Capítulo 18 — Clara sospecha #2
—No lo quiero.
Clara no respondió enseguida.
—No tienes que decidir eso ahora.
—Si aparece, tampoco lo quiero.
—Vale.
—Quiero el otro.
—¿El de Madrid?
Irene asintió.
El cuaderno azul con la luna dorada.
El que no pudo comprar.
El que quedó en una tienda cualquiera mientras su padre inventaba excusas.
No era por el cuaderno.
Irene lo sabía.
Clara también.
El primer cuaderno era la herida.
El segundo era el intento de taparla desde demasiado lejos.
—Podemos buscarlo —dijo Clara.
Irene negó con la cabeza.
—No.
No quería que su madre lo comprara.
No quería comprarlo ella.
No quería que nadie corrigiera la escena.
Algunas cosas, cuando se estropean, no necesitan arreglo.
Necesitan testigos.
Clara le apartó un mechón de la cara.
Irene dejó que lo hiciera.
—Intenta dormir un poco —dijo.
—No puedo.
—Lo sé.
—¿Tú vas a dormir?
Clara no contestó.
Irene casi sonrió.
—Eso pensaba.
La sonrisa no llegó.
Clara se levantó.
—Voy a estar en el salón. Con el móvil encendido.
—¿Y si llaman?
—Te lo diré.
—¿Aunque sea malo?
Clara la miró.
—Aunque sea malo.
Irene asintió.
Eso era lo único que podía pedir.
Que no la protegieran con mentiras.
Clara salió y dejó la puerta entreabierta.
Irene volvió a la cama, pero no se metió bajo las sábanas. Se sentó con la espalda contra la pared y el móvil en las manos.
Abrió otra vez la foto del mar.
Esa sí.
Había escrito ella.
Esa sí.
Qué tonta.
Qué normal.
Qué viva había sido la conversación pocas horas antes.
Amplió la foto hasta que la imagen perdió calidad.
El agua se volvió manchas.
El cielo, píxeles.
La barca, una forma rota.
Irene pensó que quizá eso era crecer: mirar algo bonito hasta que dejaba de parecerlo.
El móvil vibró.
Se le paró el corazón.
No era Daniel.
Era una amiga del instituto.
“Tu madre te ha dejado faltar mañana?”
Irene miró el mensaje sin entender.
Mañana.
Instituto.
Deberes.
Gente que no sabía.
El mundo seguía teniendo miércoles.
No respondió.
Bloqueó la pantalla.
Se levantó otra vez.
Fue hasta el escritorio.
Cogió una libreta cualquiera, no bonita, de tapas negras, usada para apuntes. Arrancó una hoja.
Escribió:
Cosas que sé.
Se quedó pensando.
Luego puso:
Papá estaba en una isla. Papá fue en una barca. Papá dijo que tendría cuidado. No aparece. Mamá tiene miedo. Yo también. Estoy enfadada. No sé si puedo estar enfadada.
Leyó la lista.
Añadió:
Si vuelve, le voy a decir que no se puede hacer esto.
Se detuvo.
La punta del bolígrafo quedó sobre el papel.
Después escribió:
Si no vuelve, no sé a quién se lo digo.
Ahí sí lloró otra vez.
Más fuerte.
Clara no entró.
Quizá la oyó.
Seguro que la oyó.
Pero no entró.
Irene lo agradeció y lo odió al mismo tiempo.
Al cabo de un rato, cuando se le acabó el llanto o el cuerpo decidió guardarlo para después, Irene dobló la hoja y la metió debajo de la almohada.
Luego escribió un último mensaje a su padre.
No pensó demasiado.
Solo escribió:
“El mes que viene no existe.”
Lo envió.
Dos marcas grises.
Irene miró la frase.
Sintió miedo de haber sido cruel.
Luego sintió rabia por tener miedo.
Luego dejó el móvil boca abajo sobre la cama.
Se tumbó.
Afuera, Madrid seguía sonando.
Un coche.
Una voz.
Una puerta.
El edificio entero respirando alrededor de ellas.
Irene cerró los ojos.
Intentó imaginar a su padre apareciendo.
Mojado.
Vivo.
Torpe.
Pidiendo perdón.
No pudo.
Intentó imaginarlo muerto.
Tampoco pudo.
Lo único que consiguió imaginar fue el mar de la foto.
Bonito.
Quieto.
Mentiroso.
Y en algún punto de esa noche, sin dormir realmente, Irene entendió algo que ninguna niña debería entender tan pronto:
A veces una persona se va, y los demás se quedan viviendo dentro de la pregunta.
Capítulo 15 — Mateo Santos
Daniel pasó la noche en un lugar sin nombre.
No porque el lugar no lo tuviera.
Seguro que lo tenía. Todo tenía nombre en alguna parte: los caminos, las casas, las rocas, las playas pequeñas donde los pescadores dejaban redes, los tramos de costa donde los turistas se hacían fotos sin saber si estaban invadiendo algo.
Pero Daniel no lo conocía, y durante aquella noche le bastó con eso.
Un sitio sin nombre para un hombre que acababa de romper el suyo.
Durmió poco.
O creyó dormir.
Se refugió primero entre vegetación, luego bajo una estructura a medio construir que encontró al seguir una senda estrecha.
Había paredes bajas, cemento, madera, un techo parcial de chapa y olor a humedad antigua.
Algún proyecto detenido. Alguna promesa local que tampoco había llegado a completarse.
Perfecto.
La ruina reconocía a la ruina.
Se sentó contra una pared y esperó a que el cuerpo dejara de temblar.
No dejó.
