Nadie reclama a los ahogados Capítulo 10 — El nombre falso #7
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Capítulo 10 — El nombre falso #7

No como si leyera almas.

Más bien como alguien acostumbrado a ver viajeros llegar con una versión oficial de sí mismos y otra guardada en la mochila.

—You tired —dijo.

No preguntó.

Daniel sonrió.

—Long trip.

—Always long trip when people come alone.

La frase era sencilla.

Quizá no quería decir nada.

Quizá solo era conversación.

Daniel no supo dónde ponerla.

—Yes —dijo.

Lian señaló las escaleras.

—Room three.

Daniel subió.

La habitación era pequeña.

Cama.

Ventilador.

Mosquitera doblada.

Mesa estrecha.

Una ventana con vista parcial a árboles y, entre ellos, una línea de mar.

Baño básico.

Paredes claras.

Un olor a madera, humedad y jabón barato.

Daniel dejó la mochila en el suelo.

Esta vez la abrió.

Sacó una camiseta.

El cargador.

La libreta.

El pasaporte.

El cuaderno de Irene.

La pulsera azul.

Los colocó sobre la mesa.

Luego se quedó mirando los objetos.

No sabía si acababa de instalarse o de preparar una escena.

Se sentó en la cama.

El ventilador giraba sobre él.

Lento.

El móvil tenía señal débil.

Un mensaje de Clara, antiguo ya de media hora:

“Dime dónde estás.”

Daniel sostuvo el teléfono.

Podía responder.

Siquijor.

Guesthouse.

Estoy bien.

Podía mandar ubicación.

Podía hacer algo limpio.

Podía seguir siendo un hombre irresponsable pero localizable.

Escribió:

“Ya llegué. Hay poca cobertura. Te escribo luego.”

No puso el nombre de la isla.

Envió.

El mensaje tardó en salir.

Una raya.

Luego dos.

No azul.

Clara no respondió.

Daniel abrió el chat de Irene.

“Ya llegué a la isla. Hay mar. Luego mando foto.”

Ella estaba en horario español. Quizá en clase. Quizá comiendo. Quizá viviendo una tarde en la que su padre era solo una notificación pendiente.

Guardó el móvil.

Bajó al comedor al atardecer.

Había dos mesas ocupadas. Una pareja extranjera con mochilas grandes hablaba en voz baja. Un hombre solo bebía cerveza mirando el teléfono. En otra mesa, una niña de unos siete años hacía deberes o dibujaba en un cuaderno, mientras una mujer mayor pelaba algo en un recipiente metálico.

Lian apareció desde la cocina.

—You eat?

Daniel asintió.

—Yes. Whatever is easy.

Lian sonrió apenas.

—Everything easy if you pay.

Daniel soltó una risa breve.

—Good system.

—Old system.

La frase le gustó.

Comió pescado, arroz y verduras. El pescado era sencillo, bueno, con espinas pequeñas que le obligaban a prestar atención.

Eso le pareció casi terapéutico, aunque decidió no usar esa palabra ni siquiera en su cabeza.

La terapia no tenía culpa de que la gente insoportable la hubiera convertido en decoración verbal.

Mientras comía, la niña del cuaderno lo miró un par de veces.

Daniel intentó sonreír.

Ella no sonrió.

Muy sensata.

Lian se acercó con una botella de agua.

—You stay two nights only?

—Maybe more.

La palabra salió sola.

Lian apoyó la botella sobre la mesa.

—Many maybe.

Daniel levantó la vista.

—Sorry?

—People come here. Say two nights. Maybe more. Maybe leave tomorrow. Maybe stay one month. Always maybe.

Daniel no supo si aquello era una observación turística o una acusación universal.

—Maybe is useful —dijo.

Lian lo miró.

—Maybe is for people who don’t want answer.

Daniel se quedó callado.

Ella no sonrió esta vez.

Tampoco parecía enfadada.

Solo dijo lo que veía, como Clara, pero sin historial suficiente para hacerlo daño a propósito.

Daniel bebió agua.

—You speak good English —dijo, por decir algo.

Lian se encogió de hombros.

—Enough.

Suficiente.

La palabra lo persiguió desde Bali.

Entender lo suficiente.

Mentir lo suficiente.

Pagar lo suficiente.

Amar lo suficiente para sufrir, no lo suficiente para quedarse.

—Enough is good —dijo Daniel.

—Sometimes.

Lian volvió a la cocina.

Daniel siguió comiendo.

Afuera, el cielo iba oscureciendo. El mar se veía poco, pero se oía. No fuerte. No dramático. Una respiración baja detrás de los árboles. Daniel intentó no prestarle atención.

Naturalmente, solo oyó eso.

Después de cenar caminó hasta la orilla.

No había una playa amplia justo detrás de la guesthouse, sino una franja irregular de arena, piedras, raíces y pequeñas barcas descansando cerca del agua. La marea estaba baja. El cielo tenía restos de luz violeta. Algunas luces lejanas marcaban otras casas, otros alojamientos, quizá pescadores.

Daniel se detuvo junto a una barca estrecha.

El mar era oscuro.

No negro.

Oscuro.

Suficiente para no mostrarlo todo.

Sacó el móvil y tomó una foto.

La imagen salió borrosa.

La repitió.

Mejor.

Se la envió a Irene.

“Foto prometida.”

El mensaje quedó pendiente por la mala cobertura.

Daniel esperó.

Una raya.

Nada.

Levantó el móvil.

Ridículo.

La tecnología moderna había permitido que un hombre fingiera cercanía desde el otro lado del mundo y, aun así, lo dejaba haciendo gestos absurdos junto al mar para conseguir una línea más de señal.

