Capítulo 21 — La deuda de Mateo #2
La bombilla zumbaba.
La mesa olía a cerveza derramada.
—No pongas esa cara —dijo Rafael.
—¿Qué cara?
—La de hombre que descubre una escalera después de tirarse por la ventana.
Daniel se pasó las manos por la cara.
—Te pagaré.
—Claro.
—No necesito que me hables así.
—Sí lo necesitas. Lo que pasa es que preferirías que te cobrara sin narrarlo.
Daniel levantó la vista.
—¿Cuánto?
Rafael dijo la cifra.
Daniel ya la sabía.
Quería oírla.
Eso la hizo peor.
—Puedo pagarte en partes.
Rafael se reclinó.
—Puedes.
—Entonces...
—También puedes hacerme un favor.
Daniel cerró los ojos.
Ahí estaba.
No el dinero.
El favor.
Las deudas verdaderamente peligrosas no se pagan con billetes. Se pagan con puertas abiertas.
—No.
Rafael sonrió.
—Ni sabes qué es.
—Por eso.
—Qué pena. Estabas empezando a parecer prudente. Me estaba preocupando.
Daniel se levantó.
—Te pagaré en partes.
—Mateo.
El nombre falso sonó como una cuerda.
Daniel no se giró.
—Daniel.
Ahí sí.
Rafael se levantó también.
—No tienes partes suficientes.
Daniel apretó los puños.
—No la metas a ella.
—¿A cuál?
Daniel se giró.
Rafael sonrió sin alegría.
—Eso es lo fascinante de tu situación. Hay varias mujeres a las que podrías estar intentando proteger de una deuda que, como de costumbre, fabricaste tú.
Daniel dio un paso hacia él.
—No menciones a Irene.
—No pensaba hacerlo.
Rafael lo miró.
—Yo hablaba de Lian.
El silencio fue inmediato.
Rafael siguió:
—Las deudas siempre buscan familia. Aunque uno se invente no tenerla.
Daniel sintió que la frase le entraba como una cuchilla.
—Ella no es mi familia.
—No. Pero a ojos de cualquiera que te observe tres días, es lo más parecido que tienes aquí. Eso basta.
Daniel pensó en Lian diciendo: If your past comes here, you leave.
Pensó en Amara preguntando si había hecho algo muy malo.
Pensó en Clara en una cocina de Madrid.
En la repetición.
La plantilla.
El patrón sobreviviendo al cadáver.
—Si te acercas a ellas —dijo—, te mato.
Rafael suspiró.
—Qué vulgaridad.
—Pruébame.
—Daniel, si fueras capaz de sostener una amenaza real, no habrías fingido morir. Habrías enfrentado algo.
El golpe fue tan limpio que Daniel no reaccionó.
Rafael recogió su bolsa.
—No quiero hacer daño a nadie. De verdad. La violencia es ruidosa y normalmente mala para el negocio. Pero necesito que entiendas algo: tú ya no eres solo un hombre con culpa. Eres un hombre útil.
—No voy a trabajar para ti.
—No lo llames trabajar. Te dará alergia.
Daniel rio una vez, sin humor.
—¿Qué quieres?
—Mañana hablamos.
—Dímelo ahora.
—No. Ahora estás demasiado dramático. Mañana estarás igual de atrapado, pero con sueño. La gente con sueño negocia mejor.
Rafael salió de la terraza.
Daniel se quedó solo.
El dinero de la mesa ya no estaba.
Las cartas tampoco.
Solo quedaba el olor.
Y la cuenta.
Volvió caminando sin saber bien hacia dónde.
No fue a la guesthouse.
No podía.
No después de Lian.
No después de Rafael.
No después de haber dicho durante años, con otros nombres y otras mujeres, que todo estaba bajo control justo antes de empujar el mundo por una escalera.
Se detuvo cerca del mar.
El agua estaba negra.
No se acercó demasiado.
