Capítulo 20 — El vídeo de Irene #2
No género.
No “hombre con historia”.
Rafael sabía.
Daniel miró hacia la cocina.
Lian estaba de espaldas, pero se había quedado inmóvil.
No sabía cuánto había oído.
Quizá nada.
Quizá el tono.
A veces el tono bastaba.
—Baja la voz —dijo Daniel.
Rafael se acercó un poco.
—¿Por ella?
Miró hacia Lian.
—¿O por ti?
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Qué quieres?
Rafael suspiró, como si la pregunta lo decepcionara.
—Siempre terminamos en lo mismo. Qué quieres. Cuánto cuesta. Qué tengo que pagar para que el monstruo vuelva debajo de la cama. Sois muy básicos los hombres desesperados.
—Has investigado mi vida.
—Sí.
—¿Por qué?
Rafael se recostó en la silla.
—Porque me pareciste interesante. Y porque tu nombre falso era demasiado limpio. Y porque recordaba algo.
Daniel sintió otro golpe.
—¿Recordabas?
—Hace años leí una noticia. Español desaparecido en Filipinas.
Madrid. Cuarenta y dos. Sin cuerpo. Cosas que pasan.
La olvidé. Luego llego aquí, conozco a un español de edad conveniente, nombre de telenovela honrada, cara de hombre que evita los espejos, y la memoria, que es una vieja chismosa, toca la puerta.
Daniel no dijo nada.
—No fue difícil —continuó Rafael—. La noticia seguía ahí. Poca cosa. Cinco líneas. Luego alguna nota española. Un nombre. Daniel Salcedo. Una hija. Una exmujer. Madrid. Lo típico: el mundo entero cabe en una búsqueda si sabes formular la vergüenza.
Daniel sintió náusea.
Durante años había confiado en el olvido.
No en que fuera perfecto.
Solo en que fuera suficiente.
Pero el olvido tenía agujeros.
Y Rafael había metido la mano.
—No le harás nada —dijo Daniel.
—¿A quién?
Daniel no respondió.
Rafael lo miró con algo parecido a cansancio.
—No voy a escribirle a tu hija, Daniel.
El nombre verdadero sonó bajo.
Pero sonó.
Daniel cerró los ojos un instante.
Daniel.
No Mateo.
Daniel.
—No pronuncies ese nombre.
—¿Por qué? ¿Se despierta algo?
Daniel se levantó.
Lian apareció antes de que pudiera moverse más.
—Problem? —preguntó.
Rafael levantó las manos.
—Conversación española. Siempre parece pelea.
Lian miró a Daniel.
—Mateo?
Daniel tenía la boca seca.
Mateo.
Daniel.
Dos nombres en la misma habitación, tirando cada uno de un extremo.
—No problem —dijo.
Lian no creyó ni una sílaba.
—Then help in kitchen.
No era petición.
Daniel obedeció.
Pasó detrás de la barra, entró en la cocina pequeña y se quedó junto al fregadero. Lian lo siguió. Desde allí no se veía a Rafael, pero se oía el comedor.
Lian habló en voz baja.
—What happened?
—Nothing.
Ella le quitó un plato de la mano.
—Do not bring nothing to my kitchen.
Daniel respiró mal.
—He knows things.
—About you?
Daniel asintió.
—Bad things?
La pregunta era sencilla.
Daniel casi rió.
—Yes.
—Danger for us?
Él miró hacia el comedor.
Rafael bebía agua tranquilamente.
—I don’t know.
Lian se quedó quieta.
Esa era la peor respuesta posible.
No.
Sí.
Podían manejarse.
No lo sé era una puerta abierta.
—Mateo.
Daniel la miró.
Lian bajó aún más la voz.
—If your past comes here, you leave.
La frase no tuvo rabia.
Por eso dolió.
—Lian...
—No. You leave before it touches Amara.
Daniel quiso decir que no pasaría.
Que lo controlaría.
Que Rafael era solo un español aburrido.
Que todo estaba bien.
Quiso decir cualquiera de las frases que años antes habrían salido de él con lubricación profesional.
No lo hizo.
—Okay —dijo.
Lian lo observó.
—You say okay like man who will not do okay.
Daniel bajó la mirada.
Ella salió de la cocina.
Él se quedó allí, con las manos apoyadas en el fregadero, escuchando su propia respiración.
En el comedor, Rafael pagó y se levantó.
Antes de irse, se acercó a la cocina.
No entró.
—Bonita familia —dijo en español.
Daniel se giró despacio.
Rafael añadió:
—La de aquí, digo.
Daniel sintió que algo dentro de él se tensaba hasta doler.
