Capítulo 21 — La deuda de Mateo #3
Daniel esperó el final de la frase de todos modos, como si necesitara una condena completa.
Lian no se la dio.
Entró.
La puerta quedó abierta.
Pero no para él.
Esa tarde Daniel fue a buscar a Rafael.
Lo encontró en el mismo sitio, detrás de la tienda, sentado solo con un vaso de algo claro y el móvil sobre la mesa.
—Mira quién viene —dijo Rafael—. El hombre que descubre consecuencias en temporada alta.
Daniel se sentó frente a él.
—No voy a hacer favores.
Rafael lo observó.
—Mal comienzo.
—Te pagaré.
—No tienes dinero.
—Trabajaré.
—No tienes trabajo.
—Lo conseguiré.
—No tienes papeles.
Daniel se calló.
Rafael dio un sorbo.
—Podríamos seguir así toda la tarde, pero tengo aprecio por mi propia inteligencia.
—No tocarás a Lian.
—Sigues hablando como si estuvieras en posición de prohibir.
Daniel se inclinó hacia él.
—Rafael.
—Daniel.
El nombre verdadero sobre la mesa.
Como una carta más.
—No la metas.
Rafael suspiró.
—Yo no meto a nadie. Tú metes a la gente cuando la usas de escondite. Pero te concedo algo: no me interesa la señora. Ni la niña. Ni tu hija en Madrid, si es lo que te quema en la garganta.
Daniel no se movió.
—Me interesas tú.
—¿Para qué?
Rafael sonrió.
—Para algo pequeño. Muy digno de Mateo Santos.
Traducción, compañía, presencia española.
Un conocido mío va a cerrar una operación con dos compatriotas tuyos.
Compra de un pequeño terreno, inversión turística, promesas de palmeras y rentabilidad.
Necesitan a alguien que parezca de fiar y hable bonito. Tú hablabas bonito, ¿no?
Daniel sintió asco.
No por Rafael.
Por el reconocimiento.
—Quieres que venda.
—Quiero que acompañes.
—Quieres que mienta.
—Quiero que traduzcas el optimismo.
Daniel se levantó.
—No.
—Entonces pagarás de otra forma.
—¿Cuál?
Rafael lo miró.
—Con verdad.
Daniel se quedó quieto.
Rafael tocó el móvil.
—Un mensaje. Una publicación. Una llamada. Hay muchas formas de resucitar a un muerto. Algunas son casi religiosas. Otras solo requieren buena conexión.
Daniel sintió que el mundo volvía a estrecharse.
—Eres un cabrón.
—Sí. Pero también soy el único aquí que te habla como adulto.
—Me estás chantajeando.
—Tarde has tardado en llegar a una palabra exacta. Bienvenido de nuevo al español.
Daniel miró alrededor.
La tienda.
La carretera.
El calor.
La mesa.
La botella.
Todo era pequeño.
La amenaza, no.
—No voy a estafar a nadie —dijo.
Rafael levantó las cejas.
—Qué frase tan ambiciosa para un hombre que lleva años cobrando vida bajo identidad falsa.
Daniel no encontró respuesta.
—No es una estafa —continuó Rafael—. De momento. Es una operación gris. Nadie obliga a nadie. Los españoles quieren comprar futuro barato en una isla que no entienden. Alguien les va a vender futuro barato en una isla que no entienden. Tú solo haces que el idioma duela menos.
—No.
Rafael cogió el móvil.
Lo desbloqueó.
Lo giró hacia Daniel.
En pantalla estaba la página del vídeo de Irene.
No reprodujo nada.
No hacía falta.
Solo el título.
El nombre.
Irene Salcedo Molina.
Daniel sintió que la sangre se le iba de la cara.
—No la uses.
Rafael apagó la pantalla.
—Entonces paga.
Daniel cerró los ojos.
Ahí estaba la trampa completa.
No espectacular.
No cinematográfica.
Una mesa barata.
Una deuda pequeña.
Un favor sucio.
Un vídeo de su hija usado como cuerda.
Exactamente el tipo de mundo que Daniel había fabricado durante años, solo que ahora alguien con más talento había decidido vivir dentro.
—Una vez —dijo Daniel.
La frase salió baja.
Rafael sonrió.
—Claro.
Una vez.
La más antigua de todas.
Daniel se oyó a sí mismo y entendió que acababa de perder algo más que dinero.
Volvió a caminar hasta la guesthouse al caer la tarde, aunque sabía que no debía. No entró. Se quedó cerca de la carretera, mirando el comedor desde lejos.
Amara no estaba a la vista.
Lian sí.
Movía sillas.
Una escena normal.
Una mujer cerrando un día de trabajo.
Daniel pensó en acercarse y decirle la verdad.
La nueva.
Rafael quiere que haga algo sucio.
He dicho que sí.
Tengo miedo.
No sé parar.
Ayúdame o échame o llama a la policía.
Podía.
Otra vez, podía.
La oportunidad estaba allí, pequeña, limpia, suficiente.
Lian levantó la vista y lo vio.
No saludó.
Solo lo miró.
No con odio.
Con esa tristeza precisa de quien ve venir una mentira antes de escucharla.
Daniel cruzó la verja despacio.
Lian esperó en la entrada del comedor.
—Mateo —dijo.
No Daniel.
Mateo.
Quizá por costumbre.
Quizá por distancia.
Quizá porque todavía no sabía qué nombre usar para un hombre que había roto los dos.
—Are you in trouble? —preguntó.
Daniel sintió que el mundo entero se reducía a esa pregunta.
Podía decir que sí.
La oportunidad estaba entera.
Limpia.
Pequeña.
Suficiente.
Sí.
Estoy en problemas.
Lo he vuelto a hacer.
Rafael me tiene.
No sé cómo salir.
No quiero arrastraros.
Sí.
Una sílaba.
La verdad no siempre era complicada. A veces era insoportable, pero breve.
Daniel abrió la boca.
Y el viejo mecanismo llegó antes que él.
—No —dijo.
Lian no parpadeó.
El silencio posterior fue más largo que la mentira.
Daniel quiso corregirse.
Decir sí.
Decir espera.
Decir perdón.
Decir Daniel Salcedo es un hombre lento incluso para salvarse.
No dijo nada.
Lian asintió una vez.
Muy despacio.
—Then leave.
Daniel bajó la mirada.
—Lian...
—No trouble, no need stay.
La lógica era perfecta.
Cruel, exacta, hermosa.
Daniel dio un paso atrás.
Después otro.
Salió de la verja.
La puerta quedó entre ellos.
No cerrada.
Peor.
Abierta y aun así imposible.
Caminó hacia la carretera.
Detrás, Lian volvió al comedor.
No lo llamó.
No preguntó otra vez.
No le ofreció una tercera oportunidad.
Y así empezó otra vez.