Capítulo 23 — Lian lo ve
Daniel llegó a la dirección de Rafael a las cinco y cuarenta y nueve.
Once minutos antes.
La puntualidad, pensó, era una forma miserable de obediencia cuando uno iba camino de hacer algo sucio.
El lugar estaba en una zona tranquila cerca de la carretera principal, una casa baja con terraza cubierta, plantas en macetas grandes y una verja de metal pintada de verde. No parecía oficina. No parecía trampa. Eso lo hacía peor. Las trampas buenas siempre parecían casas de alguien.
Rafael estaba sentado en la terraza, con una camisa blanca colgada del respaldo de una silla y dos vasos sobre la mesa.
—Llegas pronto —dijo.
—Estoy explorando nuevos defectos.
—No exageres. La puntualidad es útil. Solo se vuelve triste cuando la usas para llegar a tu propia degradación.
Daniel no contestó.
Rafael señaló la camisa.
—Póntela.
Daniel la miró.
—No voy a disfrazarme.
—Claro que sí. Llevas seis años disfrazado. Esto solo está mejor planchado.
Daniel cogió la camisa.
Entró en un baño pequeño que olía a jabón barato y humedad. Se quitó su camiseta, se puso la camisa y se miró en el espejo.
Durante un segundo vio al antiguo Daniel.
No completo.
No joven.
No limpio.
Pero sí reconocible.
La camisa le devolvía algo que Mateo había intentado perder: una forma de autoridad falsa, de hombre que sabía sentarse frente a otros y hacer que una mentira pareciera una estructura. El pelo corto, la barba más descuidada y la piel castigada por el sol rompían la imagen, pero no lo suficiente.
Todavía podía parecer fiable.
Qué condena tan práctica.
Salió.
Rafael lo observó.
—Ahí está. El muerto con experiencia comercial.
—Cállate.
—No lo digo como insulto. Hay mercados para todo.
Daniel se acercó a la mesa.
—¿Quiénes vienen?
—Dos españoles. Uno de Alicante, otro de Zaragoza.
Socios recientes, lo que en mi experiencia significa que ya desconfían el uno del otro pero aún no han perdido suficiente dinero para decirlo.
Quieren invertir en una propiedad pequeña.
Alojamiento turístico. Cuatro habitaciones, quizá seis si sobornan a la imaginación.
—¿Y el terreno?
—Existe.
—No he preguntado eso.
Rafael sonrió.
—Muy bien. El terreno existe, el vendedor existe, las dudas legales existen, los permisos existen como posibilidad estética y el optimismo de los compradores existe en cantidades industriales.
Daniel se pasó una mano por la cara.
—Esto es una estafa.
—No necesariamente. Es una operación con demasiada niebla.
—Eso es una estafa con sombrero.
—No seas burgués. En las islas todo tiene niebla. Propiedades, herencias, permisos, primos, títulos, caminos, lindes, promesas. Los europeos llegan queriendo papeles limpios en lugares donde la historia se ha escrito más con familias que con notarios.
—No me uses para venderles seguridad.
—No. Te uso para venderles comprensión. La seguridad es demasiado cara.
Daniel miró hacia la carretera.
Podía irse.
Todavía.
La puerta estaba detrás. La verja abierta. Sus piernas funcionaban. No había pistola, ni cadena, ni mano en el hombro. Solo deuda, miedo, vergüenza, Lian, Amara, Irene, Clara, Rafael y la vieja costumbre de seguir avanzando cuando la salida quedaba a la espalda.
Rafael le ofreció un vaso de agua.
Daniel lo rechazó.
—No bebas si no quieres —dijo Rafael—. Pero no pongas cara de mártir. Los mártires, por lo menos, suelen creer en algo.
A las seis y siete llegaron los españoles.
Uno se llamaba Víctor y llevaba camisa azul, reloj grande y esa energía de hombre que habla de inversiones como si hubiera descubierto el fuego en un curso de fin de semana. El otro, Andrés, era más callado, más joven, más nervioso. Miraba alrededor con una mezcla de ilusión y sospecha.
Daniel los reconoció al instante.
No a ellos.
A la especie.
Hombres que habían venido a comprar una salida. Un pequeño negocio en una isla. Una terraza con vistas. Habitaciones para turistas. Vida sencilla. Menos impuestos. Más sol. Un cambio. Una palabra muy bonita cuando no se ha leído la letra pequeña.
—Rafael —dijo Víctor, abriendo los brazos—. Por fin.
—El tiempo en Filipinas es una sugerencia —respondió Rafael—. Pero yo intento no abusar.
Miró a Daniel.
—Este es Mateo. Español también. Lleva años aquí. Nos ayuda con algunas cosas.
Mateo.
No Daniel.
La mentira salió de la boca de Rafael con comodidad perfecta.
Víctor le estrechó la mano.
—Joder, qué bien encontrar a alguien de los nuestros.
De los nuestros.
Daniel casi sintió náusea.
—Encantado —dijo.
Andrés también le estrechó la mano.
—¿De dónde eres?
La pregunta era simple.
La simpleza podía matar.
—Madrid.
—Ah. Nosotros hemos venido desde Alicante, pero yo soy de Zaragoza —dijo Andrés—. Bueno, lío largo.
—Aquí todos los líos son largos —dijo Daniel.
Rafael sonrió de lado.
Se sentaron.
La conversación empezó con cortesía: vuelos, calor, comida, lo complicado de entender ciertas cosas, lo barato que parecía todo hasta que dejaba de serlo, la belleza de la isla, los gallos, la humedad, las motos, el sueño de montar algo pequeño y vivir “más tranquilo”.
