Capítulo 18 — Clara sospecha #4
No quería verla convertida en una frase de noticia, en “la hija del desaparecido”, en un dato emocional para que desconocidos sintieran algo durante ocho segundos antes de pasar a otra cosa.
Pero una parte de él, miserable y viva, quería una señal.
Una prueba de dolor.
Una prueba de amor.
Una prueba de que su ausencia ocupaba espacio.
Daniel comprendió entonces una verdad tan fea que tardó varios días en admitirla: no le bastaba con desaparecer. También quería mirar el agujero que dejaba.
La primera noticia local fue breve.
Un turista español desaparecido durante una salida marítima cerca de Siquijor. Las autoridades habían iniciado labores de búsqueda. Testigos afirmaban que el hombre viajaba en una barca con otros turistas. No se había recuperado el cuerpo. La investigación seguía abierta.
Turista español.
Hombre.
Cuerpo.
Abierta.
Nada de Irene.
Nada de Clara.
Nada de deudas.
Nada de domingos.
Nada del cuaderno azul.
Daniel leyó la noticia tres veces y sintió una ofensa absurda.
Habían reducido su vida a cinco líneas mal traducidas.
Luego entendió que eso era precisamente lo que había pedido.
Borrarse no garantizaba convertirse en leyenda. La mayoría de hombres, al desaparecer, solo se volvían trámite.
La segunda noticia apareció dos días después. Decía casi lo mismo, pero añadía que la búsqueda se había extendido por zonas cercanas y que se había informado a familiares y autoridades consulares.
Familiares.
Daniel dejó el teléfono sobre la cama.
Familiares significaba Clara.
Familiares significaba Irene.
La palabra no tenía cara, y por eso dolía menos de lo que debía. Era una palabra administrativa, cómoda, con una distancia higiénica. Daniel pensó que así empezaban todas las cobardías duraderas: cambiando nombres por categorías.
Irene no era Irene.
Era familiar.
Clara no era Clara.
Era contacto.
Daniel no era Daniel.
Era desaparecido.
Mateo no era nadie.
Eso lo hacía funcional.
Al sexto día, una publicación de una cuenta local mostró una foto de la barca.
Daniel la vio sentado en una mesa de plástico, frente a un café instantáneo y un plato de arroz que se enfriaba.
La barca era la misma.
O le pareció la misma.
Había un círculo rojo mal puesto en una zona de agua. La imagen era borrosa, tomada desde lejos o ampliada demasiadas veces. Debajo, un texto en inglés hablaba de la búsqueda, de la colaboración de vecinos, de la posibilidad de corrientes, de condiciones del mar.
Daniel acercó la pantalla.
Buscó algo que no debía buscar.
La mochila.
No aparecía.
El pasaporte.
No.
El cuaderno.
No.
La pulsera.
No.
Por supuesto que no.
Los objetos importantes rara vez salen en las noticias. Se quedan en mesas, bolsas de pruebas, cajones, habitaciones cerradas, manos equivocadas. Se quedan donde los vivos tienen que tocarlos.
Pensó en el cuaderno de Irene.
¿Lo habría abierto alguien?
¿Lian?
¿La policía?
¿Una funcionaria cansada?
¿Habrían visto que estaba sin usar, limpio, comprado tarde?
Quizá Clara lo recibiría algún día dentro de una caja.
Pasaporte.
Ropa.
Cuaderno azul.
Pulsera.
Restos secos de un padre que no sabía llegar a tiempo ni siquiera a su propia muerte.
Daniel empujó el plato.
No pudo comer.
La mujer del alojamiento, que todavía no sabía si se llamaba Rosa, Rosalyn o algo completamente distinto, se acercó y señaló el arroz.
—No good?
Daniel levantó la mirada.
—Good. Sorry.
Ella dijo algo que no entendió. Luego añadió en inglés:
—You sick?
Daniel pensó.
Sí.
Pero la enfermedad no estaba en el estómago.
—No. Just tired.
La mujer asintió.
Los extranjeros siempre estaban cansados, perdidos, enfermos o buscando algo. La isla había aprendido a no investigar cada caso.
—Eat —dijo ella.
Daniel obedeció.
Comió porque Mateo Santos tenía que comer.
Esa fue una de las primeras normas.
Daniel podía hundirse.
Mateo tenía que funcionar.
Mateo pagaba habitaciones baratas, compraba agua, sonreía poco, contestaba en inglés simple, no bebía demasiado, no hablaba de España, no decía “maybe” tanto como antes porque la palabra lo delataba ante sí mismo.
Mateo aprendió a decir frases pequeñas.
One night.
Two nights.
No problem.
Thank you.
How much?
I don’t know.
No, I’m alone.
I’m from Spain.
No family here.
La última frase siempre le dejaba un sabor extraño.
No family here.
Era verdad.
Casi todas las mentiras verdaderas eran las peores.
A los nueve días, la búsqueda oficial se redujo.
Daniel lo leyó en una publicación breve, sin foto nueva. Las autoridades seguían atentas a cualquier información, pero las condiciones y el tiempo transcurrido dificultaban las labores. El caso permanecía abierto.
Permanecía abierto.
La frase le pareció obscena.
Como si una desaparición fuera una tienda con la persiana a medias.
Como si Clara pudiera levantarse cada mañana, preparar café, mirar a Irene, ir a trabajar o fingir que trabajaba, y decir: el caso permanece abierto.
Como si Irene pudiera ir al instituto con su padre abierto.
