Nadie reclama a los ahogados Capítulo 19 — Rafael Mendoza #4
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Capítulo 19 — Rafael Mendoza #4

Ya no era conversación.

Era reconocimiento.

Rafael bebió otra vez.

—No te preocupes. No voy a preguntarte nada delante de la señora.

—No hay nada que preguntar.

—Siempre hay algo que preguntar. La cuestión es si uno quiere vivir con la respuesta. Yo, por ejemplo, he construido una vida bastante decente no preguntando algunas cosas y cobrando por entender otras.

Daniel miró hacia la entrada.

Una pareja de turistas cruzaba el jardín. Lian hablaba con alguien en la cocina. Amara no había vuelto todavía del colegio.

—¿A qué te dedicas? —preguntó Daniel.

Rafael sonrió.

—Qué pregunta tan peligrosa en un sitio como este.

—La has empezado tú.

—No. Yo he empezado una conversación. Tú has abierto una puerta.

Daniel esperó.

Rafael pareció disfrutar de la pausa.

—Ayudo a gente.

Daniel soltó una risa seca.

—Qué miedo.

—Muchísimo. Los peores hombres del mundo siempre dicen que ayudan a gente. Banqueros, políticos, cuñados con criptomonedas. Pero en mi caso es bastante literal. Extranjeros con problemas. Papeles, permisos, traducciones, compraventas, negocios pequeños, situaciones incómodas.

—Situaciones incómodas.

—Una expresión preciosa, ¿verdad? Puede significar desde un visado caducado hasta un cadáver en una habitación. La lengua española es muy considerada con la culpa.

Daniel sintió que la mesa se alejaba un poco.

Rafael lo miró.

—Tranquilo. Era un ejemplo. Tienes cara de pensar demasiado rápido.

—Y tú de hablar demasiado cómodo de cosas feas.

—Es una adaptación. Como los lagartos.

Lian apareció con un plato para otra mesa. Miró a Daniel y a Rafael. No dijo nada. Ese no decir nada, viniendo de Lian, era prácticamente una intervención armada.

Rafael esperó a que se alejara.

—Buena mujer.

Daniel no respondió.

—Lista —añadió Rafael—. Eso es menos cómodo.

—No hables de ella.

Rafael levantó una ceja.

—Vaya. Mateo Santos tiene territorio.

—Tiene educación.

—No, no. Eso fue otra cosa. Educación es “no molestes a la señora”. Lo tuyo ha sido “no pongas el dedo ahí”. Interesante.

Daniel se levantó.

—Disfruta la cerveza.

Rafael no lo detuvo.

Solo dijo:

—En inglés puedes hacerte el tonto, Mateo.

Daniel se quedó de espaldas.

—¿Perdona?

—En inglés puedes ser pequeño. Funcional. “Yes”, “no”, “thank you”, “maybe”. Puedes esconderte en frases mal construidas. Es cómodo. Yo también lo he hecho. Pero en español se te nota demasiado la inteligencia. Y eso, para un cobarde, siempre es un problema.

Daniel se giró.

Rafael sostenía la botella con dos dedos.

No sonreía ya.

—Tú no eres Mateo Santos ni aunque te bautice el Papa —dijo.

Daniel sintió que el cuerpo quería dos cosas contrarias: correr y golpearlo.

No hizo ninguna.

—No sabes nada.

—Sé lo suficiente para saber que no me equivoco de especie.

—Eso no es saber.

—No. Es experiencia. Menos respetable, mucho más útil.

Daniel dio un paso hacia él.

—Escúchame bien.

—No. Escúchame tú, que llevas años escuchándote solo y eso estropea mucho el criterio. No me importa quién fueras. Todavía. No me importa qué hiciste. Todavía. No me importa por qué te escondes. Todavía. Pero me interesan los hombres que saben mentir y luego fingen que han perdido la costumbre.

Daniel apretó los dientes.

—No estoy disponible para tus intereses.

—Todos estamos disponibles para algo. El hambre, la culpa, la soledad, el dinero. Tú tienes al menos tres.

Daniel se inclinó un poco.

