Capítulo 18 — Clara sospecha #3
En una casa real.
Con una mano real.
Mateo no debía dinero.
Mateo no tenía hija.
Mateo no tenía exmujer.
Mateo no había llegado tarde a un domingo.
Mateo no había prometido un cuaderno.
Mateo no estaba desaparecido en el mar.
Mateo no existía.
Esa era su mejor cualidad.
Y la más repugnante.
Durante varias horas no salió.
Bebió agua.
Comió algo dulce que se pegaba a los dientes.
Miró la pared.
Escuchó la casa.
Gallinas.
Una radio.
Voces.
Un niño llorando en algún lugar.
Una moto que llegó y se fue.
El mundo seguía alrededor de Mateo igual que había seguido alrededor de Daniel. Era una de las cosas más difíciles de soportar: la vida no distinguía bien entre nombres verdaderos y falsos si ambos pagaban por adelantado.
Al mediodía, la mujer llamó a la puerta.
Daniel se sobresaltó.
—Yes?
Ella dijo algo y luego una palabra reconocible:
—Food?
Daniel abrió.
La mujer sostenía un plato con arroz, huevo y pescado seco. Daniel entendió que podía comprarlo.
Asintió.
—Yes. Thank you.
Pagó.
Ella miró su rodilla.
Daniel bajó la vista.
Tenía un raspón feo.
—Ah —dijo—. I fall.
La mujer levantó las cejas.
No parecía creerle ni no creerle.
Solo registrarlo.
Daniel repitió:
—I fall.
Me caí.
Qué frase tan generosa.
Servía para rodillas, matrimonios, deudas, vidas enteras.
La mujer se fue.
Daniel comió sentado en la cama. El arroz estaba pegajoso, el huevo frío, el pescado salado. Le supo mejor que cualquier cosa en días. El hambre convertía la supervivencia en argumento. Mientras masticaba, por primera vez desde el agua, una parte sucia de él pensó:
Estoy vivo.
La frase trajo alivio.
Luego culpa.
Luego alivio por encima de la culpa.
Y esa mezcla lo asustó más que el miedo.
Porque el cuerpo quería vivir.
El cuerpo no entendía de moral.
El cuerpo bebía agua, comía arroz, agradecía sombra, buscaba descanso, respiraba.
El cuerpo era un traidor excelente.
Pasó la tarde sin saber qué hacer con las manos.
No tener móvil fue al principio una mutilación y luego una tregua. No podía mirar el chat de Irene. No podía llamar a Clara. No podía comprobar si alguien lo buscaba. No podía recibir ni dar señales.
Eso debía aliviarlo.
Lo volvió loco.
Quería saber y no quería saber.
Quería que lo buscaran y quería que dejaran de buscarlo.
Quería ser llorado y quería que nadie sufriera.
Quería estar muerto para sus deudas y vivo para su hija.
La codicia moral de Daniel no tenía fondo.
Al anochecer consiguió un teléfono sencillo, de esos que parecían fabricados para sobrevivir a dueños peores que él. No había fotos. No había contactos. No había historial.
Un rectángulo vacío.
Un futuro miserablemente limpio.
Daniel sintió una emoción que no quiso nombrar.
Después, con una conexión lenta, buscó su nombre.
Spanish tourist missing Siquijor.
Daniel Salcedo Filipinas.
Missing tourist boat.
Al principio no apareció nada claro.
Luego, sí.
Una publicación local, breve, con traducción automática imperfecta. Un turista español desaparecido durante una excursión marítima. Búsqueda en curso. Autoridades locales. Sin confirmar.
No había foto.
No había detalles.
Pero estaba.
Daniel leyó la nota tres veces.
Un turista español.
No Daniel.
No padre.
No cobarde.
Un turista español.
La distancia convertía a las personas en categorías.
Cerró la página.
Volvió a abrirla.
La cerró.
Pensó en Clara.
En la llamada.
En Irene.
En el chat.
Le gustaría verlos, pensó.
No.
No le gustaría.
Necesitaba verlos.
No.
Era peor.
Quería recibir el dolor como prueba de que todavía importaba.
Esa fue una verdad tan fea que dejó el teléfono sobre la mesa como si quemara.
Caminó fuera al atardecer.
El alojamiento estaba lejos del mar, pero no tanto como para olvidarlo. Se oía, si uno callaba. También se oían insectos, voces, gallinas, una radio con música suave. El aire olía a tierra caliente, humo y comida.
La mujer mayor estaba sentada en una silla de plástico.
Lo vio salir.
—Mateo —dijo.
Daniel se detuvo.
La primera vez que alguien lo llamó así sin preguntar, el nombre le produjo una descarga en el estómago.
No placer.
No exactamente.
Alivio y asco en la misma cuchara.
—Yes —respondió.
Ella señaló una botella de agua sobre una mesa.
Daniel entendió que era para él o que podía comprarla.
La cogió.
—Thank you.
La mujer dijo algo más.
Daniel no entendió.
Sonrió.
La sonrisa del extranjero.
La sonrisa del culpable.
A veces eran la misma.
Se sentó en una silla bajo la sombra.
El cielo empezaba a cambiar de color.
Pensó en el otro alojamiento.
En Lian.
Room three.
El pasaporte.
La libreta.
La mochila.
El cuaderno.
La pulsera.
¿Lo habrían encontrado?
¿Estaría Lian hablando con la policía?
¿Habría abierto la habitación?
¿Habría visto los objetos?
Lian había preguntado:
Family there?
They know you are here?
Daniel cerró los ojos.
Ahora sí.
