Nadie reclama a los ahogados Capítulo 21 — La deuda de Mateo
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Capítulo 21 — La deuda de Mateo

Mateo Santos volvió a deber dinero un martes.

Daniel Salcedo habría apreciado la simetría si no hubiera estado tan ocupado arruinándola.

No fue una gran cantidad.

Esa fue la parte humillante.

Las grandes deudas permiten una cierta teatralidad.

Bancos, contratos, llamadas, cartas, amenazas, palabras con peso como procedimiento, embargo, intereses, fichero.

Uno puede sentirse atrapado por una maquinaria.

Víctima de un sistema. Protagonista menor de una tragedia económica con sellos oficiales.

Aquello, en cambio, empezó con billetes pequeños sobre una mesa de madera pegajosa, una cerveza tibia, tres hombres sudando, un ventilador inútil y Rafael Mendoza barajando cartas con la paciencia de un cura que ya sabe quién va a confesarse.

Daniel había dicho que no volvería.

Lo dijo la primera noche.

También la segunda.

Y la tercera.

Luego dejó de decirlo, porque repetir una mentira contra uno mismo acaba resultando agotador incluso para profesionales.

La partida estaba en la parte trasera de una tienda, bajo un techo de chapa que amplificaba la lluvia cuando llovía y el calor cuando no.

Había una mesa, sillas de plástico, una bombilla desnuda, una radio que sonaba mal y una nevera vieja llena de cerveza.

El sitio no parecía clandestino. Esa era su mejor defensa.

Las cosas realmente peligrosas rara vez llevan cartel de peligro.

Se parecen mucho a un lugar donde alguien mata el tiempo porque no tiene un futuro mejor a mano.

La primera semana Daniel ganó poco.

Muy poco.

Lo justo para construir una mentira cómoda.

No era recaída, claro.

Era control. Precioso chiste.

No era necesidad.

Era entretenimiento.

No era Daniel.

Era Mateo.

Esa última era su favorita.

Mateo no tenía historia con el juego. Mateo no había perdido quinientos euros antes de las ocho.

Mateo no había mentido a Clara, ni mirado a Irene a los ojos en un portal, ni apostado dinero que debía entregar a un hombre llamado Sergio.

Mateo era un hombre nuevo, o al menos un hombre sin registros visibles.

Y si no había registros, pensaba una parte enferma de Daniel, quizá no había patrón.

La enfermedad no sabía leer pasaportes.

Tampoco nombres falsos.

Al principio Rafael no lo presionó.

Eso habría sido torpe.

Le dejaba entrar, sentarse, mirar, jugar una mano, retirarse, volver a entrar. La trampa de los hombres inteligentes no es empujarte. Es dejar que confundas la ausencia de empujón con libertad.

—Juegas bien cuando no intentas salvarte —dijo Rafael una noche.

Daniel recogió unas cartas.

—Qué frase tan insoportable.

—Eso no la hace falsa.

—Tú juegas peor cuando hablas.

—Yo hablo para que los otros crean que no estoy jugando.

Daniel lo miró.

Rafael sonrió.

—Ves. Por eso me caes bien. Entiendes la diferencia.

—No te caigo bien.

—No. Pero me interesas. A ciertas edades hay que bajar expectativas afectivas.

En la mesa había un australiano distinto al de la primera vez, un filipino joven que hablaba poco y un alemán que sudaba como si su cuerpo estuviera intentando abandonar el país por los poros. Daniel jugaba con cuidado. Ganaba manos pequeñas, perdía otras, no arriesgaba demasiado.

Eso se decía.

No arriesgo demasiado.

Era una frase preciosa porque permitía arriesgar.

La segunda semana perdió lo ganado.

Nada grave.

La tercera pidió fiado una cerveza.

Nada grave.

La cuarta aceptó que Rafael cubriera una entrada.

Nada grave.

La quinta ya estaba haciendo cuentas antes de sentarse.

Ahí debería haber entendido.

Pero Daniel tenía una habilidad casi artística para reconocer señales y archivarlas como decorado.

En la guesthouse no volvió a dormir.

Lian se lo había dejado claro.

Después de aquella noche, Daniel solo aparecía cuando Amara estaba en el colegio o fuera. Ayudaba si Lian lo permitía. A veces ella le daba tareas pequeñas sin mirarlo demasiado. A veces no le dejaba entrar más allá del comedor. Nunca volvieron a hablar con la misma naturalidad.

No lo denunció.

No lo expulsó de la isla.

No le gritó.

Eso habría sido más fácil.

Lian hizo algo peor: le quitó la confianza práctica.

Antes Daniel podía mover cajas, servir mesas, contestar mensajes, reparar ventanas, existir en los bordes de su casa. Ahora cada gesto pasaba por una frontera invisible.

—This box? —preguntó una mañana, señalando un paquete junto a la cocina.

Lian lo miró.

—Leave it.

—It’s heavy.

—I know.

Daniel apartó la mano.

El peso físico seguía allí, pero ya no le pertenecía.

Amara notó el cambio, claro.

Los niños siempre notan las grietas aunque los adultos tengan la arrogancia de llamarles “cosas de mayores”.

Una tarde, al salir del colegio, Amara vio a Daniel en la carretera cerca de la guesthouse. Se detuvo a unos metros.

—Mateo?

Daniel sintió el golpe del nombre.

—Hi.

La niña lo miró con una seriedad impropia.

—Aunt says you are busy.

Daniel casi sonrió.

Busy.

Ocupado.

Qué mentira tan generosa de Lian.

—Yes. A little.

—You don’t eat with us now.

