Nadie reclama a los ahogados Capítulo 23 — Lian lo ve #2
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Capítulo 23 — Lian lo ve #2

—No.

Rafael sacó su móvil.

No mostró el vídeo.

No hacía falta.

—No quiero usar siempre la misma carta —dijo—. Aburre. Pero funciona.

Daniel se acercó.

—Escúchame. Si tocas a Irene con esto...

—No tocaré a Irene. Ya te lo dije. No soy un monstruo de cuento. Soy algo peor: práctico. La pregunta es si tú quieres que la historia aparezca por donde menos conviene.

—Hazlo.

Rafael sonrió.

—No. Ya hablamos de eso.

Daniel respiró hondo.

—¿Cuánto se descuenta de la deuda?

—Poco.

—Entonces no voy.

—La deuda económica, poco. La otra, bastante.

Daniel lo miró sin entender.

—¿Cuál otra?

Rafael guardó el móvil.

—La que tienes conmigo por seguir siendo interesante.

—Estás enfermo.

—Sí. Pero de una forma más rentable que la tuya.

Daniel se fue sin despedirse.

No caminó hacia su habitación.

Caminó hacia la guesthouse.

Esta vez no se quedó fuera.

Entró.

Lian estaba cerrando el comedor. Al verlo, se detuvo. No parecía sorprendida. Tal vez había dejado de sorprenderse desde que supo su nombre real.

—Amara? —preguntó Daniel.

—Sleeping.

—Good.

—You should not be here.

—I know.

Lian siguió recogiendo vasos.

—Then why?

Daniel se quedó de pie junto a una mesa.

—Because I did something.

Ella dejó un vaso.

—Bad?

—Yes.

—For Rafael?

—Yes.

Lian cerró los ojos un segundo.

—You come to confess to me?

Daniel tragó saliva.

—Maybe.

La mirada de Lian se endureció.

—No.

—Sorry. No maybe. Yes.

—Why?

Él no entendió.

—What?

—Why confess to me? I am not priest. I am not wife. I am not police.

Daniel bajó la mirada.

—Because I don’t know where else to put it.

La frase salió antes de que pudiera adornarla.

Lian se quedó callada.

Por una vez, no respondió enseguida.

—That is honest —dijo al fin—. But selfish.

Daniel asintió.

—Yes.

—What did you do?

Le contó.

No todo con detalle. Lo suficiente. Los españoles, el terreno, Rafael, la reunión, las advertencias, la forma en que incluso intentando poner límites había acabado sirviendo a la operación.

Lian escuchó sin interrumpir.

Eso lo empeoró.

Cuando terminó, ella se sentó en una silla.

Parecía cansada de una forma antigua.

—You still sell lies.

Daniel cerró los ojos.

—Yes.

—Even when you try not.

—Yes.

—Then stop going.

—Rafael—

—No.

La palabra salió seca.

—No Rafael. You.

Daniel abrió los ojos.

Lian lo miraba sin odio.

Ese era el problema. El odio habría sido un lugar más fácil.

—You say he knows. You say he can tell. You say he can hurt. Always he, he, he. But you go. You sit. You speak. You choose.

Daniel sintió que cada frase le quitaba una capa de excusa.

—If he tells the truth, it destroys them.

—Maybe truth destroys lie.

—And Irene?

Lian sostuvo su mirada.

—You already hurt Irene with lie. You think truth belongs to you because you are afraid of it.

Daniel no pudo responder.

Lian se levantó.

—You need leave island.

La frase llegó limpia.

Él levantó la cabeza.

—What?

—Leave.

—If I leave, Rafael—

—If you stay, Rafael. If you stay, trouble. If you stay, Amara ask more. If you stay, I become person holding your secret. I did not ask.

Daniel sintió una presión en el pecho.

—Lian.

—No.

—Please.

—You are not bad because you are broken. Many people broken. You are dangerous because you make broken thing into house and invite people inside.

Daniel se quedó inmóvil.

La frase le pareció tan exacta que durante un segundo no supo si la había oído o si Clara la había pronunciado años atrás en otra cocina.

—Leave —repitió Lian—. Not tomorrow. Soon.

Daniel miró alrededor.

El comedor.

Las mesas.

El ventilador.

La zona donde Amara hacía deberes.

La entrada.

La cocina.

Todo lo que había empezado a parecer una vida pequeña.

—Where? —preguntó.

Lian no suavizó la voz.

—Not here.

Daniel asintió despacio.

Se dio media vuelta.

—Daniel —dijo ella.

Él se detuvo.

—If you leave to repeat somewhere else, then Rafael wins even if you never see him again.

Daniel cerró los ojos.

Ahí estaba.

La salida habitual, bloqueada por una frase.

No geográficamente.

Moralmente.

Podía irse de la isla. De Filipinas. De cualquier sitio. Pero si se iba como siempre, la huida sería otro nombre de la misma enfermedad.

—What should I do? —preguntó sin girarse.

Lian tardó.

—Answer someone.

La frase fue pequeña.

Casi demasiado simple.

Responder a alguien.

A Clara.

A Irene.

A la policía.

A sí mismo.

A cualquiera.

Daniel salió sin decir nada más.

Esa noche no fue a su habitación.

Se sentó junto al mar, lejos del lugar donde había fingido morir y lejos de cualquier sitio que pudiera convertir en símbolo con demasiada facilidad.