Daniel apagó el teléfono.
Luego lo encendió otra vez.
Buscó más.
No había más.
Esa fue la primera muerte real: no encontrar novedades.
Mientras había búsqueda, todavía existía una forma de relación. Gente moviéndose por Daniel. Motores, barcas, llamadas, nombres, papeles. Mientras alguien lo buscara, Daniel seguía unido al mundo por una cuerda enferma.
Cuando dejaron de buscar con urgencia, la cuerda no se rompió.
Se aflojó.
Eso fue peor.
Los días empezaron a parecerse.
Daniel se movía poco.
No podía permitirse demasiados trayectos.
El dinero menguaba, y cada gasto era una pequeña conversación con el futuro.
Comía arroz, huevo, pescado seco, pan dulce, fruta barata.
Compraba agua. A veces café. Caminaba por zonas donde nadie lo conocía o donde lo conocían solo como Mateo, el extranjero callado.
Mateo era fácil de recordar y difícil de describir.
Eso le convenía.
A veces algún conductor le preguntaba si quería visitar cascadas, playas, puntos turísticos. Daniel negaba.
—Maybe tomorrow.
Luego odiaba la palabra.
Mañana.
Maybe.
El mes que viene.
Su vida entera había sido una estructura de aplazamientos.
Una tarde, el hombre que llevaba el pequeño alojamiento —marido, hermano o vecino de la mujer, Daniel nunca lo supo— lo invitó a sentarse cerca de una zona donde reparaban una red. Había tres hombres más, una radio, botellas de cerveza y un cubo con peces pequeños.
Daniel no quería.
Aceptó.
Mateo tenía que parecer normal de vez en cuando.
Uno de los hombres hablaba algo de inglés. Se llamaba Nilo o Melo. Daniel no entendió bien y decidió no preguntar más, porque después de una desaparición falsa uno descubre que los nombres ajenos también merecen respeto.
—You stay long, Mateo? —preguntó el hombre.
Daniel bebió un poco de cerveza.
No le gustó.
—Few days.
Los hombres se rieron.
No de él exactamente.
De la frase.
Uno dijo algo en lengua local. Los demás volvieron a reír.
El que hablaba inglés tradujo a medias:
—He says foreigners always say few days. Then no leave. Or leave too fast.
Daniel miró la botella.
—Both bad?
El hombre pensó.
—Depends.
Siempre dependía.
Hablar con gente real era insoportable por eso. Las respuestas verdaderas rara vez cerraban nada.
Uno de los hombres señaló hacia el mar, que se veía al fondo, entre árboles.
Dijo algo.
Los demás se quedaron un momento más serios.
Daniel notó el cambio.
No entendió las palabras.
Pero entendió la dirección.
El mar.
El hombre que hablaba inglés le miró.
—They talk about Spanish man.
Daniel sintió que la cerveza se le volvía piedra en la garganta.
No se movió.
—Spanish man? —preguntó.
El esfuerzo por sonar ignorante fue casi perfecto.
Eso lo horrorizó.
—Missing. Boat. Maybe you hear.
Daniel bajó la mirada.
—A little.
El hombre asintió.
—Sea take.
Sea take.
El mar se lo lleva.
Una frase simple.
Demasiado simple.
Daniel bebió otro trago para tener algo que hacer.
—Do they find him? —preguntó.
El hombre negó.
—No. If sea take long time... hard.
Los otros hablaban entre ellos. Uno hizo un gesto con la mano, como algo que se aleja. Otro escupió al suelo. No de desprecio. De costumbre.
El hombre de inglés añadió:
—Sometimes body come back. Sometimes no.
Daniel sostuvo la botella.
El mundo se estrechó.
—And family? —preguntó sin querer.
El hombre lo miró.
—Family?
Daniel tragó saliva.
—If no body.
El hombre se encogió de hombros.
—They wait.
La respuesta llegó sin literatura.
They wait.
Esperan.
Eso era todo.
No había filosofía.
No había consuelo.
No había cierre.
Los vivos esperan.
Daniel miró hacia el mar.
El hombre siguió hablando:
—Here, sea is sea. People know. Fishermen, storms, tourists, sometimes accident. At first many people search. Then... life.
No lo dijo con crueldad.
Eso lo hizo peor.
Then life.
Luego la vida.
El hombre dio un trago de cerveza.
—Nobody can fight sea too long.
Daniel escuchó la frase y la entendió mal a propósito.
Nadie podía luchar contra el mar demasiado tiempo.
Clara sí, pensó.
Irene no debería tener que hacerlo.
Uno de los hombres mayores dijo algo más. Los demás asintieron. El hombre de inglés tradujo, buscando palabras.
—He says... if no body, difficult. But after time, nobody claim the drowned.
Daniel levantó la vista.
—What?
El hombre dudó.
—Maybe bad English. He says... people look, people cry, people pray. But sea keep. After time, no one claim. What can do?
Daniel se quedó quieto.
Nadie reclama a los ahogados.
La frase apareció en español dentro de su cabeza con una claridad fría.
Nadie reclama a los ahogados.
No porque no los quieran.
No porque no duelan.
No porque se olviden.
Sino porque no hay mostrador donde exigirlos.
No hay ventanilla.
No hay encargado.
No hay hoja de reclamaciones contra el agua.
Los ahogados pertenecen a una jurisdicción donde los vivos solo pueden mirar.
Daniel dejó la cerveza en el suelo.
—You okay? —preguntó el hombre.
—Yes.
Mentira.
La más antigua.