Capítulo 18 — Clara sospecha #10
La sospecha había encontrado otra casa.
Clara quiso negarlo.
Con fuerza.
Por protección.
Por miedo.
Por amor.
No pudo.
Negarlo habría sido poner a Irene en contra de su propio instinto.
Y Clara sabía demasiado sobre lo que costaba eso.
—Yo también lo he pensado alguna vez —dijo.
Irene no pareció sorprendida.
Eso fue lo que más dolió.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
Clara limpió las manos en un trapo.
—Porque no tengo pruebas. Porque quizá no es verdad. Porque si tu padre murió, pensar eso es injusto. Y porque si no murió...
La voz se le rompió.
Irene terminó por ella:
—Es peor.
Clara asintió.
Irene miró la encimera.
—No sé qué quiero que sea verdad.
Clara se acercó despacio.
—Yo tampoco.
Esta vez Irene permitió que la abrazara.
No como antes.
No como una niña.
Como alguien que necesitaba apoyarse un segundo sin admitir derrota.
La cebolla quedó a medio cortar.
La cena salió tarde.
No importó.
Aquella conversación cambió algo.
No lo curó.
No lo empeoró de forma visible.
Solo abrió una habitación que ambas sabían que existía y fingían no usar.
Desde entonces, Daniel ya no fue solo el padre desaparecido.
Fue también una posibilidad sucia.
Un quizá.
El peor de todos.
Irene empezó a evitar hablar de él con otras personas.
Cuando alguien preguntaba, decía:
—Murió.
A veces.
Otras:
—Desapareció.
Si la miraban con pena, cambiaba de tema.
Si preguntaban más, sonreía de una forma que Clara reconocía demasiado bien.
Una sonrisa de Daniel.
Amable.
Cerrada.
Útil para terminar conversaciones.
Eso la aterraba.
No porque Irene se pareciera a su padre.
Sino porque empezaba a usar herramientas de supervivencia aprendidas de su ausencia.
Pasado el tiempo suficiente para que la administración empezara a moverse, llegó otro documento.
No cerraba nada del todo, pero permitía iniciar ciertos trámites. La muerte presunta no era inmediata. Había plazos. Procedimientos. Declaraciones. Más palabras. Siempre más palabras.
Clara leyó la carta dos veces.
Luego la dejó sobre la mesa.
Irene la vio.
—¿Qué es?
Clara se lo explicó.
Como pudo.
No era declarar que Daniel estaba muerto exactamente.
No todavía.
Pero se abría la posibilidad legal de ordenar cosas.
Ordenar.
Qué verbo tan indecente.
—¿Y tú quieres hacerlo? —preguntó Irene.
Clara tardó.
—No sé si quiero. Pero quizá tenemos que hacerlo.
—¿Para qué?
—Para documentos. Para algunas gestiones. Para que no todo esté siempre...
—Abierto.
Clara asintió.
Irene cogió la carta.
La leyó.
—Caso abierto —dijo.
—Sí.
Irene dejó el papel.
—Odio esa frase.
—Yo también.
No hicieron el trámite enseguida.
Clara lo pospuso.
Luego se sintió culpable por posponerlo.
Después se sintió culpable por planteárselo.
La culpa, descubrió, era el idioma principal de los vivos.
Daniel había dejado de pagar muchas deudas.
Clara seguía pagando las invisibles.
A veces soñaba con él.
No sueños dramáticos.
No el mar.
No una aparición mojada en la puerta.
Soñaba cosas absurdas: Daniel en un supermercado, eligiendo cereales; Daniel en una terraza, diciendo que llegaba tarde; Daniel bajando unas escaleras con una mochila; Daniel sentado en la mesa de la cocina, callado.
En los sueños, Clara siempre sabía que algo no encajaba.
—Estás muerto —le decía a veces.
Daniel sonreía.
—Técnicamente no.
Incluso en sueños usaba técnicamente.
Clara despertaba con rabia.
Una rabia doméstica, agotada, casi matrimonial.
Como si Daniel hubiera vuelto solo para dejar otra cosa sin recoger.
A los tres años, Clara dejó de llamarse viuda en formularios mentales.
Nunca había sido viuda legalmente.
Era exmujer de un desaparecido.
Una categoría absurda, sin épica, sin rituales.
Las viudas tenían negro, pésames, misa si querían, documentos, una palabra reconocible.
Clara tenía explicaciones.
“Mi exmarido desapareció en Filipinas.”
La frase era tan rara que la gente no sabía qué cara poner.
Algunos decían “lo siento”.
Otros preguntaban demasiado.
Otros intentaban no preguntar nada y se volvían torpes.
Clara aprendió a decirlo con distintos tonos según la situación.
En el médico: neutro.
En el instituto: práctico.