—No te acerques a mí.

Rafael sonrió otra vez, pero ahora sin calidez.

—Eso dicen todos los hombres que más necesitan compañía.

Daniel se fue antes de contestar.

Cruzó el comedor, salió al jardín y caminó hacia la carretera. No sabía adónde iba. Solo necesitaba sacar el español de encima. La voz de Rafael le había abierto demasiadas habitaciones. Daniel, Madrid, mentira, apuesta, culpa. Todo regresando no como recuerdo, sino como idioma.

En inglés, Mateo podía vivir en superficies.

En español, Daniel tenía sótano.

Caminó hasta que la guesthouse quedó atrás. La carretera bordeaba árboles y casas. Un perro lo siguió durante unos metros y luego decidió que no merecía la pena. Muy sensato. El calor bajaba con la tarde, pero no lo suficiente. El sudor le empapaba la camiseta.

No había pasado nada, se dijo.

Un español arrogante.

Un expatriado aburrido.

Un hombre que jugaba a adivinar.

Nada más.

Pero la frase no se sostenía.

Rafael no había preguntado por su pasado como preguntan los curiosos. Había tocado directamente la parte donde el nombre se separaba de la cara.

Tú no eres Mateo Santos.

Daniel se detuvo junto a una curva desde la que se veía el mar a lo lejos.

Durante años, nadie había dicho eso.

Algunos quizá lo habían sospechado. Lian, sin duda. Amara tal vez de una forma infantil y fragmentaria. Algún vecino. Algún conductor. Pero las sospechas en otro idioma eran niebla. Rafael, en cambio, había llegado con palabras exactas.

Y las palabras exactas eran peligrosas porque podían llamar a otras.

Daniel.

Salcedo.

Irene.

Clara.

Desaparecido.

Ahogado.

Fraude.

Padre.

Volvió a la guesthouse cuando ya anochecía.

El comedor estaba medio lleno. Una pareja comía pescado. Dos mochileras hablaban con Lian sobre una cascada. Amara hacía deberes en una mesa, mordiéndose la punta de un lápiz. Rafael no estaba.

Daniel sintió alivio.

Luego vergüenza por sentirlo.

Lian le señaló una caja junto a la cocina.

—Help.

No preguntó dónde había ido.

No preguntó qué había pasado.

Solo le dio trabajo.

Daniel cargó la caja.

El peso físico lo ayudó. Siempre lo ayudaba un poco. Las cosas pesadas eran honestas. Una caja no fingía ser trauma infantil ni deuda moral. Pesaba y punto. Qué concepto tan avanzado.

Cuando terminaron de cerrar, Rafael apareció desde el camino de la playa.

Traía arena en las sandalias y una expresión tranquila.

—Precioso atardecer —dijo—. Absolutamente inútil, como todos los atardeceres buenos.

Daniel no respondió.

Lian miró a Rafael.

—You eat?

—Si todavía se puede.

—Fish, rice.

—La civilización resumida.

Lian fue a la cocina.

Rafael se sentó.

Daniel siguió limpiando una mesa, aunque ya estaba limpia.

—Mateo —dijo Rafael.

—No.

—Ni siquiera he pedido nada.

—Mejor. Así ahorramos tiempo.

Rafael rió bajo.

—Te entiendo más de lo que te gustaría.

—Ese es tu problema.

—No. El mío es que me aburro. El tuyo es que te reconocen.

Daniel dejó el trapo.

—¿Qué quieres de mí?

Rafael lo miró con una calma casi amable.

—Nada todavía.

—Deja de decir todavía.

—No puedo. Es la palabra más honesta que tenemos.

Daniel se acercó.

—¿Has venido por mí?

Rafael pareció sinceramente divertido.

—No te des tanta importancia. Eso es muy español también: destrozarse la vida y seguir creyendo que el mundo organiza expediciones alrededor de uno. Vine porque necesitaba tres noches baratas y me dijeron que aquí se comía bien.

—¿Y ya está?

—Y porque me gusta conocer gente interesante.

—No soy interesante.

