Nadie reclama a los ahogados Capítulo 18 — Clara sospecha
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Capítulo 18 — Clara sospecha

Interludio I — La hija del ahogado

Irene no durmió esa noche.

Tampoco estuvo despierta del todo.

Se quedó en un lugar intermedio, tumbada de lado, mirando la pantalla del móvil como si el brillo pudiera abrir una puerta. La habitación estaba oscura, salvo por la luz pequeña del cargador, una línea bajo la puerta y el rectángulo frío del chat de su padre.

Papá.

La palabra seguía arriba, junto a una foto antigua.

Daniel sonreía en la imagen de perfil. No demasiado.

Una sonrisa de esas que los adultos usan cuando quieren parecer tranquilos en una foto y no les sale del todo.

Irene nunca había pensado mucho en esa foto.

Estaba ahí. Como estaban los nombres, los contactos, los iconos, las cosas que una no mira hasta que empiezan a romperse.

Ahora la foto parecía una mentira.

O peor.

Parecía una foto.

Eso era lo horrible.

Que siguiera siendo normal.

Irene había escrito muchas veces.

“Papá?”

“Contesta.”

“No tiene gracia.”

“Mamá está preocupada.”

“Por favor.”

Después dejó de escribir porque cada mensaje nuevo hacía más grande el espacio vacío debajo.

El móvil no decía muerto.

No decía vivo.

No decía nada.

Solo mostraba dos marcas grises.

Dos pequeñas marcas grises que se habían convertido en una forma de tortura.

Le llegan, había dicho ella.

Le llegan.

Clara no había contestado.

Eso fue lo peor.

Su madre siempre contestaba. Incluso cuando no sabía, contestaba algo. “No lo sé.” “Ahora veremos.” “Vamos por partes.” “Luego hablamos.” Frases de madre, frases que ponían vallas alrededor del miedo.

Pero esta vez Clara no había puesto ninguna valla.

Solo la había abrazado.

Irene miró la última conversación.

Papá había mandado una foto del mar.

De día.

Bonita.

Demasiado bonita.

Agua clara, cielo claro, una barca pequeña, árboles al fondo.

Irene la había visto en el recreo y había pensado que parecía de película. Se lo había dicho. Él había respondido algo tonto. Como siempre.

Como si nada.

Eso era lo que no entendía.

¿Cómo podía una persona escribir normal justo antes de desaparecer?

¿Cómo podía mandar una foto, hacer una broma, decir que tendría cuidado y luego no estar?

Irene abrió la imagen.

La amplió con dos dedos.

Buscó algo.

No sabía qué.

Una sombra.

Una señal.

Un error.

Su padre en el reflejo del agua.

Una pista escondida.

Algo que los adultos no hubieran visto.

Pero solo había mar.

El mar era bonito.

Irene lo odió.

Apagó la pantalla y la habitación se volvió más oscura.

Del salón llegaban voces bajas. Su madre y su tía. A veces una llamada. A veces silencio. A veces Clara decía “sí”, “entiendo”, “por favor avísenme”, “no, todavía no”, “tiene una hija”.

Tiene una hija.

Irene cerró los ojos.

Tenía una hija.

No “tiene”.

No sabía cuál era la palabra correcta.

Ese era uno de los problemas. Nadie sabía en qué tiempo verbal hablar.

Su padre está desaparecido.

Su padre estaba en una barca.

Su padre puede aparecer.

Su padre quizá...

Los adultos creían que los niños no notaban las palabras incompletas. Pero Irene las notaba todas. Notaba cuando su madre se detenía antes de decir “muerto”. Notaba cuando su tía decía “hay que esperar” con una voz demasiado suave. Notaba que nadie quería nombrar lo que todos estaban mirando.

El mar.

La muerte.

Su padre.

Irene se levantó de la cama.

No encendió la luz.

Fue hasta el escritorio y abrió el cajón donde guardaba cosas que no quería tirar pero tampoco mirar mucho: entradas de cine antiguas, una pulsera rota, pegatinas, una piedra que había cogido en una excursión, una tarjeta de cumpleaños, un llavero feo.

Sacó una hoja doblada.

Era una lista que había hecho meses antes, sin decirle a nadie.

Cosas que hacer con papá.

La había escrito después de uno de esos domingos en los que Daniel había llegado tarde pero luego la había hecho reír en una cafetería. Irene sabía que no debía ilusionarse demasiado. Lo sabía como se saben las cosas importantes: sin que nadie te las explique del todo.

Pero aun así había hecho la lista.

Ir al cine. Comprar el cuaderno azul. Comer ramen. Que me enseñe dónde trabajaba antes. Ir a la playa algún día. Que no mire el móvil. Que llegue a la hora.

La última frase la había escrito más pequeña.

Como si hasta el papel pudiera enfadarse con ella por pedir demasiado.

Irene se sentó en la silla.

Leyó la lista varias veces.

Ir a la playa algún día.

Qué estúpida era la vida cuando quería ser cruel.

No cruel como en las películas, con música y tormentas.

Cruel de verdad.

Cruel con coincidencias pequeñas, con frases normales que después se pudren.

Dijo que volvía.

Eso era lo único que podía pensar.

Dijo que volvía.

No exactamente así, quizá.

Pero lo había dicho de muchas formas.

“En unas semanas.”

“Te traeré algo.”

“Te mando fotos.”

“El mes que viene hacemos algo mejor.”

El mes que viene.

Irene apretó la hoja con los dedos.

Esa frase le daba rabia.

Antes le daba pena.

Ahora rabia.

El mes que viene no era un mes. Era un sitio donde su padre guardaba todo lo que no quería hacer hoy.

El cuaderno.

El viaje.

Las llamadas.

