
Tenía la cara pálida.
Los ojos enormes.
Parecía más pequeña.
Eso la enfadó.
Volvió al ordenador.
Pausó el vídeo en el mejor fotograma.
Hizo captura.
Luego otra.
Luego otra.
Las guardó en el escritorio con nombres absurdos:
captura1 captura2 captura3
Como si nombrar mal las pruebas pudiera reducir su tamaño.
Abrió una foto antigua de Daniel.
La de perfil de WhatsApp guardada en una carpeta.
Daniel con ella cuando tenía ocho años.
Parque.
Helado.
Gafas de sol.
Sonrisa.
Puso la foto junto a la captura.
No eran iguales.
Evidentemente.
Seis años podían hacer mucho.
El sol, el miedo, la culpa, una vida falsa y la pobreza también tenían sus opiniones sobre la cara de un hombre.
Pero los ojos.
La línea de la nariz.
La boca antes de sonreír.
Irene amplió.
Comparó.
No quería ver.
Vio.
El corazón le golpeaba tan fuerte que le parecía ridículo. Como si el cuerpo hubiera decidido actuar en una película mientras ella intentaba mantener un mínimo de dignidad frente a un archivo jpg.
Abrió el vídeo otra vez.
Leyó la descripción.
Fecha de publicación: hacía ocho meses.
Ocho meses.
No una reliquia de hace años.
No una grabación antigua.
Ocho meses.
El hombre estaba vivo hacía ocho meses.
O alguien con su cara.
O alguien con su gesto.
O alguien llamado Mateo en la isla donde Daniel había desaparecido.
La frase completa apareció por fin.
Mi padre está vivo.
No.
Mi padre podría estar vivo.
No.
Daniel podría estar vivo.
Eligió Daniel porque papá no le cabía en la boca.
Irene se levantó otra vez.
Fue al salón.
Clara estaba en la cocina, cortando verduras. Era domingo, y los domingos Clara cocinaba más de lo necesario, como si llenar la nevera fuera una forma de insultar al caos.
—Mamá.
Clara levantó la vista.
—¿Qué pasa?
Irene no supo qué decir.
La escena que había imaginado mil veces no empezaba así. En sus fantasías, ella encontraba a Daniel en un aeropuerto, en una calle, en una foto clara. Había gritos. Había frases perfectas. Había una versión de ella misma capaz de sostener el mundo con una mirada.
En la vida real, estaba descalza, con un pantalón de pijama viejo, y su madre tenía un cuchillo de cocina en la mano.
Muy épico todo.
—Necesito que vengas.
Clara dejó el cuchillo.
No preguntó.
Eso fue lo primero que asustó a Irene.
Su madre la conocía demasiado bien. O conocía demasiado bien el tono de las desgracias.
Entraron en la habitación.
Irene señaló el ordenador.
—Mira esto.
Clara se acercó.
La pantalla mostraba el vídeo pausado.
El hombre congelado de medio perfil.
La mujer al fondo.
Una mesa.
Una silla.
Luz tropical.
Clara tardó un segundo.
Luego otro.
Irene vio cómo el rostro de su madre perdía color.
No de golpe.
Como si alguien bajara lentamente una persiana.
—¿Dónde has encontrado esto? —preguntó Clara.
Su voz sonó demasiado baja.
—Internet.
—¿Dónde?
—Un vídeo de una guesthouse. En Siquijor.
Clara no tocó el ordenador.
—Ponlo.
Irene reprodujo el fragmento.
—Mateo! —dijo el chico del vídeo.
El hombre se giró.
Levantó una mano.
Dijo algo.
La cámara siguió.
Irene pausó.
Clara no respiraba bien.
—Otra vez —dijo.
Irene lo puso otra vez.
Luego otra.
A la tercera, Clara se sentó en la cama.
No lloró.
No gritó.
No dijo “no puede ser”.
Eso, de alguna forma, confirmó lo peor.
—Mamá.
Clara levantó una mano, pidiendo unos segundos.
Irene se los dio, aunque quería arrancarle una respuesta a mordiscos.
Clara miraba la pantalla.
No como se mira a un fantasma.
Como se mira una factura que una esperaba desde hacía años y aun así duele al llegar.
—Puede no ser él —dijo Clara.
La frase era correcta.
Responsable.
Maternal.
Insoportable.
—Iba a decir eso yo para parecer adulta —respondió Irene—. Gracias por arruinarme el personaje.
Clara la miró.
En otro momento casi habría sonreído.
No ahora.
—Irene.
—Ya lo sé. Puede no ser él. Puede ser otro español con la misma cara, en la misma isla, usando otro nombre y apareciendo justo donde papá desapareció. Supernormal. Pasa cada martes, imagino.
La ironía salió afilada.
No la pudo evitar.