—Todos los fugitivos dicen eso. Luego tienen historias larguísimas, llenas de frases como “no es lo que parece”, “yo nunca quise” y “las cosas se complicaron”. Una literatura previsible pero rentable.

Rentable.

La palabra quedó entre los dos.

Daniel la oyó como se oye un cristal romperse en otra habitación.

—No tengo dinero —dijo.

Rafael sonrió.

—No hablaba de dinero.

—Mentira.

—Bueno. No solo.

Lian volvió con el plato y lo dejó frente a Rafael.

Él le dio las gracias.

Lian no se movió enseguida.

—Everything okay? —preguntó.

La pregunta era para ambos.

Rafael respondió antes.

—Perfectly. Mateo and I are just discovering we dislike each other in the same language.

Lian miró a Daniel.

—Mateo?

Él sostuvo la mirada de Rafael un segundo más.

—Everything okay.

Lian no le creyó.

Por supuesto.

Pero se fue.

Rafael empezó a comer.

—Miente muy bien para alguien que está intentando dejarlo.

Daniel se sentó frente a él.

—No vas a meterla en esto.

Rafael masticó despacio.

—En esto. Qué expresión tan amplia. ¿Qué es esto?

Daniel no respondió.

—Ahí está el problema —dijo Rafael—. Si no lo nombras, cualquiera puede nombrarlo por ti.

—No sabes mi historia.

—No necesito saberla entera para saber que la señora y la niña no forman parte del capítulo original.

Daniel sintió frío.

—No hables de la niña.

Rafael dejó el tenedor.

—Entonces ten cuidado de no convertirla en personaje.

El golpe entró limpio.

Daniel no encontró respuesta.

Rafael siguió comiendo.

—Mañana voy al pueblo. Hay un sitio donde se juega a cartas. Nada serio. Expatriados, algún local, turistas que creen saber contar. Ven.

Daniel soltó una risa.

—Ni de coña.

—Qué rápida la negativa.

—Porque no soy idiota.

Rafael lo miró.

—No. Ese nunca ha sido tu problema.

La frase, en otra boca, años después, con otro acento, lo alcanzó como una piedra lanzada desde Madrid.

Clara.

No, Daniel. Ese nunca fue el problema.

Daniel se levantó tan rápido que la silla raspó el suelo.

Lian miró desde la cocina.

Rafael no se inmutó.

—Buenas noches, Mateo.

Daniel salió del comedor.

Esta vez no caminó lejos.

Se quedó junto al lateral de la casa, bajo la sombra, respirando mal.

El español.

Ese era el problema.

Rafael no lo había descubierto.

Lo había traducido.

Había traído a Daniel de vuelta en el único idioma donde Daniel no podía fingir ser simple.

Durante años, Mateo había vivido con frases cortas.

Ahora Rafael acababa de demostrarle que bastaba una conversación para que todo volviera a tener subordinadas.

Esa noche Daniel no durmió.

En la habitación prestada de la guesthouse, escuchó la lluvia empezar tarde, suave al principio, luego más fuerte. Amara rió en algún lugar del pasillo antes de que Lian le dijera que se callara. Rafael caminó arriba, o quizá fue otro huésped. La casa crujió con la humedad.

Daniel miró el techo.

No iría.

Eso estaba decidido con la solidez habitual de sus decisiones, o sea, pésima.

No iría al pueblo.

No jugaría a cartas.

No se acercaría a Rafael.

No volvería a abrir esa puerta.

Se lo repitió varias veces.

Demasiadas.

A la mañana siguiente, Rafael desayunó café, pan y fruta como si no hubiera colocado una bomba en la mesa la noche anterior.

Daniel evitó mirarlo.

Lian lo notó.

Amara lo notó.

La mujer mayor probablemente también, aunque aquella mujer notaba las cosas con una indiferencia superior, como si ya hubiera sobrevivido a todos los hombres dramáticos de la isla y no pensara concederles más atención de la necesaria.

A media mañana, Rafael salió hacia el pueblo.

Al pasar junto a Daniel, dijo en voz baja:

—A las seis. Si no vienes, no pasa nada.

Daniel no contestó.