En trámites: preciso.
Con conocidos: breve.
Con desconocidos: casi nunca.
Cada versión era una pequeña actuación.
Daniel habría apreciado la técnica.
Otra cosa que Clara odiaba.
Una tarde encontró a Irene en el salón, mirando la caja de zapatos.
La había sacado del armario.
Clara se quedó en la puerta.
Irene tenía quince años ya, o casi. El pelo más largo, la cara más definida, el cuerpo en esa etapa adolescente donde todo parecía provisional y absoluto al mismo tiempo.
Sobre la mesa estaban el cuaderno y la pulsera.
Irene tocaba la pulsera con un dedo.
—No deberías esconderla tan mal —dijo, sin mirar a Clara.
—No intentaba esconderla bien.
—Pues objetivo cumplido.
Clara entró.
—¿Quieres quedártela?
Irene negó.
—No.
—¿Quieres tirarla?
Tampoco.
—Quiero saber por qué la compró.
Clara se sentó frente a ella.
—Pensó en ti.
Irene levantó la vista.
—No hagas eso.
Clara se calló.
—No lo conviertas en bonito.
La frase dolió porque era justa.
Clara había caído en la trampa del consuelo fácil. Daniel pensó en ti. Como si pensar bastara. Como si una pulsera pudiera presentarse en nombre de un padre.
—Tienes razón —dijo.
Irene volvió a mirar la pulsera.
—A veces creo que sí murió.
Clara escuchó.
—Y entonces me siento mal por haber pensado lo otro.
Clara asintió.
—A mí también me pasa.
—Y a veces creo que no murió.
Silencio.
—Y entonces lo odio.
Clara sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero no las dejó caer.
Irene necesitaba una madre, no un espejo roto.
—Eso también puede pasar —dijo.
—¿Odiar a un muerto?
—Odiar a alguien que te hizo daño.
—¿Aunque esté muerto?
—Sí.
Irene respiró hondo.
—Pues qué asco todo.
Clara casi sonrió.
—Sí.
—Muy profundo, mamá.
—Estoy intentando no parecer una taza con frase motivacional.
Irene soltó una risa pequeña.
Una risa real.
Breve.
Clara la recibió como quien recibe una tregua de cinco segundos en una guerra larga.
Luego Irene cogió el cuaderno.
Lo abrió por la primera página.
Blanca.
Pasó otra.
Otra.
—No sé qué hacer con esto.
—No tienes que hacer nada.
—Todo el mundo dice eso cuando no sabe qué decir.
—Es verdad.
—¿Que no saben qué decir?
—También.
Irene la miró.
Después cerró el cuaderno.
—Lo voy a guardar yo.
Clara asintió.
—Vale.
—No significa nada.
—Vale.
—No es que lo perdone.
—Lo sé.
Irene metió la pulsera dentro del cuaderno, como marcador, y se levantó.
—Voy a mi cuarto.
Clara la dejó ir.
No preguntó.
No interpretó.
No convirtió el gesto en avance, cierre, etapa, símbolo ni ninguna de esas palabras que los adultos usaban cuando querían sentirse menos impotentes.
Solo la vio llevarse el cuaderno.
Aquella noche Clara no durmió bien.
Pensó en Daniel.
No en el mar.
En Daniel comprando el cuaderno.
Imaginó la tienda.
La elección.
El pago.
La pequeña satisfacción miserable de corregir tarde una escena.
Lo conocía lo suficiente para saber que habría sentido alivio.
Eso la enfureció.
Daniel siempre había confundido gestos con reparación.
Pero también pensó algo que no quería pensar:
Si hubiera planeado desaparecer, ¿por qué comprar el cuaderno?
La pregunta quedó allí.
Infectada.
Porque tal vez lo compró para parecer que pensaba volver.
Porque tal vez una parte sí pensaba volver.
Porque tal vez Daniel no era un plan limpio, sino una suma de impulsos cobardes.
Porque tal vez el accidente fue accidente.
Porque tal vez no.
Clara se dio la vuelta en la cama.
El otro lado estaba vacío desde hacía años, pero aquella noche pareció más vacío que de costumbre.
No sabía si Daniel estaba muerto.
Lo terrible era que tampoco sabía cuál de las dos respuestas le daba más miedo.
A la mañana siguiente, preparó café, despertó a Irene, discutieron por una chaqueta, buscaron unas llaves, Irene salió tarde, Clara se enfadó, luego se arrepintió, luego fue a trabajar.
La vida siguió.
No porque estuviera curada.
Porque la vida no tenía vergüenza.
Y Clara, que había imaginado muchas veces la vida sin Daniel, descubrió que incluso sin él seguía teniendo que recoger sus restos.
No todos.
Solo los que había dejado dentro de ellas.