Al final el mensaje salió.

Daniel bajó el móvil.

Miró el agua.

En Bali había escrito que el mar no había hecho nada por él.

Allí no estaba tan seguro.

No porque el mar hubiera hecho algo.

Sino porque él estaba empezando a pedirle cosas.

Eso era mucho peor.

Una voz sonó detrás.

—Careful there.

Daniel se giró.

Lian estaba a unos metros, con una linterna pequeña en la mano.

—Stones. Easy to fall.

—Thanks.

Ella iluminó la zona.

—You want swim, better daytime.

—No. Just looking.

Lian asintió.

—Many people just looking.

Daniel guardó el móvil.

—Is that bad?

—Depends what they look for.

Otra vez.

Frases simples.

Demasiado sitio dentro.

Daniel miró el mar.

—And what do people look for here?

Lian pensó un segundo.

—Quiet. Sun. Cheap beer. Forget something. Find something. Same things everywhere.

—And they find it?

Lian sonrió apenas.

—Beer, yes.

Daniel rió.

Fue una risa pequeña, agradecida.

Lian iluminó el camino de vuelta.

—You should sleep. Long trip.

—Yes.

Pero no se movió.

Ella tampoco durante un instante.

—You come from Spain?

Daniel notó la pregunta como una mano.

—Yes.

—Far.

—Very.

—Family there?

La palabra apareció.

Family.

Daniel miró el mar.

—Yes.

—They know you are here?

Daniel tardó demasiado.

Ese fue el problema.

No la respuesta.

La demora.

—Yes —dijo al fin.

Lian lo observó.

No insistió.

Eso, de nuevo, fue peor.

—Good night, Daniel.

Su nombre.

Dicho con naturalidad.

Dicho como si todavía fuera suyo.

—Good night.

Lian volvió hacia la guesthouse.

Daniel se quedó un minuto más junto al agua.

Family there?

They know you are here?

Sí.

Sabían que estaba en Filipinas.

No sabían dónde exactamente.

No sabían cuánto tiempo.

No sabían que en una libreta había escrito Mateo Santos.

No sabían que había comprado un cuaderno en Manila como si comprar un objeto pudiera compensar el deseo de borrar al comprador.

No sabían que el mar empezaba a dejar de ser paisaje.

Daniel regresó a la habitación.

El mensaje a Irene ya tenía respuesta.

“Qué oscuro.”

Daniel escribió:

“Es de noche, genia.”

“Pues manda una de día mañana.”

“Mando.”

Se quedó mirando esa palabra.

Mando.

Promesa pequeña.

Otra.

Irene respondió:

“Buenas noches, papá.”

Daniel cerró los ojos.

Papá.

La palabra cruzó continentes, horarios, mentiras, aeropuertos, ferries, deudas y mares para llegar a una habitación con ventilador en una isla filipina y golpearlo donde todavía no había conseguido endurecerse.

Escribió:

“Buenas noches, princesa.”

Envió.

Luego dejó el móvil sobre la mesa.

Abrió la libreta.

Debajo de “Mar” y “No te mueras”, escribió:

Siquijor.

Luego:

Lian.

No sabía por qué escribió su nombre.

Quizá porque era el primer nombre real de la isla.

Quizá porque al decir “Family there?” había tocado una zona que Daniel estaba intentando rodear.

Quizá porque escribir nombres era una forma de admitir que el mundo seguía fabricando personas incluso cuando uno prefería convertirlo todo en trayecto.

Se tumbó.

El ventilador giraba sobre él.

La habitación estaba caliente.

Afuera sonaban insectos, algún motor lejano, el mar.

Sobre la mesa, el pasaporte decía Daniel Salcedo.

La libreta decía Mateo Santos.

El móvil decía papá.

Durante un rato, las tres cosas convivieron sin matarse.

Eso fue lo que más miedo le dio.

Porque en Bali había escrito que no bastaba con irse.

En Siquijor, por primera vez, entendió lo que su cobardía estaba empezando a pedirle a cambio.

Capítulo 13 — El mar acepta cualquier mentira

Daniel despertó antes de que amaneciera del todo.

No porque hubiera dormido bien.

Porque el mar había empezado a hablar antes que el resto del mundo.

No era un sonido fuerte. No tenía la grandeza de las películas ni esa música hinchada con la que el cine intenta convencerte de que el agua entiende los problemas humanos. Era un murmullo bajo, repetido, casi doméstico. Como alguien respirando al otro lado de una pared fina.

Daniel permaneció tumbado, mirando el ventilador quieto sobre su cabeza.

Durante la noche se había ido la luz dos veces.

La primera lo despertó con calor y con una sensación de abandono infantil, como si el mundo hubiera dejado de cumplir una promesa básica.

La segunda ni siquiera abrió los ojos. Sudó, se dio la vuelta y soñó algo sin forma: una puerta de embarque, el cuaderno azul flotando en agua oscura, Clara de espaldas, Irene diciendo «no pasa nada» con voz de adulta.

Cuando abrió los ojos, la habitación seguía allí.

La mesa.

El pasaporte.

La libreta.

El cuaderno de Irene.

La pulsera azul.

El móvil.

Tres palabras en la pantalla, recibidas durante la madrugada española:

«Buenos días, papá.»

Daniel las leyó sin tocar el teléfono.

Buenos días, papá.

Era una frase sencilla, casi automática. Una hija saludando a su padre desde otro continente, quizá antes de ir al instituto, quizá con el pelo aún húmedo, quizá con sueño, quizá sin imaginar que esas tres palabras podían poner peso sobre una habitación entera.

Daniel no respondió enseguida.