Nadie reclama a los ahogados Capítulo 10 — El nombre falso #6
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Capítulo 10 — El nombre falso #6

Una frase pequeña, razonable, turística, casi aburrida. Pero dentro llevaba otra cosa. Un ensayo. Un hueco. Una explicación previa para futuros silencios.

Daniel sintió náusea.

Borró.

Escribió:

“Hoy voy hacia una isla. Te mando fotos cuando llegue.”

Eso era mejor.

No mucho.

Lo envió.

Irene tardó poco.

“Vale. Que no te coma un tiburón.”

Daniel sonrió, pero la sonrisa no llegó lejos.

“Intentaré negociar.”

“Dile que eres indigesto.”

“Eso ya lo sabe mucha gente.”

Irene respondió con un emoji riéndose.

Daniel miró el teléfono hasta que la pantalla se apagó sola.

A veces su hija todavía le hablaba como si él fuera alguien recuperable.

Eso era lo más cruel.

El vuelo a Dumaguete duró poco, pero Daniel lo sintió más largo que el trayecto desde Bali a Manila.

Quizá porque ya no podía fingir novedad.

Quizá porque cada kilómetro hacia el sur parecía reducir las excusas.

Quizá porque en algún momento del viaje, mirando las nubes desde la ventanilla, entendió que estaba eligiendo lugares cada vez más pequeños para una mentira cada vez más grande.

Dumaguete apareció bajo el avión como una costa recortada, verde, baja, con mar alrededor y edificios pequeños.

No tenía la violencia de Manila.

Eso no lo tranquilizó.

Lo inquietó más.

Las ciudades grandes ofrecen anonimato por exceso. Las islas lo ofrecen por indiferencia. En una ciudad, nadie te ve porque hay demasiados. En una isla, nadie te ve porque no eres de allí y, al principio, no importas.

El aeropuerto era pequeño.

Daniel bajó por una escalera móvil, caminó por la pista, recogió la mochila y salió a un exterior luminoso. Había conductores, triciclos, coches, carteles, gente esperando. El aire olía a sal, gasolina, polvo y algo frito.

Una ciudad más pequeña.

Un ruido más manejable.

Una trampa más educada.

—Port? —preguntó un conductor.

Daniel tardó en responder.

—Yes. Port.

—Siquijor?

El nombre salió de la boca del hombre como una cosa cotidiana.

Daniel asintió.

—Yes.

El conductor cogió su mochila antes de que Daniel pudiera decidir si eso le incomodaba. La colocó en un triciclo motorizado, un vehículo pequeño, ruidoso, con estructura lateral y asientos estrechos.

Daniel se sentó dentro.

El motor arrancó.

Dumaguete pasó a su alrededor: tiendas, motos, estudiantes, fachadas, carteles en inglés, cables, árboles, gente caminando sin la prisa brutal de Manila. El mar aparecía y desaparecía entre calles como una presencia que no necesitaba anunciarse.

El conductor habló por encima del ruido.

—First time Siquijor?

—Yes.

—Nice island. Quiet. You stay long?

Daniel miró el mar al fondo.

—Maybe.

Otra vez.

El conductor se rio.

—Many people say maybe. Then stay.

Daniel no respondió.

La frase no le gustó.

O le gustó demasiado.

El puerto tenía una actividad compacta. Gente con bolsas, cajas, mochilas, billetes, vendedores, niños, pasajeros esperando bajo sombra, anuncios que Daniel entendía solo a medias.

Compró un billete de ferry después de equivocarse de ventanilla una vez y de sonreír dos veces sin saber exactamente por qué.

El inglés allí era funcional, mezclado, rápido, suficiente.

Daniel también era funcional, mezclado, rápido, suficiente.

Tal vez por eso encajaba un poco.

Esperó sentado en un banco de plástico.

El mar estaba delante.

No como postal.

Como vía.

Como herramienta.

Como superficie.

Daniel bajó la mirada.

No.

Todavía no.

Sacó agua de la mochila y bebió.

El móvil tenía cobertura.

Mensaje de Clara.

“¿Estás en otra isla ya?”

Daniel no respondió.

Miró el chat.

La frase “Daniel, vuelve” seguía más arriba, sin contestar.

A veces una conversación se pudría no por lo que se decía, sino por lo que quedaba suspendido.

Escribió:

“Estoy esperando un ferry. Luego te digo.”

Envió.

Clara respondió:

“¿Ferry a dónde?”

Daniel apagó la pantalla.

No la bloqueó.

La apagó.

Como si la oscuridad del móvil pudiera detener la pregunta.

El ferry llegó con ruido de motor, olor a combustible y una maniobra lenta que reunió a la gente en una especie de orden flexible. Daniel subió con otros pasajeros. El interior tenía asientos, ventiladores, ventanas, chalecos salvavidas en lugares visibles y una televisión apagada.

Se sentó junto a una ventana.

La mochila entre las piernas.

El cuaderno de Irene dentro.

La pulsera azul en un bolsillo.

El pasaporte en otro.

La libreta cerca.

Demasiadas vidas en una mochila tan pequeña.

Cuando el ferry empezó a moverse, Daniel miró hacia Dumaguete.

La costa se alejó despacio.

El agua golpeaba el casco con una regularidad desagradable. No era un mar violento. No era dramático. No hacía falta. Las cosas importantes rara vez llegan con el ambiente adecuado.

Daniel pensó en Irene.

No en Irene como concepto.

No en “mi hija”.

En Irene concreta: la chaqueta vaquera, la mochila pequeña, el olor a champú de manzana, su forma de decir “vale”, el emoji de fantasma, la frase “no te mueras”.