Ahora todos sabían que había estado allí.
Y nadie sabía dónde estaba.
Eso era lo que había comprado.
Eso era lo que había hecho.
La noche cayó despacio.
Daniel volvió a la habitación y encendió el teléfono barato.
Buscó otra vez.
Nada nuevo.
El turista español seguía desaparecido.
Search ongoing.
No body found.
No body found.
La frase lo golpeó.
En el papel de Clara, si lo hubiera sabido, esas palabras ya estarían escritas.
No cuerpo.
No cuerpo.
Daniel se sentó en la cama.
Pensó en llamar.
No a Clara.
Imposible.
No a Irene.
No podía.
No debía.
No debía era una frase muy cómoda cuando uno ya había hecho lo imperdonable. Parecía ética, pero muchas veces solo era miedo vestido de responsabilidad.
Pensó en enviar un mensaje anónimo.
Estoy vivo.
No puedo volver.
Perdón.
No.
Eso sería peor.
¿Peor para quién?
Para Irene, quizá.
Para Clara.
Para él.
No sabía.
La verdad, después de una mentira grande, dejaba de ser una lámpara y empezaba a parecer un incendio.
Daniel apagó el teléfono.
La habitación quedó iluminada por una bombilla débil.
Se quitó la gorra.
Se tocó el pelo.
Necesitaba cambiar algo.
No porque fuera útil de verdad.
Porque los hombres que no pueden cambiar lo importante atacan el pelo, la barba, la ropa, el decorado. La estética como coartada de transformación.
A la mañana siguiente se cortó el pelo en una peluquería pequeña donde un ventilador apuntaba a los clientes con más entusiasmo que eficacia. El peluquero le preguntó algo. Daniel hizo un gesto con la mano.
—Short.
El hombre cortó.
Demasiado.
Daniel miró mechones caer al suelo.
Pelo de Daniel.
Basura de Mateo.
En el espejo, la cara parecía más dura, más delgada, más extranjera.
No mejor.
Nunca mejor.
Compró dos camisetas baratas, un pantalón y unas sandalias. Dejó una camiseta vieja en una bolsa detrás de una tienda. Luego se quedó mirando la bolsa como si acabara de abandonar un animal.
Con los días, Mateo empezó a existir en cosas pequeñas.
Un vendedor lo llamó Mateo.
Una mujer le dijo Mateo al darle cambio.
Un conductor preguntó si «Mateo» iba al pueblo o a la costa.
El nombre empezó a tener uso.
Eso era lo terrible de los nombres: no necesitaban alma para funcionar. Bastaba con que otras personas los pronunciaran.
Daniel, en cambio, empezó a convertirse en una noticia vieja.
Un español desaparecido.
Un padre llorado.
Una deuda sin cuerpo.
Un chat sin respuesta.
A veces, al despertar, tardaba un segundo en recordar cuál de los dos era.
Ese segundo era el único momento de paz.
Después regresaba todo.
Una mañana, comprando café instantáneo, vio a Amara.
La sobrina de Lian.
La niña estaba con una mujer mayor. Llevaba uniforme escolar y una mochila rosa. Daniel la reconoció antes de que ella lo reconociera a él.
O eso creyó.
Amara lo miró.
Frunció el ceño.
Daniel bajó la vista.
Se puso la gorra más baja.
Pagó rápido.
Salió.
Caminó sin mirar atrás durante varios minutos.
La culpa tenía la voz de Clara, el rostro de Irene y, ahora, también un diente torcido de niña filipina que quizá recordaba al huésped español de la habitación tres.
Ese día decidió alejarse más.
No de la isla todavía.
De esa zona.
Otra mudanza pequeña.
Otro corte.
Otra capa.
Mateo Santos nació así: no en un instante limpio, sino en sucesivas cobardías logísticas.
Un nombre dicho en una libreta vieja.
Una camiseta tirada.
Un pelo cortado.
Un teléfono sin recuerdos.
Un camino evitado.
Una niña no saludada.
Una mujer que quizá lo vio y quizá no.
La identidad falsa no fue una puerta abierta.
Fue una habitación cerrándose despacio desde dentro.
Y Daniel, que durante años había confundido la huida con movimiento, empezó a aprender la primera ley de Mateo Santos:
uno puede desaparecer de los demás y seguir atrapado en el mismo sitio.
Solo que ahora nadie viene a buscarte por tu verdadero nombre.
Capítulo 16 — Nadie reclama a los ahogados
La primera semana, Daniel buscó su nombre cada mañana.
Luego empezó a buscarlo también por la tarde.
Después de cenar.
Antes de dormir.
A veces de madrugada, cuando el ventilador del techo hacía un ruido irregular y la habitación olía a humedad, insecticida barato y ropa que nunca terminaba de secarse del todo.
Daniel Salcedo Filipinas.
Spanish tourist missing Siquijor.
Daniel Salcedo missing sea.
Español desaparecido Filipinas.
Siquijor boat accident.
Al principio escribía con cuidado.
Después el dedo completaba las búsquedas casi solo.
El teléfono barato tardaba en cargar. La conexión iba y venía con una crueldad pequeña, suficiente para volver cada búsqueda más larga de lo necesario. Daniel odiaba la espera, pero también la necesitaba. Mientras la página cargaba, todavía había posibilidades.
Quizá había una actualización.
Quizá no.
Quizá lo daban por muerto.
Quizá seguía desaparecido.
Quizá alguien había escrito su nombre.
Quizá Irene.
Ese pensamiento lo atravesaba siempre de una forma indecente.
No quería que Irene apareciera.
Claro que no.