Capítulo 19 — Rafael Mendoza
Interludio II — La edad de no esperar
A los quince años, Irene aprendió a decir que su padre había muerto.
No porque estuviera segura.
Porque era más corto.
La primera vez lo dijo en clase, durante una presentación absurda sobre árboles genealógicos.
La profesora había pedido fotos, nombres, fechas, profesiones, parentescos.
Una actividad inocente, por supuesto. Los adultos tenían un talento especial para llamar inocentes a las cosas que podían abrirte en canal delante de veintisiete compañeros con rotuladores de colores.
Irene llevó una cartulina.
No puso foto de Daniel.
Puso su nombre en una esquina inferior, escrito con letra pequeña:
Daniel Salcedo — padre.
Nada más.
Ni fecha.
Ni profesión.
Ni “fallecido”.
Ni “desaparecido”.
Ni “hombre que prometía cosas para el mes que viene hasta que un día el mes que viene se hundió en el mar”.
La profesora se acercó mientras los demás recortaban papeles y pegaban fotos de abuelos, primos, perros y padres con cara de domingo.
—Irene, ¿quieres añadir algo sobre tu padre?
Irene miró la cartulina.
—No.
La profesora bajó la voz.
Ese era el tono que Irene más odiaba. El tono de los adultos cuando se ponen guantes para tocarte.
—Podemos hacerlo de otra manera si te resulta difícil.
Irene levantó la vista.
—Está muerto.
La frase salió limpia.
Seca.
Práctica.
La profesora se quedó quieta.
Un compañero de la mesa de al lado dejó de recortar.
Alguien miró.
Luego alguien fingió no mirar, que era peor.
Irene volvió a pegar una foto de su abuela materna como si nada.
La profesora murmuró algo.
—Lo siento.
Irene asintió.
No dijo “no pasa nada”.
Eso ya lo había dejado atrás.
Antes decía “no pasa nada” para proteger a los demás. Ahora había aprendido algo más útil: dejar que pasara y que cada uno se las arreglara con la incomodidad.
Decir “está muerto” funcionó.
Cerró la conversación.
Nadie preguntó por Filipinas.
Nadie preguntó por el mar.
Nadie preguntó por el cuerpo.
La muerte, aunque no estuviera confirmada del todo, tenía la ventaja social de ser una puerta cerrada. La desaparición, en cambio, era una puerta abierta en mitad de una habitación donde todos querían pasar sin mirar.
Desde entonces, Irene empezó a elegir la versión según el día.
Si tenía prisa:
—Murió.
Si estaba cansada:
—No está.
Si alguien le caía mal:
—Desapareció en Filipinas.
Esa última frase producía un silencio especial.
La gente se quedaba sin frases prefabricadas durante medio segundo.
Irene lo disfrutaba un poco, y luego se odiaba por disfrutarlo.
La crueldad pequeña, descubrió, también podía ser hereditaria.
Una broma de mal gusto de la sangre. Gracias, papá. Genética emocional de saldo.
A los quince años, Irene ya no miraba el chat cada noche.
Eso habría parecido una mejora.
No lo era exactamente.
Al principio había dejado de mirar una noche por agotamiento.
Luego dos. Luego una semana. Después el móvil cambió, la conversación se quedó guardada en una copia, las fotos pasaron a una carpeta que no abría casi nunca, y Daniel dejó de vivir en la pantalla principal para mudarse a una zona más profunda del dispositivo, donde iban las cosas que una no borraba pero tampoco quería encontrar buscando otra.
El duelo moderno tenía sus propias habitaciones, todas con contraseña.
Chats archivados.
Fotos en la nube.
Audios que no escuchabas.
Contactos que no eliminabas porque borrar un número parecía una decisión demasiado limpia para alguien que se había ido de una forma tan sucia.
Irene seguía teniendo el contacto de Daniel.
Papá.
No lo cambió.
A veces pensaba en cambiarlo por Daniel.
A veces por “No contestar”.
A veces por nada.
Nunca lo hacía.
La palabra papá seguía allí, insolente, como un cartel viejo sobre una tienda cerrada.
Una tarde, mientras esperaba el autobús, abrió el chat sin querer.
O eso se dijo.
La pantalla mostró mensajes antiguos.
Fotos de Bali.
Fotos de Manila.
Una foto oscura del mar.
Otra de día.
“Que no te coma un tiburón.”
“Intentaré negociar.”
“No te mueras.”
“Tendré cuidado.”
Irene miró esa última frase.
Ya no lloró.
Eso la asustó más que llorar.
Hubo una época en que aquellas palabras podían romperla. Ahora le provocaban algo más frío. Una especie de cansancio duro, como una piedra que se hubiera formado donde antes estaba el golpe.
Tendré cuidado.
Qué frase más inútil.
La gente debería necesitar licencia para usar frases así.
El autobús llegó.
Irene guardó el móvil y subió.
Se sentó junto a la ventana.
Madrid pasaba afuera con su elegancia habitual de ciudad que no pedía perdón por nada: tráfico, escaparates, ancianos, motos, fachadas sucias, gente con bolsas, terrazas con mesas demasiado juntas, padres recogiendo niños, niños que no querían ser recogidos.
A veces Irene miraba a hombres de cuarenta y tantos por la calle.
No porque creyera ver a Daniel.
No era tan idiota.
O quizá sí, pero de otra manera.
Miraba una forma de caminar, una barba, una chaqueta, una nuca. Durante una fracción de segundo su cuerpo decía: papá. Luego su cabeza decía: no seas ridícula. Después venía la rabia, puntual, a poner orden.
