Nadie reclama a los ahogados Capítulo 20 — El vídeo de Irene
85%

Capítulo 20 — El vídeo de Irene

Daniel tardó cuatro días en volver a sentarse a una mesa con Rafael Mendoza.

Eso fue lo que se contó.

Cuatro días.

Como si el número importara.

Como si hubiera una distancia moral apreciable entre recaer el jueves o recaer el lunes.

La conciencia de Daniel seguía teniendo una pequeña oficina de contabilidad donde registraba matices inútiles con una seriedad admirable.

No he vuelto enseguida. No he perdido mucho.

No he pedido dinero. No he mentido todavía.

Todavía.

La palabra seguía viva, trabajando de noche.

La primera partida había sido poca cosa. Una mano ganada, un par de rondas más, una pérdida mínima, una cerveza que no terminó, un regreso silencioso a la guesthouse con la sensación de haber hecho algo peligroso y, por eso mismo, haber vuelto a respirar con más precisión.

El viejo interés había regresado con zapatos limpios.

No como explosión.

No como caída espectacular.

Como una luz encendida en una habitación que Daniel llevaba años jurando que estaba cerrada.

Durante los días siguientes, trabajó más de lo habitual.

Contestó reservas, arregló una estantería, acompañó a unos franceses al puerto, ayudó a Lian a comprar sacos de arroz, revisó tuberías, hizo de traductor para un chileno que buscaba “una playa poco turística” y se enfadó cuando Lian le dijo que eso significaba “una playa sin él”.

—Cruel —dijo Daniel.

—Accurate —respondió ella.

Amara se rió desde una mesa.

Daniel también.

Pero en medio de la risa pensaba en cartas.

En gestos.

En el australiano faroleando mal.

En Rafael apartando una silla con el pie.

En los billetes pequeños moviéndose sobre la mesa.

En la frase:

Bienvenido.

No volvió por necesidad.

Eso era lo peor.

No debía dinero nuevo.

No tenía urgencia.

No había un Sergio filipino esperando en una esquina.

No había quinientos euros que entregar antes de las ocho.

No había amenaza inmediata.

Solo había una parte de él que llevaba años viviendo reducida, vigilada, escondida bajo el nombre de Mateo Santos, y que ahora había recordado una cosa sencilla: perderse un poco era más fácil que sostenerse entero.

El cuarto día, Rafael apareció en la guesthouse al atardecer.

No se alojaba ya allí. Había terminado sus tres noches y, en teoría, se había ido. Pero los hombres como Rafael no se iban de verdad. Dejaban una silla reservada en la vida de los demás.

Llegó con una camisa clara, una bolsa pequeña y la misma expresión de quien nunca tenía prisa porque la prisa la ponían los otros.

Lian lo vio entrar.

No le gustó.

Eso se notó en que no cambió la cara.

—You eat? —preguntó.

—Si queda algo.

—Fish. Rice.

—La base de todos los imperios modestos.

Lian no pidió traducción.

Daniel estaba detrás de la barra improvisada, revisando una libreta de reservas.

Rafael lo miró.

—Mateo.

Daniel no levantó la vista.

—Rafael.

—Qué seco. Cualquiera diría que compartimos una mala noche.

—Compartimos una mesa.

—Las mesas son más peligrosas que las camas. En las camas la gente al menos sabe a qué va.

Lian dejó un vaso de agua con demasiada fuerza sobre una mesa.

Rafael sonrió hacia ella.

—La señora me odia con buen criterio.

Daniel cerró la libreta.

—No eres tan importante.

—No. Pero soy reconocible. A veces basta.

Rafael se sentó.

Pidió cerveza.

Daniel siguió trabajando.

O fingiendo.

Rafael comió despacio, habló poco, observó mucho. Lian lo atendió con la cortesía exacta que reservaba para huéspedes que pagaban y no merecían nada más. Amara hizo deberes en silencio, aunque miraba de vez en cuando al español con curiosidad.

Después de cenar, Rafael encendió su móvil.

—He visto algo interesante —dijo.

Daniel no respondió.

—No me preguntes qué. Queda feo no seguir el guion.

—No sigo guiones ajenos.

—Claro que sí. Solo prefieres creer que los escribiste tú.

Daniel dejó un vaso en la mesa.

—No me interesa.

Rafael miró la pantalla.

—A mí tampoco me interesan muchas cosas. La diferencia es que yo no les tengo miedo.

Daniel lo miró por fin.

Rafael sostuvo el móvil sin ofrecérselo todavía.

—¿Sabes qué es lo fascinante de internet, Mateo?

—Que permite a imbéciles parecer profundos desde sitios con wifi.

—Eso también. Pero pensaba en otra cosa.

Internet ha hecho imposible desaparecer con elegancia.

Antes uno se iba a una isla, se dejaba barba, cambiaba de nombre y, con suerte, se convertía en una leyenda menor o en un borracho más.

Ahora no. Ahora el pasado sube vídeos, etiqueta lugares, guarda fotos, archiva periódicos, actualiza perfiles.

La memoria ya no es humana. Por eso no se cansa.

Daniel sintió una presión lenta en el estómago.

—¿Qué quieres?

—Mostrarte algo.

—No.

La respuesta salió antes que el pensamiento.

Rafael sonrió.

—Ahí está.

Lian miró desde la cocina.

Daniel bajó la voz.

—No sé a qué juegas.

—Mentira. Lo sabes perfectamente. Por eso estás tan quieto.

Rafael desbloqueó el móvil y giró la pantalla hacia él.

Daniel no quiso mirar.

Miró.

Al principio no entendió qué veía.