Más tranquilo.
Daniel miró a Víctor mientras hablaba de tranquilidad con la mandíbula apretada, revisando cada tres minutos el móvil, corrigiendo a Andrés y mirando a Rafael como quien quiere confiar, pero no del todo.
No venían a vivir tranquilos.
Venían a comprar otra versión de sí mismos.
Daniel conocía el impulso.
Lo había llevado hasta el mar.
—El terreno está bien situado —decía Rafael—. No es primera línea, por eso el precio sigue siendo razonable. Pero está cerca de una zona con movimiento. Si se hace algo pequeño, con cabeza, sin querer construir Benidorm con gallinas, puede funcionar.
Víctor se rio.
Andrés no.
—¿Y el tema de permisos? —preguntó Andrés.
Rafael miró a Daniel.
Ahí estaba.
La pelota.
El gesto limpio.
Tu turno.
Daniel sintió el impulso antiguo subirle por la garganta. Tomar la duda, envolverla, convertirla en frase digerible.
Podía decir: es cuestión de gestionarlo bien.
Podía decir: aquí las cosas van por pasos.
Podía decir: hay que tener paciencia y alguien local.
Podía decir: no hay garantías, pero hay camino.
Todas eran frases útiles.
Ninguna era completamente falsa.
Esa era la belleza sucia del oficio.
Daniel bebió agua.
Sí había aceptado el vaso al final, al parecer. Ni siquiera recordaba haberlo cogido.
—No compréis nada sin abogado local independiente —dijo.
Rafael no movió la cara.
Víctor parpadeó.
—Sí, claro, eso lo damos por hecho.
—No lo deis por hecho. Hacedlo. Y que no lo recomiende nadie que cobre por la operación.
El silencio cambió.
Andrés miró a Víctor.
Víctor miró a Rafael.
Rafael siguió tranquilo.
—Mateo es prudente —dijo—. Por eso lo traje.
Daniel lo miró.
Hijo de puta.
Rafael era lo bastante bueno para adaptar la trampa en marcha.
—Claro, claro —dijo Víctor—. Nosotros queremos hacerlo bien. Pero también hay que moverse, porque si no, estas oportunidades vuelan.
Daniel reconoció la frase.
Oportunidades que vuelan.
Urgencia.
Escasez.
La música barata de cualquier venta peligrosa.
—Las oportunidades que necesitan que corras suelen llevar a alguien esperando con una factura al final —dijo Daniel.
Andrés lo miró con más atención.
—¿Tú comprarías?
Rafael apoyó la espalda en la silla.
No intervino.
Daniel supo que esa era la pregunta real.
Podía salvarlos.
O podía cumplir.
O podía intentar esa zona intermedia donde los cobardes se construyen una casa: advertir lo suficiente para sentirse limpios y callar lo suficiente para seguir cobrando.
—Yo no compraría sin ver papeles —dijo.
—¿Pero el sitio? —insistió Víctor—. El potencial.
Potencial.
Otra palabra criminal con perfume de escuela de negocios.
Daniel miró a Rafael.
Rafael sonrió apenas.
Como si dijera: muy bien, Daniel, muéstrame cuánto te pesa la conciencia cuando hay gente mirando.
Daniel volvió a Andrés.
—El sitio puede funcionar. Pero una cosa es que funcione un negocio y otra que funcione vuestra fantasía. Eso tenéis que separarlo.
Víctor se rio, incómodo.
—Hablas como mi ex.
—Entonces quizá tu ex tenía razón en algo.
Andrés sonrió sin querer.
La tensión bajó un poco.
Rafael aprovechó para entrar.
—Lo que Mateo quiere decir es que la isla no perdona a quien viene con prisa. Pero vosotros no venís con prisa. Venís a evaluar.
Mentira.
Venían con la cartera ardiendo.
Daniel vio cómo la frase de Rafael los acomodaba. Especialmente a Víctor. El hombre quería que alguien llamara evaluación a su impulso.
Durante una hora hablaron de números, de reformas, de temporadas, de turistas, de costes aproximados, de contactos locales.
Daniel intervino poco. Cada vez que Rafael intentaba que suavizara algo, Daniel ponía un borde.
Cada vez que Víctor intentaba convertir el riesgo en anécdota, Daniel lo devolvía a la mesa.
No los salvó.
Tampoco los hundió.
Qué heroísmo más mediocre.
Al final, Rafael propuso ir al día siguiente a ver el terreno.
Víctor aceptó enseguida.
Andrés dijo que quería revisar algunas cosas antes.
Daniel sintió una pequeña gratitud hacia Andrés, un desconocido con la decencia mínima de tener miedo.
Cuando se fueron, Rafael esperó hasta que el ruido de la moto desapareció.
Luego aplaudió una vez.
—Precioso.
Daniel se quitó la camisa prestada allí mismo, en la terraza.
Rafael levantó una ceja.
—Tampoco hace falta erotizar la culpa.
Daniel le tiró la camisa sobre la mesa.
—No vuelvas a llamarme para esto.
—Has estado magnífico.
—He estado en contra.
—No. Has estado creíble. Mucho mejor.
Daniel sintió ganas de golpearlo otra vez.
—Les he dicho que busquen abogado independiente.
—Y eso los hará confiar más en ti. Un vendedor que advierte parece honesto. Un clásico. Creí que lo recordarías.
Daniel se quedó quieto.
Rafael tenía razón.
Otra vez.
Había intentado no vender.
Y vendió mejor.
Qué talento tan repugnante, el de seguir siendo útil para la mierda incluso cuando uno intenta resistirse.
—No voy mañana —dijo.
—Sí irás.