Porque si Daniel estuviera vivo, pensaba, no caminaría por Madrid.
Si Daniel estuviera vivo, estaría lejos.
Y eso era peor.
La sospecha era una enfermedad sin fiebre.
No se veía desde fuera.
No justificaba faltar a clase.
No te daba derecho a llorar en mitad de una cena.
Solo estaba ahí, trabajando por debajo de las cosas.
A veces Irene creía que su padre había muerto de verdad.
Entonces sentía tristeza.
Una tristeza extraña, vieja para su edad, como ropa heredada que no terminaba de quedarle bien.
Otras veces creía que no.
Entonces sentía odio.
Y el odio era más claro.
Más limpio.
Más útil.
El odio permitía frases completas.
Murió no.
Se fue.
Nos dejó.
Lo hizo.
El problema era que ninguna versión se quedaba para siempre.
La muerte volvía.
La sospecha volvía.
El amor volvía también, puntual y bastante imbécil.
Irene no dejó de querer a su padre de golpe.
Eso habría sido demasiado limpio.
Lo fue queriendo menos veces al día.
Primero dejó de pensar en él al despertar.
Luego dejó de imaginar qué le contaría al salir del instituto.
Después dejó de guardar mentalmente anécdotas para un regreso que cada vez parecía más insultante.
Un día aprobó un examen de matemáticas que creía suspendido y no pensó en decírselo.
Se dio cuenta horas después.
Estaba lavándose los dientes.
Se quedó quieta con el cepillo en la boca.
No había pensado en él.
Durante todo el día.
Ni una vez.
La culpa llegó tarde, como un autobús nocturno.
Y detrás llegó otra cosa.
Alivio.
Eso fue lo que la hizo llorar.
No olvidar.
Descansar un poco.
El descanso, cuando llega después de una ausencia, puede parecer traición.
A los quince años, Irene tenía amigas nuevas, gustos nuevos, una forma de vestir que a Clara le parecía “demasiado negra” y a ella le parecía normal porque, según explicó una vez, el mundo no merecía más colores entre semana.
Escuchaba música con auriculares grandes.
Leía más de lo que decía.
Escribía en libretas baratas, nunca en el cuaderno azul de Manila.
Ese seguía guardado.
En su habitación.
En el cajón inferior del escritorio, dentro de una bolsa de tela, con la pulsera metida entre las páginas como un animal dormido.
No lo usaba.
No lo tiraba.
No lo miraba casi nunca.
Pero sabía exactamente dónde estaba.
Eso era lo insoportable de ciertos objetos: no hacía falta verlos para que ocuparan sitio.
Una noche, Clara entró en su habitación para dejar ropa limpia y vio el cajón abierto.
El cuaderno estaba sobre la cama.
Irene estaba sentada al lado, con las piernas cruzadas, mirando la portada.
—No estaba buscando nada —dijo Irene.
Clara dejó la ropa sobre la silla.
—No he preguntado.
—Pero ibas a hacerlo.
—Puede.
Irene abrió el cuaderno.
La pulsera seguía dentro, entre la primera y la segunda página.
Azul y blanca.
Barata.
Bonita, si una se esforzaba en olvidar quién la había comprado.
—A veces pienso que debería usarlo —dijo Irene.
Clara no se movió.
—Puedes hacerlo.
—No quiero.
—También puedes no hacerlo.
Irene la miró.
—Estás muy filosófica últimamente.
—Es agotamiento. Se parece mucho si no lo miras de cerca.
Irene casi sonrió.
Pasó una página.
Blanca.
Otra.
Blanca.
Todas esperándola con esa paciencia desagradable de las cosas nuevas.
—Me da rabia que esté vacío —dijo.
Clara se sentó en el borde de la cama.
—Sí.
—Como si hubiera llegado tarde incluso para escribir algo.
Clara bajó la mirada.
No respondió.
La frase era demasiado Daniel.
Demasiado exacta.
—¿Tú crees que pensaba volver? —preguntó Irene.
La pregunta ya no sonaba como antes.
A los doce años, Irene preguntaba buscando una respuesta.
A los quince preguntaba para escuchar cómo dolía.
Clara tardó.
—Creo que una parte de él pensaba volver.
Irene se quedó quieta.
—¿Y la otra?
Clara respiró despacio.
—Creo que la otra siempre estaba buscando una salida.
Irene cerró el cuaderno.
—Eso no es justo.
—No.
—Tener partes así.
—No.
—Porque entonces nunca sabes cuál era verdad.
Clara la miró.
—Quizá eran verdad las dos.
Irene soltó una risa sin alegría.
—Genial. Mi padre, edición puzzle.
Clara no corrigió la ironía.
La ironía era una barandilla. Mala, oxidada, pero barandilla.
—No tienes que resolverlo hoy —dijo.
—Todo el mundo dice eso.
—Porque es verdad.
—No. Porque nadie sabe resolverlo nunca.
Clara aceptó el golpe con un pequeño gesto.
—También.
Irene guardó la pulsera otra vez dentro del cuaderno.
—Cuando la gente dice “tu padre”, siento que hablan de otra persona.
—Tiene sentido.
—Pero cuando dicen “Daniel”, me enfado. Como si no tuvieran derecho.
Clara asintió.
—También lo tiene.
—Y cuando tú dices “Daniel”...
—¿Qué?
Irene se encogió de hombros.
—No sé. Parece que hablas de alguien que te debe dinero.
Clara soltó una risa seca.
Irene la miró.
—Perdón.