Un vídeo vertical. Mala calidad. Luz de interior. Un escenario pequeño, quizá un salón de actos. Sillas. Adolescentes. Una mesa con micrófono. Un cartel al fondo que no alcanzó a leer.

Luego apareció ella.

Irene.

Daniel dejó de oír el comedor.

No fue una emoción.

Fue un fallo del sistema.

La imagen siguió moviéndose, pero Daniel se quedó varios segundos por detrás del presente, atrapado en la primera impresión: una chica de quince o dieciséis años, pelo oscuro, rostro más fino, postura recta, jersey negro, una libreta en las manos.

No era la niña de la cafetería.

No era la niña del chat.

No era la voz que decía “no te mueras” con ligereza.

Era otra persona.

No otra.

Peor.

Era ella sin él.

Rafael dejó el móvil apoyado contra una botella, para que la pantalla quedara visible.

—Lo encontré por casualidad —dijo.

Daniel no lo miró.

—No mientas.

—Bueno. Por una casualidad bien alimentada.

En el vídeo, alguien decía su nombre:

—Irene Salcedo Molina.

El apellido entró en Daniel como un golpe limpio.

Salcedo.

Su apellido en la boca de otra persona.

Su apellido sostenido por una joven que había crecido alrededor de su ausencia.

Irene se acercó al micrófono.

No sonreía.

Tampoco parecía nerviosa.

O sí, pero había aprendido a mantenerlo dentro. Daniel reconoció esa contención y se odió por reconocerla. Los hijos no solo heredaban ojos. A veces heredaban formas de no romperse delante de otros.

El sonido del vídeo era malo, pero la voz se entendía.

Más grave de lo que recordaba.

Más Clara en algunas pausas.

Más él en la ironía mínima de la mirada.

Irene empezó a leer.

—A veces una persona no se va de una casa —dijo—. Se queda viviendo en lo que no se dice.

Daniel sintió que la mesa desaparecía.

Rafael no dijo nada.

Por una vez, tuvo la decencia o la crueldad de callarse.

Irene siguió leyendo. Era un texto corto, quizá de una actividad escolar, quizá de un concurso de instituto.

Hablaba de una puerta que nadie cerraba, de una silla que todos evitaban ocupar, de una familia que aprendía a hablar alrededor de una ausencia como se camina alrededor de un agujero en el suelo.

No decía padre.

No decía mar.

No decía Filipinas.

No decía Daniel.

No hacía falta.

Cada frase lo contenía sin concederle el honor de nombrarlo.

—Los adultos creen que las respuestas curan —leyó Irene—. Pero a veces una respuesta solo decide de qué manera va a doler todo lo demás.

Daniel apoyó una mano en la mesa.

Los dedos no le respondían bien.

En la pantalla, Irene levantó un momento la vista del papel. Miró al público. Había algo duro en sus ojos. No frialdad. No exactamente. Una claridad que una niña de quince años no debería haber tenido.

Daniel pensó en el portal.

En el cuaderno azul.

En “el mes que viene hacemos algo mejor”.

Pensó en la foto del mar.

En el mensaje no enviado.

En el silencio bajo el agua.

En Clara recibiendo una llamada.

En Irene escribiendo a un móvil que él ya no tenía.

El vídeo siguió.

—Hay personas que desaparecen una vez —dijo Irene—. Y hay personas que desaparecen muchas veces antes de irse del todo.

Daniel cerró los ojos.

No quería seguir.

Los abrió.

Se obligó.

Era lo mínimo.

No redimía nada, pero era lo mínimo: mirar.

Irene terminó el texto sin llorar.

Eso fue lo que más lo destrozó.

No lloró.

No tembló.

No pidió lástima.

No convirtió el dolor en espectáculo.

Solo leyó, recogió la libreta y volvió a su sitio mientras algunas personas aplaudían.

El aplauso sonó pequeño, lejano, absurdo.

Daniel miró sus propias manos.

Rafael apagó el vídeo.

El comedor volvió poco a poco.

Ventilador.

Platos.

Insectos.

Una silla moviéndose.

Lian hablando con alguien en la cocina.

Amara pasando una página.

La vida, con su insolencia habitual, no se había detenido para respetar la ejecución.

—Bonita chica —dijo Rafael.

Daniel no respondió.

—Tiene tus ojos.

Silencio.

—Qué putada, ¿no?

Daniel levantó la mirada.

Si Rafael hubiera sonreído, Daniel quizá lo habría golpeado.

Pero no sonreía.

Eso fue peor.

Rafael parecía casi serio.

Casi humano.

—¿Dónde lo encontraste? —preguntó Daniel.

Su voz no sonó como esperaba.

Sonó vieja.

—Página de un instituto. Actividad literaria. Premio local o algo así. Tu hija escribe bien.

Tu hija.

Las palabras llegaron tarde.

Como una carta perdida.

Daniel se inclinó hacia él.

—No la menciones.

Rafael guardó el móvil.

—No funciona así.

—¿Cómo?

—No puedes abandonar una vida y luego reservarte derechos sobre las palabras que la nombran.

Daniel se quedó quieto.

Rafael siguió:

—Además, yo no la he buscado para hacerle daño.

—La buscaste para hacérmelo a mí.

—Sí. Eso es distinto.

Daniel sintió una rabia fría.

—Eres un hijo de puta.

Rafael asintió.

—Probablemente. Pero yo no fingí ahogarme para dejar a una adolescente escribiendo sobre sillas vacías.

La frase cayó.

Exacta.

Sin adorno.

Daniel no respiró durante un segundo.

Ahí estaba.

No insinuación.

No especie.