—Vete.
—Me voy. Pero mañana hay partida. Y antes de que hagas teatro: no, no tienes que venir. Nadie tiene que hacer nada. Esa es la parte divertida de la libertad. Luego uno mira atrás y descubre que eligió solo.
Daniel no contestó.
Rafael sonrió apenas.
—Buenas noches, Daniel.
Se fue.
Esta vez Lian sí oyó el nombre.
Daniel lo supo por la forma en que dejó de moverse al otro lado del comedor.
No dijo nada.
No esa noche.
Quizá porque había huéspedes.
Quizá porque Amara seguía allí.
Quizá porque Lian entendía el valor de no abrir una herida delante de quien podía resbalar con la sangre.
Daniel salió tarde de la guesthouse.
No fue a su alojamiento.
Caminó hacia la costa.
El aire estaba caliente, pegado, inútil. La noche no refrescaba. Solo cambiaba el color del cansancio. Llegó a un tramo de playa oscura y se sentó en una roca.
El mar sonaba bajo.
No como en el día de la falsa muerte.
No como en las noticias.
No como en los recuerdos de Irene.
Solo mar.
Daniel sacó el teléfono barato.
No tenía el vídeo.
Rafael no se lo había enviado.
Por supuesto que no.
Los hombres como Rafael no regalaban cuchillos. Los enseñaban y luego los guardaban.
Daniel abrió el navegador.
Buscó.
Irene Salcedo Molina lectura.
Nada.
Probó otras combinaciones.
Irene Salcedo instituto Madrid texto.
Nada útil.
Premio literario Irene Salcedo Molina.
Ahí apareció.
Una página vieja del instituto.
Fotos.
Vídeos.
Un enlace.
Daniel tardó casi un minuto en pulsar.
Cuando el vídeo cargó, volvió a verla.
Esta vez sin Rafael delante.
Peor.
La vio caminar hacia el micrófono.
La oyó decir su nombre.
Irene Salcedo Molina.
Lo repitió varias veces.
No todo el vídeo.
Solo ese comienzo.
El nombre.
Su apellido en ella.
Una prueba de continuidad que él había intentado cortar.
Luego dejó que el vídeo siguiera.
A veces una persona no se va de una casa. Se queda viviendo en lo que no se dice.
Daniel se inclinó hacia delante.
El teléfono temblaba en su mano.
No lloró.
O quizá sí, pero tan poco que no merecía el nombre.
Irene leía como Clara hablaba cuando ya no gritaba: sin desperdiciar fuerza.
Daniel se dio cuenta de que no conocía a esa chica.
Conocía a la niña que le había pedido un regalo.
A la de Segovia.
A la que decía “cobarde” por no bañarse.
A la que había escrito “no te mueras”.
Pero no conocía a esta.
No conocía su música favorita.
No conocía su letra actual.
No conocía sus amigas.
No conocía su manera de discutir.
No conocía si odiaba el mar.
No conocía si seguía llamándolo papá o si había aprendido a decir Daniel como quien escupe una espina.
No conocía a su hija.
Esa frase fue más brutal que todas las demás.
No la culpa.
No la pérdida.
No el miedo.
La ignorancia.
Había fingido morir para no enfrentar las consecuencias.
Y durante años, en efecto, no las había visto.
Pero las consecuencias no se habían detenido.
Habían crecido.
Habían cambiado de voz.
Habían ganado premios escolares.
Habían aprendido a leer sin llorar.
En la pantalla, Irene terminó.
El aplauso sonó otra vez.
Daniel pausó el vídeo en un fotograma donde ella miraba hacia un lado.
La imagen quedó congelada.
Su hija, atrapada en una mala conexión y una resolución mediocre, miraba fuera de cámara como si hubiera alguien allí.
Daniel levantó la mano y tocó la pantalla.
Un gesto ridículo.
Patético.
De padre fantasma.
La pantalla no devolvió nada.
Claro.
La tecnología tenía límites, aunque se empeñara en disfrazarlos de milagro.
Daniel cerró el vídeo.
Lo volvió a abrir.
Lo cerró otra vez.
Al final guardó el enlace en favoritos.
Luego se quedó mirando esa acción.
Favoritos.
Qué palabra.
Había guardado el dolor de su hija en favoritos.
El mundo moderno merecía arder por detalles así.
Se levantó de la roca y caminó hasta la orilla.
El agua le tocó los pies.
Retrocedió.
Todavía no podía.
Quizá nunca.
El mar era donde Daniel había muerto, pero no donde Daniel había pagado.
Eso lo entendió aquella noche.
Morir había sido fácil.
