Capítulo 19 — Rafael Mendoza #3
Sonaba el timbre y una parte diminuta de ella decía: quizá.
Ese día no lo dijo.
El timbre sonó.
Clara abrió.
Era un repartidor.
Irene siguió haciendo los deberes.
Solo al cabo de un rato entendió lo que había pasado.
No había esperado.
Se quedó con el bolígrafo quieto entre los dedos.
No sintió alegría.
No sintió libertad.
Sintió algo parecido al frío.
Porque esperar era doloroso, sí.
Pero también era una forma de seguir hablándole a alguien.
Cuando dejó de esperar, el silencio se volvió más grande.
Esa noche abrió el cajón.
Sacó el cuaderno azul.
Metió dentro una hoja doblada.
No escribió en sus páginas. Eso todavía no.
La hoja decía:
A los quince años he decidido no esperarte.
Luego añadió:
Pero si apareces, más te vale tener una explicación mejor que “había tráfico”.
La frase le hizo sonreír.
Después llorar.
Después cerrar el cuaderno.
Guardó la pulsera dentro, como siempre.
Lo devolvió al cajón.
Apagó la luz.
Se metió en la cama.
Madrid sonaba al otro lado de la ventana.
Coches.
Voces.
Un perro.
Una moto.
La vida normal, esa grosera insistente.
Irene cerró los ojos.
No rezó.
No pidió que apareciera.
No pidió que estuviera muerto.
No pidió dejar de quererlo.
A los quince años, Irene aprendió que esperar también era una forma de obedecer.
Y ella ya no quería obedecer a un fantasma.
Capítulo 19 — Rafael Mendoza
Rafael Mendoza apareció un jueves de calor podrido, de esos en los que la isla parecía sudar desde dentro.
Llegó a la guesthouse poco después del mediodía, cuando el comedor estaba casi vacío y Lian discutía con un proveedor sobre una caja de verduras que, según ella, había llegado “más triste que barata”.
Amara estaba en el colegio. La mujer mayor de la cocina dormía en una silla con un abanico sobre el pecho.
Daniel arreglaba una bisagra de una ventana que llevaba meses cerrando mal, lo cual, en la economía moral de la casa, significaba que ya era parte del mobiliario.
Oyó primero la voz.
Español.
No una palabra suelta.
No un turista perdido diciendo “gracias” con acento de aeropuerto.
Español entero.
—Bonito sitio —dijo alguien desde la entrada—. Un poco escondido, pero bonito. Como todos los sitios donde conviene no preguntar demasiado.
Daniel se quedó quieto con el destornillador en la mano.
El cuerpo reconoció el idioma antes que la cabeza.
Hacía años que el español le llegaba en fragmentos: parejas de vacaciones, quejas de maletas, comentarios sobre precios, insultos al calor, algún “joder” flotando en una mesa cercana. Pero aquello era distinto.
Aquella voz no sonaba a turista.
Sonaba a hombre que había aprendido a elegir las palabras antes de entrar en una habitación.
Daniel giró despacio.
El recién llegado estaba junto a la entrada del comedor, con una mochila pequeña al hombro, camisa de lino arrugada, pantalón claro y unas gafas de sol que no se quitó enseguida.
Tendría cincuenta y tantos años. Quizá más.
Quizá menos, si uno descontaba de la cara lo que no había puesto la edad, sino la vida usada con mala intención.
Tenía el pelo gris, bien cortado, barba corta y una sonrisa educada que no llegaba a la boca del todo.
Lian salió de la cocina con la factura en una mano.
—Reservation? —preguntó.
El hombre se quitó las gafas.
—Rafael Mendoza —dijo en inglés correcto, cómodo, casi aburrido—. I wrote yesterday. One room, three nights.
Lian consultó su libreta.
Daniel bajó la mirada hacia la bisagra.
No se movió.
No respiró bien.
Rafael Mendoza.
El nombre tenía una normalidad peligrosa. Nombre español, apellido español, voz española. Un pedazo de Madrid, o de cualquier otra ciudad con bares, deudas y hombres que hablaban demasiado claro, entrando sin permiso en la vida pequeña de Mateo Santos.
Lian encontró la reserva.
—Yes. Room two. Passport, please.
Rafael sacó el pasaporte del bolsillo interior de una bolsa pequeña. Lo dejó sobre la mesa con naturalidad. Mientras Lian copiaba los datos, él miró alrededor.
No como turista.
Como comprador.
Como alguien que evaluaba puertas, salidas, personas, sombras.
Sus ojos pasaron por Daniel una vez.
Luego volvieron.
—Español —dijo Rafael.
No fue pregunta.
Daniel siguió con el destornillador.
—A veces.
Rafael sonrió.
—Qué respuesta más de hombre con historia.
Daniel apretó la herramienta.
Lian levantó la vista un segundo, pero no intervino.
—Mateo helps here —dijo ella.
Rafael miró a Lian.
—Eso seguro.
Luego volvió a Daniel.
—Mateo.
El nombre falso, en español, sonó peor.
Hasta entonces Mateo había vivido en inglés, en bocas locales, en libretas de alojamientos, en tiendas donde nadie sabía qué debía significar. En español, en cambio, parecía recién comprado. Una camisa con la etiqueta todavía colgando.
Daniel dejó el destornillador sobre la mesa.
—¿Necesitas algo? —preguntó.
Rafael sonrió un poco más.
—De momento, habitación. Luego ya veremos qué necesita cada uno. La vida es una camarera lenta, pero acaba trayendo la cuenta.
Daniel lo miró.
Viejo recurso.
Frase ingeniosa.
Pausa medida.