Se sentó en la arena húmeda y abrió el teléfono barato.
No tenía mensajes.
Claro.
Nadie podía escribirle porque nadie debía saber dónde estaba.
Esa era la gran victoria de su nueva vida: estar perfectamente solo en el momento exacto en que necesitaba que alguien lo detuviera.
Abrió el enlace del vídeo de Irene.
No lo vio entero.
Solo el primer minuto.
Irene Salcedo Molina.
A veces una persona no se va de una casa. Se queda viviendo en lo que no se dice.
Pausó.
La pantalla iluminaba su cara.
—Lo siento —dijo.
A una imagen.
A una playa.
A nadie útil.
Otra vez.
Apagó el móvil.
La deuda de Mateo acababa de nacer y ya tenía apellido.
Mendoza.
Durmió en una habitación barata cerca de la carretera, en un sitio donde el ventilador hacía un ruido de hélice cansada y la sábana olía a detergente barato.
Por la mañana se despertó con la cabeza pesada, la boca seca y esa sensación antigua de haber dejado una versión peor de sí mismo funcionando mientras él dormía.
En el bolsillo tenía poco dinero.
En el cuerpo, cansancio.
En la cabeza, una lista inmediata de mentiras posibles.
No había pasado nada.
Fue solo una partida mala.
Rafael exagera.
Puedo pagarlo.
No tocará a Lian.
No tocará a Amara.
Esto no es como antes.
Esto no es Madrid.
Yo ya no soy Daniel.
Las frases desfilaron obedientes.
Bien peinadas.
Ridículas.
Se duchó con agua fría.
Se miró en un espejo manchado.
El pelo más corto.
La barba más áspera.
La piel más vieja.
Mateo Santos, vivo.
Daniel Salcedo, repitiéndose.
A media mañana fue a la guesthouse.
No quería ir.
Por eso fue.
Quería convencerse de que todavía podía entrar en aquella casa sin contaminarla más.
Lian estaba en el comedor, revisando una lista de compras. Al verlo, no sonrió. Tampoco lo echó.
—Amara at school —dijo.
Daniel asintió.
—I know.
—Good.
La distancia en su voz era precisa.
No exagerada.
No teatral.
Solo suficiente para recordarle que estaba allí por permiso temporal.
—Can we talk? —preguntó él.
Lian dejó el lápiz sobre la mesa.
—You have truth?
Daniel sintió que la pregunta lo dejaba desnudo.
No “¿tienes algo que decir?”
No “¿qué pasa?”
No “¿qué hizo Rafael?”
Tienes verdad.
Como si la verdad fuera una herramienta que uno podía traer o dejar olvidada en casa.
—Some —dijo.
Lian lo miró.
—Some truth is often just better lie.
Daniel bajó la vista.
—Rafael is trouble.
—Yes.
—For me.
—Yes.
Daniel tragó saliva.
—Maybe for you if I stay around.
Lian se quedó quieta.
La palabra maybe volvió a la mesa como una cucaracha conocida.
Daniel corrigió:
—For you. If I stay around.
Lian asintió apenas.
—Better.
—He knows who I was.
—Daniel.
El nombre salió de ella sin temblar.
Daniel aceptó el golpe.
—Yes.
—And he wants money?
Daniel tardó demasiado.
Lian lo vio.
—You owe him.
Silencio.
—Yes —dijo Daniel.
Lian cerró los ojos.
No mucho.
Un parpadeo largo.
Como si hubiera esperado otra cosa y, al mismo tiempo, no hubiera esperado nada mejor.
—Gambling? —preguntó.
Daniel no respondió.
La respuesta llenó sola el comedor.
Lian se sentó.
No parecía enfadada.
Eso fue peor.
Parecía cansada de una historia que acababa de empezar y ya sabía vieja.
—You told me bad things —dijo.
—Yes.
—You did not tell me same bad things still walking with you.