Lo difícil era seguir vivo después de ver lo que su muerte había hecho.
Volvió tarde.
En la guesthouse quedaba una luz encendida.
Lian estaba en el comedor, sola, sentada con una taza delante. No parecía sorprendida al verlo.
Daniel se detuvo en la entrada.
—He called you Daniel —dijo ella.
No era pregunta.
Daniel no respondió.
Lian levantó la vista.
—Is that your name?
El silencio fue largo.
Podía mentir.
Todavía.
Podía decir que Rafael estaba borracho.
Que era una broma.
Que Daniel era un apodo.
Que en España todos se llamaban Daniel si bebían suficiente y tenían la desgracia adecuada.
Podía.
Pero el vídeo seguía dentro de él.
Irene seguía leyendo.
Las respuestas curan, pero a veces una respuesta solo decide de qué manera va a doler todo lo demás.
—Yes —dijo.
Lian cerró los ojos un segundo.
No como quien se sorprende.
Como quien confirma algo que habría preferido no confirmar.
—Mateo is not your name.
—No.
La taza quedó entre sus manos.
—You lied.
Daniel casi rió.
No por diversión.
Por tamaño.
You lied.
Había mentido tanto que aquella frase era como acusar al mar de estar mojado.
—Yes.
Lian lo miró.
—People here know you as Mateo.
—I know.
—Amara knows you as Mateo.
La mención de Amara lo golpeó.
—Yes.
—You bring this man Rafael here.
—I didn’t bring him.
Lian no cambió la cara.
Daniel bajó la mirada.
—But now he is here.
—Yes.
Silencio.
La noche alrededor parecía contener la respiración.
—Are you criminal? —preguntó Lian.
Daniel tardó.
—Yes.
La palabra salió antes de que pudiera construir un matiz.
Lian se quedó quieta.
Daniel añadió:
—Not like... not violence. Not drugs. Not...
Se detuvo.
Qué miserable. Incluso confesando buscaba departamento correcto.
—What crime? —preguntó ella.
Daniel miró hacia el mar que no se veía.
—The kind that doesn’t always have a name people understand.
Lian se levantó.
—No poetry.
Daniel la miró.
Ella estaba seria.
Muy seria.
—No poetry in my house.
La frase lo avergonzó.
Porque tenía razón.
Daniel se había escondido demasiadas veces detrás de frases bonitas. El lirismo, en su boca, podía ser otra forma de evasión.
—In Spain they think I’m dead —dijo.
Lian no se movió.
—You are not.
—No.
—They think you died?
—Yes.
—Family?
Daniel sintió que la garganta se cerraba.
—Yes.
—Child?
No hija.
Child.
Más amplio.
Más simple.
Más insoportable.
—Yes.
Lian se llevó una mano a la boca.
No lloró.
No gritó.
Solo se apartó un paso.
Como si Daniel hubiera empezado a oler distinto.
—You let your child think you dead.
Él cerró los ojos.
—Yes.
La palabra era ya una piedra.
Lian respiró despacio.
Cuando habló, su voz sonó baja.
—Get out.
Daniel abrió los ojos.
—Lian.
—Now.
—Please.
—No. You leave now.
—Let me explain.
—You explain to child. Not me.
El golpe fue perfecto.
No por brillante.
Por justo.
Daniel no encontró defensa.
Lian señaló la salida.
—You do not sleep here. You do not come when Amara here. Tomorrow we talk, maybe. Now, leave.
Daniel quiso decir que lo sentía.
No lo hizo.
You say sorry too easy.
Cogió su bolsa del rincón donde la había dejado y salió.
En el camino, antes de cruzar la verja, oyó la voz de Lian detrás.
—Daniel.
Se detuvo.
Fue la primera vez que ella usó su nombre verdadero.
No sonó a intimidad.
Sonó a acta.
Él se giró.
Lian estaba en la entrada del comedor, iluminada por una luz amarilla.
—If Rafael knows, others can know.
Daniel asintió.
—Yes.
—Then stop bringing ghosts to living people.
No respondió.
Lian entró.
La luz quedó encendida.
Daniel caminó por la carretera con la bolsa al hombro.
No tenía sitio claro al que ir.
Eso, para variar, era justo.
El vídeo de Irene seguía en el teléfono.
Su nombre verdadero seguía en la boca de Lian.
Rafael sabía demasiado.
Y por primera vez en años, Daniel sintió que la vida de Mateo Santos empezaba a parecerse peligrosamente a la de Daniel Salcedo.
No por el pasado.
Por la repetición.
La mentira había encontrado otra casa.
Y ya estaba llamando a la puerta.