Encendió el teléfono.

Abrió el chat inexistente que no podía abrir, porque no tenía el número de Clara allí, ni el de Irene, ni nada que conectara directamente con su vida anterior. No en ese teléfono. Esa había sido la idea. Cortar. Separar. No tener tentaciones.

Mentira.

No tener caminos de vuelta.

Pero los caminos existían.

Internet existía.

Los consulados existían.

Las embajadas existían.

Los correos existían.

Los números podían encontrarse.

Las verdades también.

Daniel buscó el vídeo de Irene una vez más.

Lo abrió.

Ella apareció en el escenario.

Irene Salcedo Molina.

A veces una persona no se va de una casa. Se queda viviendo en lo que no se dice.

Daniel pausó.

Miró el mar.

Luego la pantalla.

Luego el mar otra vez.

Durante seis años había creído que su castigo era no poder volver.

Ahora empezaba a entender que volver no era el castigo.

Era la primera respuesta.

Y él llevaba toda la vida evitando responder.

A la mañana siguiente no fue con Rafael a ver el terreno.

Apagó el teléfono.

Lo encendió.

Lo volvió a apagar.

A media tarde, Rafael apareció frente a su habitación barata.

Daniel abrió la puerta antes de que llamara por segunda vez.

—Qué decepción —dijo Rafael—. Y yo que había preparado elogios sobre tu compromiso profesional.

Daniel salió al pasillo.

—No voy a seguir.

—Eso dijiste antes de seguir.

—Esta vez no.

Rafael lo miró.

—Qué tono tan bonito. ¿Lian?

Daniel no respondió.

—Sí. Lian. Esa mujer debería cobrar por destruir coartadas.

—Déjala fuera.

—Daniel, no sabes hacer otra cosa que meterla dentro y luego pedirme que la saque.

Daniel tragó saliva.

Rafael observó su cara.

—Vas a hacer algo estúpido.

—Seguramente.

—¿Confesar?

La palabra apareció sin ceremonia.

Daniel no respondió.

Rafael sonrió, pero esta vez había menos diversión.

—No lo harás.

—¿No?

—No. Porque confesar no es decir “me equivoqué” con música triste. Confesar es permitir que los demás te nombren sin tu permiso. Y tú no soportas eso. Por eso fingiste morir. Para controlar la versión definitiva.

Daniel sintió que cada palabra encontraba un sitio.

Rafael se acercó.

—Si confiesas, Clara te odiará con derecho.

Tu hija te mirará como se mira una ruina que se parece demasiado a una casa.

Lian te perderá el poco respeto práctico que te queda.

La policía te convertirá en papeles. La prensa quizá en anécdota.

Y tú, por primera vez en años, no podrás elegir el encuadre.

Daniel respiró despacio.

—Lo sé.

Rafael lo estudió.

Algo cambió en su mirada.

Por primera vez, quizá, Rafael no parecía estar jugando del todo.

—Entonces no estás pensando en confesar —dijo—. Estás pensando en suicidarte socialmente.

Daniel soltó una risa baja.

—Ya fingí lo otro. Hay que innovar.

Rafael no sonrió.

—No seas idiota.

Daniel levantó la vista.

—¿Ahora me aconsejas?

—Ahora me estropeas un activo.

—Ahí está.

—Sí. Ahí está. Prefiero la honestidad sucia a la épica barata.

Daniel abrió la puerta de la habitación.

—Vete.

Rafael puso una mano contra el marco.

—Si lo haces, no podrás volver a ser Mateo.

Daniel lo miró.

—Mateo no existe.

—Funcionaba.

—Sí.

Daniel pensó en Lian.

En Amara.

En Irene.

En Clara.

En la mesa de juego.

En los españoles.

En la camisa blanca.

En el cuaderno.

En el mar.

—Ese era el problema —dijo.

Rafael lo sostuvo con la mirada.

Luego apartó la mano.

—Te doy veinticuatro horas.

Daniel casi sonrió.

—¿Para qué?

—Para arrepentirte de tu ataque de decencia.

—No es decencia.

—No. Es agotamiento moral. A veces se parecen. Veinticuatro horas.

—¿Y luego?

Rafael se puso las gafas.

—Luego recordaré que soy práctico.

Se fue.

Daniel cerró la puerta.

La habitación quedó en silencio.

Veinticuatro horas.

Otra cuenta atrás.

Otra oportunidad de correr.

Otra ocasión de elegir una cobardía conocida.

Daniel se sentó en la cama.

Por primera vez en mucho tiempo, no abrió el vídeo de Irene.

No buscó noticias.

No calculó dinero.

No pensó en rutas.

Solo pensó en una frase de Lian.

Answer someone.

Responder a alguien.

La verdad, entendió, no empezaba con una confesión completa.

Empezaba con dejar de aplazar.

Daniel encendió el teléfono.

Buscó el contacto del consulado español en Filipinas.

La página tardó en cargar.

La conexión era mala.

Por supuesto.

Hasta la red parecía pedirle que se lo pensara.

Cuando apareció el número, Daniel lo copió en una hoja.

No llamó.

Todavía no.

Pero escribió debajo:

Mi nombre es Daniel Salcedo.

Miró la frase.

Le temblaba la mano.

No por miedo al nombre.

Por miedo a que, esta vez, alguien respondiera.