Daniel sintió que la frase le abría el pecho.
—Lian...
—No.
Ella levantó una mano.
—You do not speak now. I speak.
Daniel cerró la boca.
Lian miró hacia la carretera, como si comprobara que Amara no estaba.
Luego volvió a él.
—I don’t care if your name is Daniel, Mateo, ghost, whatever. I care what comes to my house. You came with lies. I let you work because you were useful and because maybe I am stupid.
—You’re not.
—No. Do not make me feel better. I am speaking.
Daniel asintió.
Lian continuó:
—You say you are danger but you stay near. You say you are sorry but you repeat. You say you protect people but bring men like Rafael.
—He found me.
—Because you are findable.
La frase fue simple.
Brutal.
Porque era verdad.
No era que Rafael hubiera sido un milagro oscuro.
Daniel había dejado rastros.
No solo digitales.
Humanos.
Costumbres.
Debilidades.
Mesas de juego.
Español.
Orgullo.
—What do you want from me? —preguntó Daniel en voz baja.
Lian lo miró con una tristeza seca.
—Nothing.
Aquello dolió más que cualquier petición.
—Then why talk?
—Because I want you understand before I close door.
Daniel sintió que algo se hundía.
—You want me gone.
—Yes.
No hubo duda.
—From here. From Amara. From my house.
Daniel asintió despacio.
Merecido.
Limpio.
Tarde.
—Okay.
La palabra salió rota.
Lian lo miró.
—No “okay” like victim.
Daniel levantó la vista.
—What?
—You do this. Not me.
El golpe era necesario.
Lo sabía.
Aun así dolió.
—Yes —dijo.
Lian respiró.
—You pay Rafael how?
—In parts.
Lian lo miró como si acabara de escuchar a un niño explicar economía marítima a un pez.
—You have money?
—No.
—Then no parts.
Daniel bajó la mirada.
—He wants a favor.
—What favor?
—He hasn’t said.
—Then it is bad.
—Yes.
Silencio.
Un turista cruzó el jardín a lo lejos, con una toalla al hombro. La vida ajena seguía teniendo la osadía de necesitar desayunos, playas y taxis mientras las ruinas elegían forma.
—Do not do favor —dijo Lian.
Daniel casi sonrió.
—That simple?
—No. But true.
—If I don’t...
—He tells people?
Daniel no respondió.
—About Daniel?
Daniel asintió.
—Maybe.
—Then maybe truth comes.
La palabra verdad volvió.
Daniel sintió miedo.
No al escándalo.
No solo.
A Clara.
A Irene.
Al vídeo.
A una llamada desde España.
A la historia abriéndose de golpe como una caja llena de agua podrida.
—That would destroy them —dijo.
Lian lo miró con dureza.
—You already did.
Daniel se quedó sin aire.
Lian no se disculpó.
Bien.
No había por qué.
—Truth will hurt —dijo ella—. Lie keeps hurting.
Daniel apoyó las manos en una silla.
—You sound like Clara.
—Who is Clara?
Él cerró los ojos.
Ya estaba.
Otro nombre en la casa.
—My ex-wife.
Lian asintió despacio.
—She alive?
—Yes.
—Your child?
—Yes.
—Then you still have people to answer.
Daniel se rió sin alegría.
—I don’t know how.
—Start with stop making new damage.
Una receta sencilla.
Intolerable.
La conversación terminó ahí.
No porque todo estuviera dicho.
Porque Lian ya no quería sostenerlo más.
Daniel salió de la guesthouse con la sensación de haber recibido una sentencia sin tribunal. Antes de cruzar la verja, escuchó a Lian detrás.
—Daniel.
Se giró.
Ella estaba en la entrada del comedor.
—If Rafael comes here, I call police.
Daniel asintió.
—Good.
—If you come when Amara here, I send you away.
—Good.
—If you lie to me again...
No terminó.
No hacía falta.