Nadie reclama a los ahogados Capítulo 19 — Rafael Mendoza #2
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Capítulo 19 — Rafael Mendoza #2

—No. Es bastante preciso.

Daniel le debía muchas cosas.

Dinero era lo menos original.

Irene guardó el cuaderno en el cajón.

—No sé si quiero odiarlo.

Clara eligió con cuidado.

—No tienes que elegir una sola cosa.

—Eso es lo que dicen los adultos para justificar que todo sea un desastre.

—Sí.

—Mamá.

—¿Qué?

—No me ayudes tanto.

La frase salió baja.

Clara la recibió sin moverse.

—Vale.

—No me refiero a que no me ayudes.

—Ya.

—Me refiero a que a veces quiero estar mal sin que parezca que tengo que hacerlo bien.

Clara sintió que algo se le apretaba en el pecho.

—Lo intentaré.

Irene asintió.

Luego cogió una camiseta del montón de ropa limpia y la dejó sobre sus piernas, como si la conversación hubiera terminado por falta de aire.

Clara se levantó.

En la puerta, Irene habló otra vez.

—¿Tú todavía lo quieres?

Clara no se giró enseguida.

La pregunta tenía dientes.

No por mala intención.

Por edad.

A los quince años, los hijos empiezan a querer saber si sus padres son personas o solo muebles emocionales colocados alrededor de ellos.

—No como antes —dijo Clara.

—Eso no responde.

Clara se giró.

—Lo sé.

Irene esperó.

Clara miró la habitación: la ropa, los libros, el escritorio, la mochila, el cajón cerrado con el cuaderno dentro.

—Quise a alguien que ya no sé si existió como yo lo recuerdo —dijo—. Y sigo enfadada con alguien que, muerto o no, nos dejó con demasiadas preguntas.

Irene sostuvo su mirada.

—Eso sí responde.

Clara asintió.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Clara salió.

Irene se quedó sentada en la cama.

Después abrió de nuevo el cajón.

No sacó el cuaderno.

Solo comprobó que seguía allí.

Cerró.

Al día siguiente, en el instituto, una compañera llamada Marta le preguntó si podía ir a su casa el viernes a dormir. Irene dijo que quizá. Luego se corrigió.

—Sí, puedo.

La palabra quizá la irritaba.

La usaba demasiado.

Quizá voy.

Quizá luego.

Quizá me da igual.

Quizá no pasa nada.

Había heredado algunas cosas de Daniel sin pedirlas, y cada vez que las detectaba sentía ganas de arrancárselas como una etiqueta mal cosida.

Marta empezó a hablar de otra cosa. Un chico. Un examen. Una profesora. Un vídeo. La vida adolescente en su abundancia ridícula.

Irene escuchó.

Se rio cuando tocaba.

Comentó algo cruel sobre una influencer.

Prestó un bolígrafo.

Copió deberes.

Vivió.

Eso también era extraño.

La gente cree que el dolor ocupa todo el espacio porque desde fuera el dolor parece enorme.

Pero por dentro, incluso cuando duele mucho, quedan huecos pequeños donde entran cosas absurdas: hambre, memes, deberes, envidia, sueño, ganas de comprarte una chaqueta, miedo a gustarle a alguien, rabia porque te salga un grano.

Irene descubrió que podía estar rota y preocuparse por su pelo el mismo día.

Al principio le pareció una falta de respeto.

Luego entendió que quizá era así como la vida se defendía de las tragedias: con estupideces.

A veces, cuando alguna amiga hablaba mal de su padre por cosas normales —que no la dejaba salir, que era pesado, que hacía bromas malas—, Irene se quedaba callada.

No por envidia exactamente.

Por distancia.

Las quejas normales sobre padres normales pertenecían a otro idioma.

Una tarde, Marta dijo:

—Mi padre es insoportable, ojalá desapareciera una semana.

El grupo se rio.

Irene también.

Un poco tarde.

Marta se dio cuenta y se puso roja.

—Perdón, tía. No quería...

Irene levantó una mano.

—No pasa nada.

La frase salió automática.

Vieja.

Heredada.

En cuanto la dijo, se odió.

Marta se calló.

El resto cambió de tema.

Irene fue al baño durante el recreo, se encerró en una cabina y se miró en el espejo del móvil.

—No pasa nada —susurró.

Sonó como su yo de doce años.

Sonó como una niña protegiendo a su padre de una tarjeta rechazada.

Sonó como Clara contando hasta diez.

Sonó como todas las frases pequeñas que habían permitido que lo grande creciera sin nombre.

Irene bloqueó el móvil.

No lloró.

Volvió a clase.

Esa tarde, al llegar a casa, buscó en internet el nombre de Daniel.

No lo hacía desde hacía meses.

Quizá un año.

Daniel Salcedo Filipinas.

Los resultados eran viejos.

Noticias repetidas.

Foros raros.

Alguna página que mencionaba desapariciones de turistas.

Nada nuevo.

Nada.

La ausencia también envejecía.

Irene leyó una noticia española de hacía años.

“Buscan a un español desaparecido en Filipinas durante una excursión marítima.”

Daniel Salcedo, de 42 años, natural de Madrid...

Natural de Madrid.

Irene se quedó mirando esa frase.

Su padre era natural de Madrid.

Como si Madrid lo hubiera producido de forma inevitable, entre tráfico, bares, préstamos y frases ingeniosas.

Más abajo decía:

“Su entorno permanece a la espera de novedades.”

Su entorno.

Irene rió.

Sola.

Una risa fea.

Ella era entorno.

Clara era entorno.

Qué generoso el periodismo con las palabras cuando no conoce los salones donde la gente llora.

Cerró la página.

Luego buscó imágenes.

No sabía qué esperaba.

Fotos antiguas.