Rafael sonrió.

—Eso también es mentira, claro.

Se fue.

Daniel trabajó todo el día como si la eficiencia pudiera exorcizarlo. Movió cajas, contestó mensajes, limpió mesas, revisó habitaciones, acompañó a unos franceses hasta la carretera, arregló por fin la bisagra de la ventana. Lian le dijo:

—Good.

Él respondió:

—Miracle.

A las cinco y media empezó a mirar el camino.

A las cinco y cuarenta se odió.

A las cinco y cincuenta salió de la guesthouse diciendo que iba a comprar tabaco, aunque hacía años que fumaba solo cuando quería castigarse con coherencia.

Lian lo miró desde el comedor.

No dijo nada.

Eso fue peor que cualquier pregunta.

El sitio estaba detrás de una tienda, en una terraza cubierta donde el calor, el humo y la cerveza formaban una especie de clima propio.

Había cinco hombres alrededor de una mesa.

Dos locales, un australiano, un alemán grande con cara de haber perdido dinero en varios continentes, y Rafael Mendoza, que levantó la vista cuando Daniel llegó.

No sonrió con triunfo.

Eso habría sido vulgar.

Solo apartó una silla con el pie.

—Mateo —dijo—. Llegas tarde.

Daniel se quedó de pie.

—Solo miro.

Rafael asintió, serio, casi solemne.

—Por supuesto.

Los otros apenas lo miraron.

Alguien repartía cartas.

Había billetes sobre la mesa.

No mucho.

Nada serio.

Exactamente la clase de frase con la que empezaban las cosas serias.

Daniel se sentó.

No jugó la primera mano.

Miró.

Solo miró.

Rafael no le ofreció cartas.

No le insistió.

No necesitaba hacerlo.

La partida avanzó. Risas. Inglés mezclado.

Alguna palabra local. Cerveza. Billetes pequeños moviéndose de una mano a otra.

Daniel observó patrones, gestos, tiempos.

El australiano faroleaba mal. El alemán se enfadaba antes de perder.

Uno de los locales apenas cambiaba la expresión.

Rafael jugaba como hablaba: dejando que los demás creyeran que la decisión era suya.

Daniel sintió el viejo interés moverse.

No fuerte.

No todavía.

Un animal despertando en otra habitación.

Se levantó.

—Me voy.

Rafael asintió.

—Claro.

Daniel dio dos pasos.

—Una mano —dijo el australiano—. Sit, man. Friendly game.

Friendly.

Amistoso.

Qué palabra tan obscena cuando había dinero sobre la mesa.

Daniel debería haberse ido.

Lo sabía.

El conocimiento estaba completo.

Limpio.

Disponible.

Podía salir, volver a la guesthouse, decirle a Lian la verdad mínima: Rafael me pone nervioso, no quiero verlo más. Podía hacer algo nuevo. Algo distinto. Algo que rompiera el patrón antes de que el patrón volviera a encontrar su carril.

En cambio, miró a Rafael.

Rafael no dijo nada.

Solo esperaba.

Daniel se sentó.

—Una mano.

Rafael bajó la mirada a las cartas.

—Las mejores tragedias siempre empiezan con moderación.

Daniel jugó.

Ganó.

Poco.

Casi nada.

Una cantidad ridícula.

Pero el cuerpo no entendía de cantidades.

Entendía de respuesta.

De riesgo.

De lectura.

De movimiento.

De esa pequeña descarga que llevaba años escondida debajo del nombre Mateo y que ahora, al primer golpe de suerte, levantaba la cabeza como si nunca hubiera dormido.

Daniel miró los billetes.

Rafael lo miró a él.

No sonrió.

No hacía falta.

Daniel había cruzado medio mundo, había fingido una muerte, había construido un nombre, había aprendido a comer poco, hablar menos y vivir como sombra.

Y aun así, bastó una mano ganada en una mesa barata detrás de una tienda para que Daniel Salcedo respirara dentro de Mateo Santos.

Rafael recogió sus cartas.

—Bienvenido —dijo.

Daniel no preguntó a qué.

Ya lo sabía.