Pensó en Clara.

En su “vuelve”.

En la puerta de Arganzuela.

En el reloj absurdo.

En el silencio.

Pensó en Eduardo.

En Sergio.

En Madrid.

Y luego pensó, con una claridad que no parecía suya:

Todo eso está al otro lado del agua.

La idea era simple.

Falsa.

Peligrosa.

El agua no separaba la culpa. Solo separaba direcciones.

Pero Daniel estaba cansado. Y el cansancio, en hombres como él, tenía un talento especial para llamar descanso a cualquier abismo.

El ferry avanzó.

El mar se abrió alrededor.

Un niño unas filas más adelante comía patatas de una bolsa. Una mujer mayor dormía con la cabeza inclinada. Dos jóvenes miraban vídeos en un móvil sin auriculares. Un hombre con gorra hablaba por teléfono y repetía una palabra que Daniel no entendía.

La vida, incluso sobre el agua, seguía siendo vulgar.

Eso lo tranquilizó.

También lo decepcionó.

Quizá esperaba que el mar lo acusara. Que se levantara. Que se negara a transportarlo. Que algún elemento antiguo y simbólico hiciera el trabajo moral que él evitaba.

Pero el mar no tenía opiniones visibles.

Aceptaba pasajeros.

También aceptaría otras cosas.

Daniel cerró los ojos.

No durmió.

Cuando volvió a abrirlos, Siquijor estaba delante.

Verde.

Baja.

Rodeada de una claridad azul que habría parecido exagerada en una fotografía mal editada. Palmeras, costa, casas, pequeñas construcciones, el puerto acercándose, motos esperando, gente moviéndose sin prisa aparente.

La isla no parecía peligrosa.

Ese fue el primer peligro.

El ferry atracó.

Daniel bajó con la mochila al hombro.

Un grupo de conductores ofrecía transporte.

—Motorbike?

—Tricycle?

—Where you stay?

Daniel miró el nombre de la guesthouse en el móvil. Lo había reservado la noche anterior, tarde, sin leer demasiado. Un alojamiento barato cerca de la costa, con buenas reseñas, habitaciones sencillas, comedor familiar y fotos de una terraza mirando al mar.

Mostró la dirección.

Un conductor asintió.

—Yes. I know.

Todos los conductores del mundo conocían todos los lugares. Era parte del oficio o de la mentira universal del transporte.

Daniel subió a otro triciclo.

La carretera desde el puerto bordeaba el mar durante tramos y luego entraba hacia zonas de vegetación.

La isla era más silenciosa que Manila, más abierta que Bali, menos interesada en parecer algo para él.

Había casas pequeñas, tiendas, niños saliendo de algún sitio, perros, gallos, motos, carteles pintados, árboles, ropa tendida, mujeres sentadas a la sombra, hombres reparando algo que Daniel no entendió.

El conductor señalaba cosas.

Daniel asentía.

Entendía poco.

No importaba.

En aquel momento no quería entender demasiado.

La guesthouse estaba junto a una carretera estrecha, detrás de una verja baja y un pequeño jardín desordenado con plantas grandes.

Al fondo se veía una construcción de dos plantas, sencilla, pintada de un color claro ya vencido por el sol.

A un lado había un comedor abierto con mesas de madera y ventiladores de techo.

Más allá, entre árboles, un trozo de mar.

No era bonito como en las fotos.

Era mejor.

Más real.

Más usado.

Más difícil de convertir en postal.

Daniel pagó al conductor y entró con la mochila.

Una mujer estaba colocando vasos en una mesa del comedor.

Treinta y tantos.

Pelo oscuro recogido.

Camiseta sencilla.

Movimientos prácticos.

Levantó la vista al verlo.

—Hello.

—Hello. I have a reservation.

La frase le salió casi bien.

La mujer se secó las manos con un paño y se acercó a una pequeña mesa que hacía de recepción.

—Name?

Daniel sintió el golpe antes de que llegara.

Name.

Nombre.

Podía decir Mateo.

El pensamiento apareció.

Rápido.

Completo.

Tentador.

No había ninguna razón práctica para hacerlo todavía. La reserva estaba a su nombre real. El pasaporte también. Mentir ahora complicaría cosas. Era absurdo. Innecesario. Infantil.

Pero durante medio segundo quiso probarlo.

Quiso escuchar cómo sonaba allí, en aquella isla, frente a una mujer que no sabía nada de Madrid.

Mateo Santos.

La mujer esperó.

Daniel abrió la boca.

—Daniel Salcedo.

El nombre salió correcto.

Cansado, pero correcto.

La mujer buscó en una libreta, no en ordenador. Eso lo sorprendió. Pasó páginas, encontró algo y sonrió.

—Daniel. Two nights?

—Yes.

Dos noches.

Otra duración que no comprometía nada.

Ella le pidió el pasaporte. Daniel se lo dio. La mujer lo miró, anotó datos, lo devolvió.

—You can call me Lian —dijo.

Daniel tardó un segundo.

—Lian.

—Yes.

—Daniel.

Ya lo sabía.

Aun así lo dijo.

Como si estuvieran intercambiando algo más que nombres.

Lian le entregó una llave con un llavero de plástico azul.

—Room three. Fan room. No hot shower, okay?

Daniel estuvo a punto de reír.

Agua fría en una isla tropical. La austeridad tenía sentido del humor.

—Okay.

—Food until nine. Breakfast from seven. If you need scooter, my cousin has.

Daniel entendió casi todo.

Suficiente.

—Thank you.

Lian lo miró un segundo más de lo necesario.

No de forma dramática.