Nada nuevo.

No apareció su padre mojado, vivo, arrepentido, detenido en una isla, caminando por una calle, mirando hacia la cámara con cara de haber sido descubierto por fin.

Nada.

La búsqueda no devolvió milagros.

Qué falta de servicio.

A los quince años, Irene empezó a escribir.

No historias al principio.

Listas.

Frases.

Preguntas.

Cosas que sabía.

Cosas que no sabía.

Cosas que odiaba.

Cosas que no quería olvidar.

Una hoja decía:

Cosas que la gente dice cuando no sabe qué decir:

Lo siento. Seguro que está en un lugar mejor. El tiempo ayuda. Tu madre es muy fuerte. Tienes que seguir. Él te quería mucho. Al menos tienes recuerdos bonitos. No pienses en eso. Ya han pasado años. ¿Estás bien?

Debajo escribió:

Respuesta real: no, pero gracias por participar en este concurso de frases inútiles.

Luego se sintió culpable por la crueldad.

Después decidió que la culpa también podía esperar su turno.

Otra hoja decía:

Cosas que me gustaría preguntarle si aparece:

¿Por qué? ¿Sabías lo que ibas a hacer? ¿Pensaste en mí? ¿Pensaste en mamá? ¿Te dio miedo? ¿Te importó? ¿Cómo te atreviste? ¿Por qué no contestaste? ¿Quién eres ahora? ¿Tengo que seguir queriéndote?

Esa última pregunta la tachó.

Luego la volvió a escribir.

No en el cuaderno azul de Manila.

Nunca allí.

Usaba libretas corrientes, feas, de supermercado.

Las libretas bonitas exigían futuros bonitos.

Ella ya no se fiaba de eso.

Un sábado por la mañana, Clara encontró una de esas hojas sobre la mesa de la cocina.

No quiso leer.

Leyó la primera línea.

Cosas que me gustaría preguntarle si aparece.

Clara dejó la hoja donde estaba.

Preparó café.

Cuando Irene entró, despeinada y con cara de no haber dormido suficiente, vio la hoja.

La cogió rápido.

—No mires mis cosas.

—Perdón.

—La has mirado.

—Solo el título.

—Ya es mirar.

—Tienes razón.

Irene esperaba pelea.

No llegó.

Eso la molestó.

—Puedes enfadarte, ¿sabes?

Clara sirvió café.

—Ya estoy enfadada.

—No parece.

—Porque si lo saco todo, igual incendia la cocina.

Irene se apoyó en la encimera.

—Sería una mejora estética.

Clara la miró.

Irene sonrió apenas.

Clara también.

Dos sonrisas pequeñas, torcidas, supervivientes.

Luego Irene dijo:

—A veces pienso que si aparece, no quiero verlo.

Clara asintió.

—Vale.

—Y a veces pienso que sí.

—También vale.

—No puedes decir que todo vale.

—Puedo intentarlo hasta que te enfades.

—Me enfada.

—Entonces está funcionando.

Irene soltó una risa corta.

El humor entre ellas había cambiado. Era más seco. Más oscuro. Menos infantil. Clara a veces se preguntaba si eso era daño o vínculo. Probablemente las dos cosas, porque la vida, con esa originalidad suya de contable borracho, rara vez separaba bien las columnas.

Aquel año Irene empezó a decir menos “papá”.

Decía “mi padre” si hablaba con alguien externo.

Decía “Daniel” cuando estaba enfadada.

Decía “él” cuando no quería gastar una palabra entera.

Con Clara casi nunca decía nada.

Pero Daniel estaba en los silencios.

En ciertas fechas.

En el día del padre.

En su cumpleaños.

En los domingos de lluvia.

En los cuadernos de papelería.

En los aviones que pasaban por el cielo de Madrid.

En las noticias de turistas perdidos.

En cualquier foto del mar.

Irene no volvió a decir que quería ir a la playa durante años.

Cuando una amiga propuso viaje de fin de curso a la costa, Irene dijo que prefería ciudad.

—¿No te gusta el mar? —preguntó alguien.

Irene contestó:

—Me parece sobrevalorado.

La gente aceptó la respuesta.

El sarcasmo era más fácil de gestionar que el trauma.

A veces, por la noche, Irene imaginaba a Daniel vivo.

No lo imaginaba feliz.

Eso la habría matado.

Lo imaginaba pobre, viejo, solo, caminando por una calle de un país donde nadie supiera su nombre. Lo imaginaba mirando su móvil sin poder escribir. Lo imaginaba arrepentido. Lo imaginaba cobarde. Lo imaginaba incapaz de volver porque volver significaría destruir la única excusa que le quedaba.

En esas fantasías, Irene siempre acababa encontrándolo.

No sabía cómo.

Un aeropuerto.

Una calle.

Un vídeo.

Una foto.

Un error.

Ella aparecía delante de él, más alta, mayor, con el cuaderno azul en la mano.

Daniel decía:

—Princesa.

Y ella respondía:

—No.

Solo eso.

No.

Ni abrazo.

Ni grito.

Ni discurso.

No.

A veces esa fantasía la tranquilizaba.

Otras la dejaba peor.

Porque si Daniel estaba muerto, todas esas escenas eran una forma de torturarse.

Y si Daniel estaba vivo, eran demasiado pequeñas para lo que merecía.

A los quince años, Irene dejó de esperar de forma oficial.

No hubo ceremonia.

No hubo decisión.

No borró el contacto.

No tiró la pulsera.

No quemó el cuaderno.

No declaró nada.

Simplemente un día se dio cuenta de que ya no miraba la puerta cuando alguien llamaba al timbre.

Antes lo hacía.

Aunque supiera que era imposible.

Aunque no quisiera.

Aunque se odiara por hacerlo.