Los domingos buenos.

Las explicaciones.

El padre que prometía existir mejor más adelante.

Irene dobló la hoja otra vez.

La guardó.

Luego la sacó.

No sabía qué hacer con ella.

No quería tirarla.

No quería conservarla.

Las dos cosas parecían permitirle ganar a alguien.

Al final la dejó encima del escritorio.

Volvió a coger el móvil.

Abrió el chat.

Nada.

Escribió:

“Si estás vivo, contesta.”

No lo envió.

La frase le dio miedo.

La borró.

Escribió:

“Estoy enfadada.”

La miró.

Eso sí era verdad.

No toda la verdad, pero una parte.

La envió.

Dos marcas grises.

Irene esperó.

Nada.

Entonces escribió:

“Pero contesta igual.”

Envió.

Nada.

Dejó el móvil sobre la mesa.

Se tapó la cara con las manos.

Lloró sin hacer mucho ruido.

No porque fuera valiente.

Porque no quería que su madre entrara.

No quería otro abrazo.

Los abrazos estaban bien al principio. Luego se convertían en una forma de recordarte que todos sabían que estabas rota.

Irene no quería estar rota delante de nadie.

Quería que su padre contestara. Quería que todo fuera un error.

Quería que apareciera una llamada diciendo que Daniel estaba en un hospital, con fiebre, con un golpe, con vergüenza, con cualquier cosa que pudiera curarse.

Quería enfadarse con él en persona.

Eso era lo más fuerte.

No quería perdonarlo.

No quería abrazarlo.

No quería decir “menos mal”.

Quería gritarle.

Quería decirle que era idiota.

Que la había asustado.

Que las fotos eran feas.

Que no le importaba el cuaderno.

Que no quería regalos desde países raros.

Que quería domingos normales.

Que quería que llegara a la hora.

Que quería que no se muriera.

La puerta se abrió un poco.

—Irene.

Era Clara.

Irene se limpió la cara rápido, como si la tristeza fuera algo que se pudiera ordenar antes de que entrara una madre.

—Estoy bien.

Clara no fingió creerla.

Entró despacio y se sentó en la cama, no demasiado cerca.

Eso Irene lo agradeció.

Su madre tenía los ojos rojos, pero la voz tranquila.

Demasiado tranquila.

—Han llamado otra vez.

Irene se quedó quieta.

—¿Lo encontraron?

Clara negó.

La respuesta fue pequeña.

Suficiente.

Irene miró al suelo.

No sabía cuántas veces se podía recibir la misma noticia.

No lo encontraron.

No lo encontraron.

No lo encontraron.

Cada vez dolía distinto.

—Dicen que seguirán buscando —añadió Clara.

Irene levantó la mirada.

—¿Hasta cuándo?

Clara tardó.

Error.

Los adultos tardaban cuando la respuesta era mala.

—No lo sé.

Irene asintió.

Se abrazó las rodillas.

—¿Y si no lo encuentran nunca?

Clara cerró los ojos un segundo.

—Entonces... entonces tendremos que vivir con eso hasta que sepamos más.

—Eso no es una respuesta.

—Lo sé.

Irene agradeció que no intentara convertirlo en respuesta.

Hubo silencio.

Desde la calle subía el ruido de una moto.

Madrid de noche.

Madrid sin mar.

Madrid sin su padre.

Irene miró a Clara.

—¿Tú crees que se murió?

La pregunta quedó en la habitación.

Clara no se movió.

—No sé qué creer.

Irene sintió rabia.

—Pero eres adulta.

Clara soltó una risa mínima, rota.

—Eso no ayuda tanto como parece.

Irene miró el móvil.

—Me dijo que tendría cuidado.

—Lo vi.

—Entonces...

No terminó.

Entonces no puede estar muerto.

Entonces tiene que contestar.

Entonces las palabras sirven para algo.

Clara se levantó despacio y se acercó un poco.

—Tu padre te quiere, Irene.

Irene la miró con dureza.

—No digas eso ahora.

Clara se quedó callada.

—No lo digas como si eso arreglara algo.

—No lo arregla.

—Entonces no lo digas.

La frase salió cruel.

Irene lo supo.

Pero no pidió perdón.

No podía.

El perdón también parecía una cosa demasiado adulta para esa noche.

Clara asintió.

—Vale.

Irene esperaba una defensa. Una explicación. Algo sobre que no había que hablar así. Pero su madre solo aceptó el golpe.

Eso hizo que Irene se sintiera peor.

—No quería decirlo así —murmuró.

—Ya lo sé.

Clara se sentó a su lado, esta vez más cerca.

Irene no se apartó.

Durante un rato no hablaron.

No era un silencio cómodo.

Tampoco era malo.

Era el único sitio donde podían estar sin mentirse.

—Mamá.

—Dime.

—Si aparece... ¿puedo enfadarme?

Clara la miró.

Y entonces Irene vio algo raro en su madre.

No tristeza.

No solo tristeza.

Algo como cansancio antiguo.

Como si Clara hubiera estado esperando esa pregunta desde mucho antes de Filipinas.

—Sí —dijo Clara—. Claro que puedes.

—¿Aunque esté herido?

—Sí.

—¿Aunque todos digan que pobre papá?

Clara tragó saliva.

—Aunque todos lo digan.

Irene asintió.

Eso sí la ayudó un poco.

No mucho.

Un poco.

Porque una parte de ella estaba asustada de estar enfadada con alguien que quizá se había muerto. Parecía feo. Parecía injusto. Como pegarle a una foto. Pero la rabia estaba allí. Grande. Viva. Más fácil de tocar que el miedo.

—Me compró un cuaderno —dijo Irene.

—Me lo dijiste.