El temblor cambió de sitio. Primero en las manos, luego en las piernas, después en la mandíbula. El frío no era real. Hacía calor. La ropa mojada se le pegaba a la piel, pero el frío venía de más adentro, de ese lugar donde el cuerpo registra una verdad antes de que la cabeza la convierta en frase.
Había desaparecido.
No en sentido poético.
No en sentido dramático.
No como se decía en Madrid cuando alguien dejaba de contestar llamadas o se perdía un domingo de su hija.
Había desaparecido de verdad.
Otros estaban pronunciando su nombre en voz alta mientras él respiraba escondido.
Daniel.
Mister Salcedo.
Spanish tourist.
Papá.
Pensó en Irene.
El pensamiento llegó sin permiso, como todos los pensamientos importantes.
Irene mirando el móvil.
Irene enviando mensajes.
Irene preguntando.
Irene llorando.
Irene entendiendo demasiado y no lo suficiente.
Daniel se apretó la frente con las manos.
—No —susurró.
No a qué.
No a la imagen.
No a la culpa.
No a volver.
No a seguir.
No.
La palabra más inútil del mundo cuando llega después de los hechos.
De madrugada oyó motores a lo lejos.
Una vez creyó escuchar voces.
Se quedó inmóvil.
Luego el sonido se alejó.
La isla siguió existiendo.
Insectos.
Hojas.
Mar.
Algún perro.
Un gallo demasiado temprano o demasiado confundido.
Daniel descubrió que el mundo nocturno no era silencioso. Solo hablaba en idiomas que no necesitaban a los hombres.
Al amanecer, la ropa estaba casi seca y él olía a sal, sudor, barro y miedo.
Se miró las manos.
Arañazos.
Una uña rota.
La piel arrugada en los dedos.
Manos humanas, no manos nuevas.
Qué decepción.
Había esperado, sin admitirlo, que al otro lado de la desaparición hubiera algún cambio visible. Una marca. Una transformación. Algo que justificara la magnitud del acto. Pero seguía siendo el mismo: barba mal crecida, ojos hundidos, cuerpo dolorido, rodilla golpeada, camiseta sucia.
La muerte falsa no mejoraba el aspecto.
Solo empeoraba el alma, y eso no siempre salía en el espejo.
No tenía mochila.
No tenía móvil.
No tenía libreta.
No tenía pasaporte.
Tenía unos billetes húmedos en un bolsillo y una sed que le raspaba la garganta.
Dinero.
Incluso después de morir, seguía preocupándole.
Eso casi lo hizo reír.
Casi.
El hambre llegó tarde.
La sed antes.
Se obligó a moverse cuando la luz ya era suficiente para ver el camino. No podía quedarse allí. No podía volver a la guesthouse. No podía acercarse al puerto. No podía caminar por la carretera principal como si nada.
No podía.
Esa frase empezaba a multiplicarse.
Daniel había pasado años quejándose de no tener opciones. Ahora, por fin, había construido una vida donde la mayoría de opciones limpias habían desaparecido.
Un éxito.
Llegó a una carretera estrecha después de caminar lo suficiente para que el cuerpo dejara de hacer preguntas morales y se concentrara en las básicas: agua, sombra, silencio.
Pasaron motos.
Un triciclo.
Un hombre con sacos.
Daniel esperó hasta encontrar a alguien que aceptara entenderlo sin entender demasiado. El inglés fue pobre. Los gestos, más útiles. El dinero, como siempre, terminó de traducir lo que la boca no podía.
En una tienda pequeña compró agua, algo de comida y una camiseta barata. Se lavó como pudo en un baño estrecho, usando un cubo y un espejo oxidado que le devolvió a un extranjero cansado, sucio, con ropa de emergencia y una mirada demasiado alerta.
No parecía Daniel Salcedo.
Tampoco parecía otra persona.
Parecía un hombre intentando no parecer.
Eso, quizá, era el principio de Mateo Santos.
Más tarde llegó a un alojamiento humilde en una zona más interior de la isla.
No era hotel. No era exactamente guesthouse.
Era una casa con habitaciones anexas, un patio de tierra, gallinas, ropa tendida y una mujer mayor que miró a Daniel con la prudencia de quien primero calcula si una desgracia ajena puede volverse propia.
La habitación tenía una cama, un ventilador, una mesa y una ventana con mosquitera. Nada más.
Suficiente.
La mujer le preguntó algo.
Daniel no entendió todas las palabras, pero sí la pregunta.
Nombre.
Esta vez no había reserva.
No había ordenador.
No había pasaporte.
No había Daniel escrito en ninguna parte.
La mujer esperó.
Daniel sintió que el mundo entero se reducía a ese segundo.
Podía decir Daniel.
Podía seguir siendo un desaparecido con mala logística.
Podía decir cualquier cosa.
Cualquier cosa.
El corazón le golpeó una vez, fuerte.
Luego dijo:
—Mateo.
La palabra salió baja.
Demasiado baja.
La mujer no entendió o quiso confirmar.
—Mateo —repitió Daniel.
Ella asintió y escribió el nombre en una libreta vieja.
Mateo.
No pidió apellido.
Los apellidos eran un lujo administrativo.
La mujer señaló la habitación.
Daniel entró.
Cerró la puerta.
Se quedó de pie en el centro.
No pasó nada.
Ese fue el horror.
El techo no cayó.
La tierra no se abrió.
Nadie gritó desde fuera: «mentiroso».
La habitación aceptó el nombre falso con la misma indiferencia con que aceptaba el ventilador, la cama y las manchas de humedad.
Daniel se sentó.
Luego se tumbó.
Luego se incorporó de golpe porque cerrar los ojos hacía aparecer demasiadas cosas.
Mateo.
Lo habían escrito.
En una libreta real.