Un hombre que también sabía usar la lengua como ganzúa.
Qué maravilla. Otro artesano del incendio.
Lian le entregó la llave.
—Room two. Food until nine.
—Perfecto —dijo Rafael—. Perdón. Perfect.
—Spanish is fine if you speak slow —respondió Lian.
Rafael inclinó la cabeza.
—Hablar despacio es una virtud que los españoles solo practicamos cuando ya hemos perdido algo.
Lian no sonrió.
Bien por ella.
Daniel habría querido no sonreír tampoco, pero una parte antigua de su cerebro reconoció la buena frase antes de recordar que venía de una amenaza.
Rafael cogió la llave y la mochila.
Antes de subir, se detuvo junto a Daniel.
—Luego me tomas una cerveza, Mateo.
—Estoy trabajando.
—Eso también lo he dicho yo muchas veces.
Rafael subió las escaleras.
Daniel se quedó abajo, mirando la bisagra.
La ventana seguía sin cerrar.
Por supuesto.
Nada cerraba del todo en aquella casa, al parecer. Ni las ventanas. Ni los casos. Ni los nombres.
Lian se acercó cuando Rafael desapareció por el pasillo.
—You know him?
—No.
La respuesta salió demasiado rápida.
Lian lo notó.
Lian lo notaba todo, que era una costumbre muy maleducada en una isla donde la gente decía venir a descansar.
—He knows you?
—No.
—You answer fast when lying.
Daniel cogió el destornillador.
—I answer fast when annoyed.
—Same face.
Él intentó ajustar la bisagra.
La herramienta resbaló.
Se golpeó un dedo.
—Shit.
Lian le quitó el destornillador de la mano.
—Leave it.
—Almost fixed.
—No. You make window worse.
Daniel miró la ventana.
Luego a ella.
—That window and I have a lot in common.
—Yes. Both need replacement.
Lian se fue hacia la cocina con el destornillador.
Daniel se quedó con el dedo dolorido y el orgullo, como siempre, en peor estado que la piel.
Rafael bajó una hora después.
Duchado, cambiado de camisa, con el pelo húmedo peinado hacia atrás.
Se sentó en una mesa del fondo, cerca del ventilador.
Pidió cerveza. Lian se la sirvió. Daniel se mantuvo ocupado con tareas absurdas: ordenar vasos ya ordenados, revisar una reserva que no necesitaba revisión, mover una silla diez centímetros hacia una forma superior de la inutilidad.
—Mateo —llamó Rafael.
Daniel fingió no oír.
—Mateo Santos —añadió.
Ahora sí.
El apellido.
Nadie allí lo usaba.
Nadie lo había preguntado desde hacía mucho.
Daniel se giró.
Rafael levantó la botella.
—No seas maleducado. Estoy lejos de casa. Me puedes conceder cinco minutos de idioma materno. Tampoco te estoy pidiendo un riñón. De momento.
Daniel caminó hasta la mesa.
No se sentó.
—¿Qué quieres?
—Confirmar una teoría.
—Mala costumbre.
—Excelente costumbre. Las teorías mantienen vivo al hombre cuando la realidad se pone vulgar.
Daniel miró hacia la cocina. Lian no estaba visible, pero podía aparecer en cualquier momento.
—No tengo conversación.
—Todo el mundo tiene conversación. Lo que pasa es que algunos la esconden como si pagara impuestos.
Rafael señaló la silla.
—Siéntate.
—No trabajas aquí para dar órdenes.
—Tú tampoco trabajas aquí con contrato, apostaría.
La palabra cayó suave.
Apostaría.
Daniel no se movió.
Rafael bebió cerveza.
—Tranquilo. Es un verbo común. Aunque en algunos hombres tiene más currículum que en otros.
Daniel se sentó.
No porque quisiera.
Porque permanecer de pie empezaba a parecer miedo.
—No sé quién crees que soy —dijo.
—Eso es mentira. Claro que lo sabes. Los hombres que se cambian de nombre siempre creen que todo el mundo está a punto de adivinar el anterior.
Daniel sintió el calor subirle por el cuello.
—Me llamo Mateo.
—Sí. Y yo me llamo Rafael Mendoza. Los dos hemos dicho una verdad. No necesariamente la más interesante.
Rafael apoyó los codos en la mesa.
—¿De dónde eres?
Daniel sonrió apenas.
—De España. Sorpresa tremenda.
—¿España grande o España concreta?
—Madrid.
—Madrid nunca suelta del todo. Es como una exmujer con buena memoria y cero sentido del humor.
Daniel no respondió.
Rafael lo observó con una atención tranquila.
—Aunque tú no tienes pinta de haber salido de Madrid por turismo.
—¿Y qué pinta tengo?
—De haber salido antes de que alguien pronunciara tu nombre en un sitio con fluorescentes.
Daniel sostuvo la mirada.
—Eres muy poético para estar sudando como todos.
—La poesía y el sudor son compatibles. Pregúntale a cualquier adolescente en verano.
Daniel casi rió.
Casi.
Rafael lo vio.
—Ahí está. Sabía que seguías vivo por algún lado.
La frase fue pequeña.
Pero entró demasiado hondo.
Seguías vivo.
Daniel apartó la mirada.
—No me conoces.
—No. Pero conozco el género.
—¿Qué género?
—Español expatriado en isla barata con nombre demasiado limpio, trabajo informal, mirada de perro que mordió a su dueño y ahora finge que solo quería jugar.
Daniel dejó de sonreír.
—Cuidado.
Rafael abrió las manos.
—Eso. Justo eso. Ahí aparece el hombre real.
El silencio entre ellos cambió.