—No.

Amara arrugó la nariz.

—You did bad thing?

Daniel miró hacia la guesthouse.

Lian no estaba visible.

—Yes.

La niña pareció sorprendida por la respuesta.

Los adultos mentían tanto sobre esas cosas que la verdad, cuando llegaba, parecía mala educación.

—Very bad?

Daniel tragó saliva.

—Yes.

Amara miró al suelo.

—You say sorry?

Daniel recordó la voz de Lian.

You say sorry too easy.

—Not enough.

La niña pensó.

—Then say more.

Daniel sintió una tristeza absurda, tierna, inútil.

—Sometimes more sorry doesn’t fix.

Amara frunció el ceño.

—Then what fix?

Daniel no supo responder.

Magnífico.

Cuarenta y tantos años, una muerte falsa, dos vidas destruidas, una identidad robada, una deuda nueva empezando a abrirse, y la pregunta más importante se la hacía una niña en una carretera con mochila rosa.

—Maybe doing better —dijo al fin.

Amara lo miró.

—Then do.

Y siguió caminando.

Daniel se quedó allí.

Hazlo.

Qué falta de respeto, la infancia: aparecía con soluciones directas donde los adultos construían novelas enteras para no moverse.

Esa noche fue a la partida.

Por supuesto.

Porque Daniel Salcedo podía recibir una verdad limpia de una niña y luego usarla como prólogo de otra caída. Un talento. No bueno, pero talento.

Rafael estaba allí.

Siempre estaba allí cuando hacía falta que algo empeorara.

—Vienes con cara de sermón recibido —dijo.

Daniel se sentó.

—No empieces.

—¿Lian?

—Amara.

Rafael levantó las cejas.

—Ah. Los niños. Esos pequeños notarios sin formación jurídica.

Daniel lo miró con dureza.

—No hables de ella.

—Tú sigues creyendo que prohibir nombres protege a la gente. Es casi tierno.

Daniel cogió las cartas.

—Juega.

—Eso intento desde que te conocí.

La noche empezó mal.

Perdió la primera mano.

Después otra.

Luego ganó una grande.

La ganancia le devolvió el aire.

Ahí estaba.

La vieja mentira funcionando con la eficacia de un medicamento falso. De pronto todo podía ordenarse. Una mano buena, un cálculo, una lectura correcta, un gesto detectado a tiempo. Durante unos minutos no fue Daniel ni Mateo. Fue simplemente alguien que acertaba.

Ese era el veneno.

No el dinero.

Acertar.

La sensación de que el mundo, después de años castigándolo con consecuencias, podía obedecer durante treinta segundos.

Luego perdió.

Más.

No mucho.

Lo suficiente.

Pidió otra cerveza.

Rafael no dijo nada.

El alemán se fue antes de medianoche. El filipino joven también. Quedaron Rafael, Daniel y un hombre local llamado Jun que conocía a Rafael desde hacía años y sonreía muy poco. La partida cambió de textura. Menos ruido. Menos risas. Más silencio entre cartas.

—Última —dijo Daniel.

Rafael barajó.

—La palabra favorita de los hombres que no han llegado a la última.

Daniel perdió.

La cantidad ya no era pequeña.

Tampoco enorme.

Ese punto intermedio era el más peligroso. Lo bastante grande para doler. Lo bastante pequeña para invitar a recuperarla.

—Otra —dijo Daniel.

Rafael dejó las cartas sobre la mesa.

—No tienes efectivo.

—Tengo.

—No suficiente.

Daniel miró su cartera.

Rafael tenía razón.

Qué hábito tan desagradable.

—Mañana te pago.

Rafael sonrió.

—Qué frase tan española.

Jun miró a Rafael.

Dijo algo en su idioma.

Rafael respondió con calma. Jun miró a Daniel, luego los billetes, luego se encogió de hombros.

—Te cubro —dijo Rafael.

—No.

—Entonces te vas.

Daniel debería haberse levantado.

La puerta estaba a tres metros.

La noche afuera era calurosa, pero libre.

Podía volver a su habitación barata, vomitar de rabia, dormir mal, despertar con menos dignidad pero sin deuda nueva.

Podía.

La vida siempre le ofrecía una salida pequeña justo antes de permitirle elegir la peor puerta.

—Una más —dijo.

Rafael sacó dinero.

Lo puso sobre la mesa.

No con dramatismo.

Con limpieza.

Como quien firma un documento.

Daniel jugó.

Perdió.

No todo en una sola mano.

Eso habría tenido cierta belleza.

Perdió por partes.

Que era peor.

Las pérdidas por partes permiten arrepentimientos parciales, y los arrepentimientos parciales son inútiles.

Uno se dice que aún puede parar porque todavía no ha perdido todo, luego que debe seguir porque ya ha perdido demasiado, luego que parar ahora sería aceptar la derrota, luego que recuperar la mitad bastaría, luego que cualquier cosa bastaría, luego que no importa, luego que sí importa, luego que la culpa vendrá después y ahora hay cartas sobre la mesa.

Cuando se levantó, debía a Rafael más dinero del que podía devolver en semanas.

No una fortuna.

No para un banco.

No para un empresario.

No para un hombre con vida legal.

Pero Mateo Santos no tenía nómina, ni papeles limpios, ni familia reconocida, ni cuenta que pudiera mostrar sin preguntas.

Mateo Santos era un hombre hecho de efectivo, favores y silencios.

Y ahora uno de esos silencios tenía dueño.

Jun se fue primero.

Rafael guardó las cartas.

Daniel permaneció sentado.

El ventilador seguía girando.